Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 78: La duna que sangra

Zafirah los condujo hasta el borde de un valle tallado por el viento.
Allí, en el centro, se alzaba la duna viva:
no era la más alta, pero sí la más inquietante.
La arena parecía latir, como un músculo dormido.
A veces, sangraba lentamente un líquido rojo que se evaporaba al tocar el aire.
—Allí está el fragmento —dijo Naima—.
Pero no podemos tomarlo.
—¿Por qué? —preguntó Tomás.
Zafirah extendió una vara hacia el centro.
—Porque la duna no se abre con fuerza.
Solo cede ante aquellos dispuestos a entregar lo que más los define.

Uno a uno, los Fragmentados descendieron.
El calor se volvió insoportable, aunque el sol ya caía.
La arena se pegaba a sus cuerpos como escamas vivas.
Cuando alcanzaron la base de la duna, un círculo de fuego surgió, rodeándolos.
Y una voz profunda habló desde el centro.
—¿QUÉ OFRECÉS A CAMBIO DE LA LLAMA?
¿QUÉ PARTE DE VOS RENUNCIARÁS PARA QUE OTROS ARDAN CON ESPERANZA?

Emilia fue la primera.
—Entrego…
mi deseo de entenderlo todo.
Mi necesidad de explicarlo todo para sentirme útil.
Un viento ardiente cruzó su rostro.
Y el fuego murmuró:
—Entonces comenzarás a sanar sin certezas.

Tomás apretó los dientes.
—Renuncio a mi coraza.
A la rabia que me protege.
A mi derecho a golpear antes de escuchar.
El suelo tembló bajo sus pies.
Una llama brotó de la arena…
y desapareció en su pecho.
—Entonces dejarás de ser muro…
para ser puente.

Yareth, con los ojos cerrados, susurró:
—Entrego mi miedo a desaparecer.
A que nadie me escuche si no uso mis palabras como escudos.
La arena subió como humo.
Y la cubrió… sin quemarla.
—Entonces tus palabras comenzarán a doler…
y a sanar de verdad.

Damián tardó en hablar.
La duna vibraba bajo sus pies.
Él miró sus manos.
—Renuncio a mi ilusión de ser especial solo por mis poderes.
Entrego mi deseo de que el don justifique mi lugar entre ellos.
Me quedaré… aunque no entienda del todo por qué me eligen.
La arena se abrió bajo él.
Y durante un instante…
cayó.
Pero no fue una caída al vacío.
Fue hacia dentro de sí mismo.
Cuando volvió a abrir los ojos, estaba de pie.
El fragmento ardía frente a ellos, liberado.
Era pequeño.
Oscuro.
Casi sin forma.
Pero su calor…
era el más puro.

—Es el fuego que arde en quienes caminan sin certezas —dijo Zafirah, al verlos regresar—.
El fuego de los que dudan… pero siguen.

Naima recogió el fragmento con guantes de obsidiana.
Y, sin decirlo en voz alta, todos supieron que algo en ellos había cambiado.
Eran más ligeros.
Y a la vez… más reales.

En la cima de la duna, una figura encapuchada los observaba.
Severo no estaba allí.
Pero alguien que hablaba por él sí.
Una voz se deslizó entre el viento:
—¿Qué harían si supieran que ese fuego ya ardió antes…
y consumió a los primeros que lo tocaron?

Les espera un nuevo fragmento.
Pero también, las huellas que el fuego dejó en otros… mucho antes de ellos.




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