El sol nacía lento sobre las piedras rojas, y el campamento aún dormía.
Los Fragmentados se preparaban para partir hacia su desafío final: encontrar el último fragmento, el más oculto, escondido en el inconsciente colectivo de su linaje.
Damián hojeaba su cuaderno en silencio, lejos del grupo.
El fuego que había despertado en él seguía latiendo…
pero esa mañana, no era cálido.
Era una inquietud punzante.
Al pasar una página…
una frase apareció, escrita con tinta negra, letra inclinada y firme:
Damián, quiero hablar con vos. A solas.
Te espero donde comenzó tu silencio.
El cuaderno tembló suavemente en sus manos.
Era la letra de Severo.
No dijo nada.
No a Emilia.
No a Tomás.
Ni siquiera a Naima.
Caminó sin mirar atrás, siguiendo un impulso que no sabía si era suyo.
Llegó a una caverna cercana al borde del cañón, un lugar que una vez visitaron cuando apenas comenzaban la travesía.
Allí, esperándolo, de pie entre sombras y luz filtrada, estaba él.
Severo.
Pero no vestido como un villano.
Llevaba ropa sencilla.
No sonreía.
No amenazaba.
—Gracias por venir —dijo con voz serena.
Damián no respondió.
—Sabés quién soy.
Pero no sabés quién fui.
Severo levantó una mano.
Una chispa azul salió de su palma, y por un segundo, Damián sintió que era su propio poder reflejado.
Igual.
—No soy como ellos, Damián.
Soy como vos.
Silencio.
—Desde chico sentí que había algo "mal" en mí.
No entendía cómo pensar como ellos.
No podía mirar a los ojos.
Me decían que debía cambiar.
¿Te suena?
Damián bajó la mirada.
—Pero descubrí algo —continuó Severo—: no somos errores.
Ellos son el error.
La sociedad que nos aparta, que nos obliga a adaptarnos mientras nos tritura.
—Pero yo tengo amigos —murmuró Damián—. Ellos me cuidan…
—¿Te cuidan porque te entienden o porque te toleran?
¿Te escuchan… o solo esperan que seas útil?
Eso le dolió.
Severo se acercó un paso.
—Yo también fui parte de un grupo, como vos.
También fui el "raro".
El que necesitaba ayuda.
Hasta que entendí que mi diferencia no era debilidad.
Era fuego.
Severo extendió su mano, y de su palma brotó una esfera de luz oscura, idéntica a la de Damián.
—Podemos cambiar el mundo.
Pero no reparándolo.
Reescribiéndolo.
Un mundo donde no tengamos que disculparnos por existir.
Damián no respondió.
Las palabras le dolían porque tenían verdad, aunque no supiera cuánta.
Severo dio un paso atrás.
—No quiero pelear con vos.
Quiero que elijas.
Que pienses.
Cuando volvió al campamento, no habló.
No explicó nada.
Tomás le preguntó si estaba bien.
Emilia le sonrió.
Yareth le ofreció agua.
Pero Damián…
se sintió afuera.
Como si los mirara desde una orilla distinta.
Esa noche, mientras todos dormían, se marchó.
Solo dejó una hoja del cuaderno sobre la piedra:
Necesito saber si estoy con ustedes por amor…
o por miedo.
Y en la distancia, mientras avanzaba entre sombras…
una figura esperaba su regreso.
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Editado: 23.03.2026