Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 73: El fuego que no quema… pero revela

La cámara ardía, pero no dolía.
El fuego de Izel era luz de conciencia, no de castigo.
Uno a uno, los Fragmentados entraron en sus propios círculos de llama.
**
Emilia
Ella fue la primera.
La llama la envolvió y, de pronto, estaba en su antigua casa.
Su padre leía en silencio, pero no levantaba la vista.
Su madre lloraba en otra habitación.
Y Emilia, pequeña, gritaba para que alguien la escuchara.
—No quiero sanar a todos.
Quiero que alguien me cuide a mí.
La niña se miró a sí misma.
Extendió la mano.
Se abrazó.
Y la llama se tornó azul, liberándola con una lágrima que no quemó.
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Tomás
El fuego lo arrojó al patio de su antigua escuela.
Todos lo miraban.
Severo aparecía frente a él, señalando:
—Sos fuerza sin propósito.
Solo sabés destruir.
Nunca fuiste más que un escudo vacío.
Tomás apretó los puños.
Pero no respondió con golpes.
Se agachó…
y vio a un niño llorando en el suelo:
él mismo, ignorado tras una pelea que no había querido.
—Quiero proteger, no pelear.
La llama giró en forma de escudo y lo dejó salir.
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Yareth
El fuego la condujo a un bosque sin hojas.
Las palabras flotaban rotas en el aire, sin poder unirse.
Yareth intentaba tejerlas… pero nada tenía sentido.
—Sin mi don, ¿qué soy?
¿Un error hermoso?
Una figura apareció: su madre, muerta en el pasado, sin rostro.
—Te busqué entre los sueños… y te perdí en la realidad.
Yareth cayó de rodillas.
—Ya no me oculto.
Si estoy rota, entonces me acepto así.
La llama la envolvió como seda, abriéndole paso.
**
Khural
En su visión no había fuego, solo hielo.
Todo lo que tocaba moría.
Cada planta se marchitaba a su paso.
Su don de vincularse con la tierra era una maldición en la escena.
—¿Y si mi presencia daña más de lo que ayuda?
Una voz ancestral habló desde la piedra:
—La tierra no teme al dolor.
Solo a los que dejan de tocarla.
Khural se quitó los guantes.
Puso sus manos sobre una raíz muerta.
Y esta… floreció.
El fuego se disolvió con olor a tierra húmeda.
**
Damián
Él fue el último.
Y su visión fue… silencio.
Un cuarto blanco.
Sin nadie.
Ninguna voz.
Ningún pensamiento.
Solo una mesa con un cuaderno…
y en él, la frase:
“Sin ellos, no sos nada.”
Damián tembló.
Se miró las manos.
No tenía cicatrices.
No tenía cuerpo.
—¿Qué pasa si… me apagan?
Una figura apareció.
Era él.
Niño.
Con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y si solo sos útil por lo que ves, por lo que sabés…?
¿Y si no fueras especial?
Damián se arrodilló.
Abrazó al niño.
—Entonces… solo sería yo.
Y eso tiene que ser suficiente.
La llama no lo consumió.
Lo coronó.

Uno a uno, los Fragmentados salieron de sus círculos.
Más enteros.
Más desnudos.
Izel los esperaba con los ojos brillando.
—Ahora sé quiénes son.
Y por eso… puedo caminar con ustedes.
El fuego en su espalda se encendió como una antorcha viva.
Y el camino hacia el siguiente fragmento comenzó a brillar en el suelo.




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