El mapa que Naima desplegó al amanecer no mostraba caminos.
Solo una región marcada en rojo con un único nombre: Hadrur.
—No hay rutas fijas —explicó—.
El desierto cambia, se mueve… según quién lo atraviesa.
—¿Y el fragmento? —preguntó Emilia.
—No está oculto.
Está esperando.
Pero solo se deja alcanzar por quienes resisten sin intentar controlar.
El grupo viajó en caravana junto a Khural, que logró contactar a un clan nómada que cruzaba esas tierras cada siete años.
Su líder, una mujer de piel agrietada por el sol y ojos color ámbar, se presentó como Zafirah.
—El fuego que buscan —les dijo— se entierra en la duna más antigua.
Pero esa duna... no permanece en un solo lugar.
Durante los primeros días, el calor fue su primer enemigo.
Las noches, heladas.
Las brújulas fallaban.
Los relojes dejaban de marcar el tiempo con precisión.
Y lo más extraño:
todos empezaron a soñar con la misma cosa.
Una figura en llamas, encapuchada, arrastrando una cadena…
dejando huellas que se borraban al instante.
—El fragmento tiene conciencia —dijo Selar—.
Nos está probando.
—¿Probando qué? —preguntó Tomás.
Naima, con el rostro curtido por la arena, respondió:
—Nuestra intención.
El desierto revela la verdad del viajero.
Una tarde, la tormenta los alcanzó.
Viento.
Granos de arena que cortaban la piel.
Y en medio del caos, se separaron.
Damián y Yareth cayeron en una grieta, cubiertos por un montículo de dunas movedizas.
Emilia fue arrastrada por una ráfaga hacia un oasis seco.
Tomás intentó cargar a Khural en brazos mientras una sombra cruzaba entre las carpas rotas.
Dentro de la grieta, Damián escuchó una voz que no venía de Yareth ni del cuaderno.
“¿Creés que podés salvar algo si ni siquiera sabés quién sos?”
“Todo fuego que niega su origen… arde sin sentido.”
Y frente a él apareció una figura:
Severo.
Pero no real.
Una ilusión formada con polvo y calor.
Damián alzó la mano.
Una chispa de la llama de Nayara brotó…
y el Severo de arena se deshizo en humo.
En la superficie, Naima reunió a los dispersos.
El clan nómada los esperaba más adelante.
Pero Zafirah, al verlos llegar cubiertos de heridas y polvo, sonrió con gravedad:
—Hadrur les habló.
Ahora… les mostrará el camino hacia la duna que sangra.
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Editado: 23.03.2026