Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 74: La ciudad bajo el reflejo

El fuego de Izel ardía sobre la piedra del santuario como un faro.
—La llama que buscan —dijo ella— no está en el cielo, ni en la tierra…
Está en el agua que recuerda.
Naima, tras consultar antiguos mapas y leyendas fragmentadas, susurró el nombre que nadie había dicho en siglos:
Nayara —la ciudad sumergida.

Partieron al amanecer, cruzando una región de lagos estancados y nieblas densas.
Selar los guiaba con precisión milimétrica.
No por caminos…
sino por líneas de tiempo rotas, como si Nayara existiera en una vibración distinta.
—La ciudad no se ahogó —explicó Izel—.
Se ocultó por voluntad propia, cuando los humanos comenzaron a olvidar su origen.
—¿Y cómo la encontramos? —preguntó Tomás.
—Recordando algo… que aún no vivimos —dijo Damián, con el cuaderno en la mano, escribiendo solo.

Al anochecer, llegaron a un lago inmenso.
Sin olas.
Sin viento.
Demasiado quieto.
En la orilla, una estatua sin rostro.
En su base, un símbolo encendido en fuego rojo: el mismo que apareció en la espalda de Izel.
—Ya estamos cerca —dijo ella.

Sin decir más, Izel se sumergió en el agua.
Uno por uno, los demás la siguieron.
Pero no se hundieron.
Cayeron…
como si atravesaran un espejo.

Del otro lado, la ciudad.
Nayara.
Suspendida en una luz azul pálida.
Edificios cubiertos de corales y cristal.
Estatuas flotando como si el tiempo no las tocara.
Y en el centro, una torre que latía con fuego líquido.
—Es allí —dijo Naima—.
El fragmento está en el Corazón de Agua.

Pero no estaban solos.
Sombras blancas, flotantes, los miraban desde las ruinas.
Eran recuerdos vivos.
Almas sin cuerpo.
Fragmentos de emociones que se negaron a morir.
—Cuidado —advirtió Selar—.
Aquí, lo que sienten… puede volverse real.

Caminaron entre callejones inundados de luz.
Emilia sintió alegría de la nada.
Tomás sintió culpa.
Yareth… miedo antiguo.
Pero Damián solo sintió una presencia conocida.
—Anuar estuvo aquí —dijo, deteniéndose frente a un mural bajo el agua.
Mostraba a un niño con alas negras…
sosteniendo una llama dentro de una jaula.
—Él quiso reclamar el fuego antes —dijo Naima—.
Pero Nayara no lo dejó entrar al Corazón.

Izel miró el mural.
—Y ahora nosotros sí lo haremos.
Porque no buscamos dominar el fuego…
Sino ser transformados por él.

El capítulo termina con el grupo entrando a la torre del Corazón de Agua.
En su centro, el fragmento:
una esfera de luz hirviente, atrapada en una jaula de cristal vivo.
Y a su alrededor…
cuatro figuras, esperándolos.
Guardianes de Nayara.
O lo que queda de ellos.




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