El mundo del inconsciente colectivo temblaba como un cuerpo febril.
Y uno a uno, los Fragmentados caían.
Severo no luchaba con furia.
Lo hacía con precisión.
Como quien ya los había analizado, desde lejos, desde adentro.
A Yareth le bastó con mostrarle un reflejo de sí misma sin voz.
Dejó de moverse.
Cayó atrapada en su miedo más antiguo: no ser escuchada.
A Izel, un recuerdo de su pasado como sombra la quebró.
Un susurro bastó:
—Nunca dejaste de ser uno de nosotros.
Naima resistió más, pero su conexión con el círculo era frágil sin Damián.
Un golpe de la Fragmentada del Cuervo la lanzó contra una pared de pensamiento.
No cayó inconsciente…
pero quedó fuera del campo.
Solo quedaban Tomás y Emilia.
Tomás sangraba por el rostro, pero seguía en pie.
—No los vas a tocar —escupió con rabia—.
No vas a pasar.
Emilia se arrastraba hasta él, intentando mantener activo su poder de sanación.
Severo sonrió.
—Entonces empezaré por vos, sanadora.
Sin vos… se caen todos.
Y alzó la mano, cargando una esfera de fuego negro.
—¡No! —gritó Tomás, lanzándose hacia adelante.
El golpe fue para él.
Tomás cayó de rodillas.
Su torso humeaba.
Las piernas le temblaban.
Pero seguía de pie, como si la voluntad le perteneciera al hueso, no al alma.
—¿Por qué te interponés? —preguntó Severo, acercándose—.
Sabés que ya perdiste.
Sabés que no podés protegerla.
Tomás apenas respiraba.
—Porque ella…
ella me sostuvo cuando me rompí.
Y si voy a caer… que sea cubriéndola.
Severo levantó la mano otra vez.
Una energía negra se alzó, más grande, más definitiva.
El silencio pesó como hierro.
Y entonces…
el golpe se detuvo.
A centímetros del pecho de Tomás.
Un campo de fuerza se había alzado como un muro invisible.
Severo frunció el ceño.
—¿Qué…?
Una voz, clara y firme, emergió entre las grietas del espacio mental:
—Dejalos.
A mis amigos… no los tocás.
Damián.
Caminaba hacia el centro de la batalla.
Vestía ropa común.
Pero algo en él había cambiado.
No era su mirada.
Era su llama.
Brillaba desde dentro.
Firme.
Propia.
Sin sombra.
Severo lo observó sin moverse.
—Viniste.
Damián asintió.
—Y ahora no me voy.
Detrás de él, el campo comenzó a recomponerse.
La energía de los Fragmentados volvió a vibrar.
Y la grieta tembló…
porque el círculo se cerraba,
completo otra vez.
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Editado: 30.03.2026