Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 84: El fragmento que arde en tres

El viento en el inconsciente colectivo se volvió más cálido.
No era real, pero lo sentían en la piel.
Los Fragmentados, heridos, de pie entre los restos de la batalla, miraron a Damián, Tomás y Emilia avanzar.
Y uno por uno, sin palabras, lo entendieron:
No eran ellos quienes debían continuar.
No esta vez.
Se inclinaron.
No como quienes se rinden…
sino como quienes honran algo más grande que ellos mismos.

Damián, Tomás y Emilia se miraron.
Algo invisible los unió.
Una corriente sutil, de alma a alma.
En ese instante, lo supieron:
Ellos eran el fragmento.
El último.
El verdadero.
No estaba en una piedra, ni en una cueva, ni en un recuerdo escondido.
Era la llama entre ellos.

Un crujido sagrado retumbó.
Desde la nada misma, dos espadas de fuego brotaron en las manos de Damián y Tomás.
Sus llamas no eran iguales.
La de Tomás era roja, como rabia purificada.
La de Damián… blanca y azul, como verdad en calma.

Las sombras arremetieron una vez más, al mando de Severo.
Pero ya no eran una amenaza.
Tomás danzaba con fuerza renovada, sus golpes tenían precisión y propósito.
Damián lo acompañaba, protegiendo los flancos, previendo cada ataque como si lo hubiera soñado.
Y en el centro del campo…
Emilia.
Sentada.
Serena.
Extendía las palmas.
Una luz dorada fluía hacia ellos, ininterrumpida.
Damián alzó su mano izquierda.
Un campo de fuerza brillante cubrió a Emilia, curvándose como una cúpula sagrada.
Nada la tocaba.
Y desde ese espacio protegido, ella enviaba energía sin temor.

Los tres eran uno.
Mente.
Cuerpo.
Corazón.
Y el fuego que los rodeaba no era destructivo.
Era la llama de un nuevo despertar.

Severo retrocedió.
Su expresión había cambiado.
Ya no era superioridad.
Era incredulidad.
—¿Qué… es esto? —murmuró.
Una voz le respondió.
No una voz física, ni mágica.
Sino la voz del inconsciente mismo:
Esto es lo que nunca tuviste.
Y lo que nunca entendiste.
Ellos no son fragmentos rotos.
Son fragmentos elegidos.
Unidos por decisión.
Por amor.

Las sombras comenzaron a quebrarse.
No por golpes.
Sino por luz.
Las ilusiones de miedo se desvanecían.
El espacio mental volvía a brillar.
Y en el centro…
donde antes había vacío,
una llama flotó.
Pequeña.
Pura.
Brillante como la esperanza.
El último fragmento.
Completo al fin.

Y justo antes de que Severo intentara su último ataque desesperado…
una fuerza invisible lo empujó hacia atrás.
Ya no tenía poder allí.
Porque ese fuego… no lo podía tocar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.