El amanecer llegó con un silencio extraño.
Demasiado limpio.
Demasiado incompleto.
Fue Emilia quien notó primero la ausencia.
La bolsa de Damián seguía allí, pero su cuaderno… no.
Solo una hoja, dejada con cuidado sobre la piedra.
Necesito saber si estoy con ustedes por amor…
o por miedo.
La leyó en voz baja.
Y se quedó helada.
—No está —dijo.
—Se fue.
Tomás pateó la tierra con furia.
—¿Por qué? ¡¿Por qué ahora?!
—¿Fue por algo que hicimos? —preguntó Yareth, mordiéndose los labios.
Naima, sentada cerca del fuego, cerró los ojos.
—Severo —murmuró—. Lo buscó. Lo tentó.
Era inevitable.
Los iguales se reconocen incluso desde la oscuridad.
—¿Y qué hacemos ahora? —gritó Tomás—. ¡Lo necesitamos!
¡Él es el eje del fragmento mental!
¡No podemos entrar sin él!
—Podemos… —interrumpió Emilia, con la voz rota—.
No como queríamos.
Pero sí como debemos.
Hubo un largo silencio.
Hasta que Yareth habló, suave:
—Si lo que buscamos está en el inconsciente colectivo, no es solo de él.
Todos somos Fragmentados.
Todos llevamos parte del fuego.
Quizá… juntos podamos reemplazar lo que Damián sostenía solo.
Naima asintió lentamente.
—Eso significará abrirse de verdad.
Sin secretos.
Sin máscaras.
Cada uno deberá ofrecer una herida propia…
sin esperar que alguien más lo sostenga.
Selar se acercó, mirándolos con una mezcla de respeto y dolor.
—Entonces esto es una decisión.
No solo una misión.
—Sí —respondió Emilia.
—Sí —agregó Tomás, con los puños cerrados.
Naima los miró uno a uno.
—Bien.
Preparen sus pensamientos.
Sus recuerdos.
Sus culpas.
Vamos a entrar al lugar donde habitan las verdades que preferimos no recordar.
La tarde cayó sobre un grupo incompleto, pero no derrotado.
Y cuando el sol tocó el horizonte, Naima trazó un nuevo círculo.
Esta vez no era fuego ni tierra.
Era una trenza de memorias compartidas.
Los Fragmentados tomaron sus lugares.
Y el viento cambió.
Ya no olía a tierra ni a llama.
Olía a pasado.
Y al centro del círculo, comenzaron a flotar los primeros recuerdos.
La entrada al inconsciente colectivo se estaba abriendo… sin Damián.
Pero lejos de allí, bajo una cúpula oculta por sombras,
Damián observaba en silencio cómo Severo hablaba de un nuevo mundo.
Uno que no necesitaba perdón.
Y aunque su rostro era sereno…
su llama interior no dejaba de temblar.
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Editado: 23.03.2026