Los Elegidos: el niño de la llama azul.

Capítulo 85: Mano a mano

El campo mental quedó en silencio.
Las sombras yacían hechas ceniza de pensamiento.
Los Fragmentados de Severo, vencidos, se disolvían en la bruma, débiles.
Solo Severo quedaba de pie.
Respiraba agitado.
Pero su fuego aún ardía.
Tomás y Emilia se acercaron por detrás de Damián.
Por un instante, sus llamas temblaron.
Pero no de miedo…
sino de respeto.
—Es tuyo, Damián —dijo Emilia, apoyando una mano en su hombro.
—Esta pelea… tiene que ser entre ustedes dos —agregó Tomás, retrocediendo.
Damián asintió.
Y sin palabras, avanzó.
Severo alzó su espada negra.
Damián sostuvo la suya, envuelta en la llama blanca azulada de su espíritu.
Y la batalla comenzó.

No fue larga.
Pero sí brutal.
Cada golpe traía un recuerdo.
Cada bloqueo, una emoción.
Severo atacaba con rabia, con técnica, con años de odio tragado.
Damián…
resistía.
Y respondía.
No con odio.
Sino con convicción.
Con la calma del que sabe quién es.

En medio del combate, Severo gritó:
—¡¿Por qué vos?!
¡¿Por qué todos te siguen a vos y no a mí?!
Damián lo miró.
Los ojos tranquilos.
La llama firme.
—Porque yo no los obligo a elegirme.
Caminamos juntos.
No atrás.
Al lado.

Severo retrocedió.
El fuego de su espada parpadeó.
Sus manos temblaron.
Y cayó de rodillas.

La imagen se fragmentó.
Todo alrededor comenzó a desvanecerse.
El inconsciente colectivo se cerraba, colapsando en luz.
Y los Fragmentados fueron expulsados lentamente de regreso a la realidad.

Cuando abrieron los ojos, estaban de nuevo en el templo.
El último fragmento brillaba sobre el altar, absorbido por el círculo.
Pero Severo ya no estaba.
Solo una nube espesa de humo negro.
Y una voz:
—Esto… no termina aquí.

Desde la bruma, su silueta y la de sus seguidores escapaban.
Uno de ellos —la Fragmentada del Cuervo— se volvió hacia atrás y murmuró:
—Volverá.
Lo sabe.
Lo sabemos todos.

Damián, de pie junto a sus dos amigos, respiró profundo.
Tomás apretó los puños, con una media sonrisa.
—Que vuelva.
Emilia levantó la vista, con la luz de su poder aún flotando en los dedos.
—Vamos a estar listos.
Damián cerró los ojos un segundo.
Luego los abrió, con la llama ardiendo en paz:
—Y esta vez…
no vamos a temerle.

Y mientras el fuego en sus corazones seguía ardiendo, los Fragmentados sabían una cosa:
La batalla final no sería la próxima.
Sino la que ellos decidieran cuándo dar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.