Las semanas habían pasado como el eco de un sueño.
La última batalla parecía lejana, como si hubiese ocurrido en otra vida.
Y, sin embargo, algo en el mundo había cambiado.
Los Fragmentados se habían dispersado, por ahora.
Cada uno regresó a su vida.
A sus rutinas.
A sus casas.
Pero ninguno volvió igual.
Damián estaba en el recreo de la escuela.
El sol caía sobre el patio, tibio, sin apuro.
A su alrededor, chicos corrían, gritaban, jugaban.
Él estaba sentado en un banco, pero no estaba solo.
—¡Vamos, Damián! —le gritó Tomás desde el aro de básquet—. ¡Jugá aunque sea una vez!
—Solo si Emilia hace de árbitro —respondió él, sonriendo.
Emilia se rió mientras se acercaba con una gaseosa en mano.
—Puedo hacer de árbitro… pero no garantizo imparcialidad.
La campana sonó.
A la salida, los tres caminaban por la vereda como cualquier otro grupo de amigos.
Charlaban de tonterías.
Reían.
Hablaban de películas y tareas.
Y por un momento…
todo era normal.
Hasta que, al doblar una esquina, vieron el caos.
Un banco cercado por patrulleros.
La policía rodeando la entrada.
Gente llorando.
Un oficial gritando por un megáfono:
—¡Suéltenlos! ¡No disparen! ¡Nadie tiene que salir herido!
Una toma de rehenes.
Una ciudad paralizada.
Los tres se detuvieron.
No por miedo.
Sino por instinto.
Se miraron.
Tomás respiró profundo.
Emilia ladeó la cabeza, como si ya supiera lo que iban a hacer.
Y Damián…
solo asintió.
Sus ojos brillaron.
Primero una chispa.
Luego una llama tenue, que se encendía no por rabia ni poder…
sino por decisión.
Los tres amigos caminaron hacia el caos.
No como héroes.
Ni como dioses.
Sino como quienes eligieron no mirar hacia otro lado.
Porque el mundo no estaba curado.
Pero ahora, no estaban solos.
Y justo antes de que cruzaran la calle, el capítulo cerró.
Con la certeza no escrita de que, pase lo que pase,
van a estar ahí.
Juntos.
Siempre.
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Editado: 30.03.2026