Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 75: El juicio de las aguas profundas

La torre vibraba con una luz cálida y líquida.
En su centro, el fragmento de la Llama Original flotaba dentro de una jaula de cristal orgánico, pulsando como un corazón vivo.
Pero entre ellos y la llama se alzaban cuatro figuras translúcidas, cubiertas con ropajes flotantes, los rostros velados por máscaras talladas en obsidiana marina.
—Bienvenidos al Corazón de Agua —dijo uno de ellos, con voz que sonaba como viento bajo el agua—.
La ciudad ha aceptado su paso… pero no su propósito.
—No queremos robar nada —respondió Izel, dando un paso adelante—.
Venimos a restaurar lo que fue fragmentado.
—Eso dicen todos los que llegan.
Pero la llama no responde a palabras.
Responde a la verdad del alma.

Cada Guardián extendió una mano, y una columna de agua surgió del suelo frente a los protagonistas, separándolos.
—Uno por uno —dijeron—.
Serán juzgados.
No por lo que hicieron.
Sino por lo que podrían hacer si tuvieran el poder completo.

Emilia
El agua se cerró sobre ella y la llevó a una visión:
un mundo donde podía sanar a todos…
pero al hacerlo, nadie más sentía dolor.
Y sin dolor, no había aprendizaje.
Sin tristeza, no había memoria.
Era una diosa…
de un mundo vacío.
—¿Aceptarías no salvarlo todo, para que otros aprendan a sanar por sí mismos?
Con lágrimas en los ojos, respondió:
—Sí.

Tomás
Se vio en un campo de batalla.
Podía ganar todas las guerras…
pero solo si sacrificaba su propia humanidad.
Peleaba por justicia…
pero sin empatía.
Solo violencia fría.
—¿Aceptarías contener tu fuerza para no apagar la llama de otros?
—Sí —dijo, bajando su arma.

Yareth
Estaba en un templo donde podía reescribir la historia con sus palabras.
Cambiar el pasado.
Reparar muertes.
Borrar errores.
Pero al hacerlo, todos olvidaban quiénes eran.
—¿Aceptarías que algunas heridas deben quedar escritas?
—Sí —susurró—.
Hasta las mías.

Damián
Su visión fue distinta.
No era un futuro posible…
era todos los futuros a la vez.
Caminaba entre miles de versiones suyas:
algunas eran héroes,
otras, monstruos.
Una, incluso, era Severo.
—¿Aceptarías seguir siendo vos mismo,
con todo tu miedo, tu mente distinta, tu corazón roto…
en vez de elegir un yo perfecto?
Damián miró sus manos.
Y dijo:
—Sí.

El agua retrocedió.
Los Guardianes se inclinaron levemente.
—El Corazón los ha escuchado.
Y ha decidido… arder con ustedes.
La jaula de cristal se disolvió lentamente.
El fragmento de fuego líquido flotó hacia el centro del grupo.
Nadie lo tomó.
Fue la llama quien eligió entrar en el pecho de Damián.
Y desde allí, se dividió en hilos de luz, tocando suavemente a cada uno.

—No es un trofeo —dijo uno de los Guardianes—.
Es una carga compartida.
No olviden… el fuego puede calentar o destruir.

La torre vibró.
Nayara comenzó a despertar.
Y desde lo profundo del lago…
una sombra muy distinta empezó a agitar las aguas.




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