Damián caminó por las calles de su ciudad como si fuera un extraño.
Después de tanto, el asfalto le resultaba ajeno.
El aire… inofensivo.
Todo estaba en su lugar.
Demasiado normal.
Cuando llegó a la puerta de su casa, su padre abrió como si no hubiera pasado nada.
—¡Hijo! —dijo, con una sonrisa medida—. Al fin. Te esperábamos.
Damián no respondió.
No abrazó.
No preguntó.
Solo subió las escaleras.
Se encerró.
Pasaron horas.
Quizá un día entero.
No bajó a cenar.
No encendió la luz.
Solo miró el techo, con el cuaderno cerrado a un lado y la mente envuelta en fuego lento.
Hasta que su padre golpeó la puerta.
—¿Podés bajar un momento? Quiero hablar con vos.
Hay algo que… necesitás saber.
Damián dudó.
Pero bajó.
En vez de ir al comedor, su padre tomó una linterna y descendió al sótano.
—¿Qué hacés? —preguntó Damián, intrigado.
—Es hora —respondió, sin volverse—.
De que veas quién sos en realidad.
El sótano era más profundo de lo que recordaba.
Más que un depósito…
era un santuario olvidado.
Velas gastadas.
Símbolos en las paredes.
Una piedra tallada con el emblema de los Fragmentados.
Y al fondo, un mural oculto bajo un manto de polvo.
Su padre lo descubrió con una sola mano.
Allí estaba pintada una escena:
Siete personas, cada una con una llama distinta en las manos… cayendo.
Y entre ellos, una figura que extendía los brazos: Anuar.
—Ese soy yo —dijo el hombre con calma.
Damián dio un paso atrás.
—¿Qué…? ¿Quién sos?
—Fui uno de los primeros Fragmentados.
El último en caer.
El único que sobrevivió…
y traicionó a todos.
El silencio era espeso.
—¿Por qué…? ¿Por qué no dijiste nada?
—Porque tu madre no debía saber.
Porque tenía miedo de que la historia se repitiera contigo.
Porque ese día… cuando sellaron el último fragmento… yo me opuse.
Y Selar, Naima y los demás… me condenaron al olvido.
Damián bajó la mirada.
Todo ardía en su pecho.
No sabía si por rabia, vergüenza, o desilusión.
—¿Y por qué ahora?
Anuar se acercó, más humano que nunca.
—Porque te fuiste con Severo.
Y aunque él crea que somos iguales…
no lo somos.
Vos todavía podés elegir.
Yo no.
Se arrodilló frente a un pequeño baúl sellado con una cadena quemada.
Lo abrió.
Dentro, una pequeña esfera de obsidiana brilló con un resplandor tenue.
—Este es mi fragmento.
Dormido.
Roto.
Pero tuyo, si querés conocer la verdad del fuego.
Damián lo miró sin saber si dar un paso más… o correr.
Todo lo que creía conocer sobre sí mismo
—el grupo, Severo, su padre, su pasado—
estaba colapsando.
Y en medio de eso…
una sola certeza lo sostenía:
Él no era un reflejo de nadie.
Solo él decidiría quién quería ser.
Tomando la esfera una chispa le recorre los dedos.
Y una imagen atraviesa su mente:
Todos sus amigos dentro del inconsciente colectivo…
en peligro.
Sin él.
Y por primera vez, su llama no tembló.
Se alzó.
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Editado: 30.03.2026