Umbra.
Un nombre que parecía susurrado incluso cuando se pronunciaba en voz alta.
La ciudad estaba incrustada entre montañas rotas, oculta por años de nubes perpetuas y supersticiones silenciadas.
—¿Alguien vivía acá? —preguntó Emilia mientras descendían por un camino cubierto de maleza húmeda.
—Aún viven —dijo Naima, seria—.
Pero dejaron de mirar el cielo.
Aprendieron a no preguntar por las grietas.
El equipo se dividió en dos grupos:
Damián, Selar y Khural buscarían el punto exacto donde la grieta se abría.
Tomás, Emilia, Yareth y Naima explorarían la ciudad y alertarían a los habitantes… si aún quedaban algunos.
Grupo 1: hacia la grieta
La presencia de Selar los protegía parcialmente, pero el paisaje ya estaba alterado.
El viento soplaba en direcciones inversas.
Las piedras susurraban palabras antes de ser pisadas.
Damián comenzaba a sentir los pensamientos de las sombras, como si fueran arañas trepando por su columna vertebral.
—Estamos cerca —dijo Selar—.
La grieta no es una herida en la tierra.
Es una decisión que no debió tomarse.
Llegaron a una hondonada profunda, casi circular.
En el centro, una fisura abierta como un ojo de obsidiana.
De ella salía un vapor denso, negro, que se doblaba como si respirara.
—Ahí es —susurró Khural.
De pronto, una presencia.
Una figura caminó lentamente fuera de la grieta.
Uno de los Fragmentados que había elegido a Severo.
Tenía una media máscara dorada y una lanza negra.
No habló.
Solo se colocó delante de la grieta y extendió los brazos.
—"El portal será abierto.
El juicio será purificación."
Selar levantó una mano.
—Aún no.
Todavía no es su tiempo.
Pero entonces, el suelo tembló.
El aire cambió.
Y la grieta se expandió.
Grupo 2: dentro de Umbra
Mientras tanto, Tomás y Emilia recorrían casas abandonadas.
—No hay nadie —dijo Emilia, sintiendo un escalofrío.
—No —dijo Yareth, tocando las paredes—.
Solo están… fuera de fase.
Naima se detuvo de pronto frente a una puerta oxidada.
Su mano temblaba.
—Aquí es —dijo—.
Aquí fue donde lo sellamos…
donde casi perdimos el alma.
Abrió la puerta.
Dentro había símbolos tallados en el suelo, huesos disueltos por el tiempo, y al fondo, un espejo ennegrecido que palpitaba.
—Severo no solo busca abrir la grieta.
Quiere usar este espejo como punto de anclaje.
En ese instante, la ciudad entera vibró.
Una sirena antigua, como de otro siglo, se activó sola.
Ambos grupos sintieron lo mismo.
Él está aquí.
Desde el cielo se rasgó una línea negra.
Como si una tela invisible se partiera.
Y de ella comenzaron a descender figuras:
Sombras humanas con ojos brillantes.
Criaturas deformadas por memorias rotas.
Y al fondo, Severo.
—No dejaré que usen este mundo como experimento fallido —dijo, su voz amplificada por el propio aire.
—Y nosotros no dejaremos que lo borres para empezar de cero —respondió Naima, encendiendo su puñal de luz.
Damián sintió algo más.
La grieta lo llamaba por su nombre.
Y el cuaderno, una vez más, escribió solo:
La única forma de cerrar la grieta… es entrando en ella.
Selar lo miró.
—No puedo obligarte.
—No tenés que hacerlo —dijo él, dando un paso al borde.
Fin del capítulo.
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Editado: 23.03.2026