Los Fragmentos del Orden

6 - Lilitu va a robar en dos museos… e intercambiar sus botines. La imagen lo hizo sonreír.

Noé observaba con atención.

Lilitu parecía profundamente turbada por lo que él había respondido. Su aspecto material era casi perfecto, salvo por un detalle: la mirada. Demasiado profunda, demasiado estable para una humana. Como si algo, detrás de los ojos dorados, siguiera existiendo fuera de la habitación.

Su ropa le evocaba un atuendo femenino antiguo, de una elegancia simple y arcaica. Un vestido largo de lino claro, ceñido bajo el pecho por un fino cinturón trenzado, que dejaba los hombros desnudos. La tela parecía a la vez ligera y estructurada, como las que se ven en ciertos frescos del Egipto antiguo: líneas puras, ausencia de ornamento inútil, una sobriedad casi sagrada. La prenda no intentaba seducir, pero realzaba su silueta con una evidencia tranquila.

Era hermosa, indudablemente.

Pero, sobre todo, parecía incómoda.

Sus gestos eran escasos, medidos, como si cada movimiento tuviera que negociarse con ese cuerpo que habitaba mal. Dudaba antes de moverse, como si el espacio le opusiera una resistencia nueva.

Una multitud de preguntas se agolpaba en la mente de Noé.

Si era cierto que ella seguía leyendo en él, se vería pronto desbordada. Sin embargo, prefirió creer que cumplía su palabra.

Decidió conducir el intercambio, con prudencia.

—Esa forma… —preguntó—,

—¿es fácil de obtener? Y, sobre todo… ¿de conservar?

Lilitu pareció buscar las palabras, como si la lengua humana aún se resistiera a ciertas nociones.

—Lo más difícil —dijo al fin—

—no es la forma en sí.

—Es deslizarme entre las capas temporales sin disociarme.

Hizo una pausa.

—La forma fue elegida para ser aceptada visualmente.

—En cuanto a la duración… ignoro cuánto tiempo podré permanecer así.

Una sombra cruzó fugazmente su rostro.

—No domino del todo el principio del retorno —añadió en voz más baja.

Noé asintió lentamente y continuó:

—¿Y el espacio?

—¿Puede desplazarse… hasta mí?

Lilitu cerró los ojos. Se concentró.

Luego inspiró.

Y se detuvo, sorprendida.

Acababa de comprender que respiraba.

Noé respetó ese silencio, inmóvil.

Por fin, ella dio un paso.

Sin deslizamiento. Sin flotación.

Un paso firme, humano. Luego otro.

Noé quedó impresionado por la gracia del movimiento. Había algo infinitamente simple, casi un homenaje involuntario a la feminidad humana. Nada teatral. Solo una justeza inesperada.

Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para levantarse también.

Ahora los separaba un solo paso.

Ella tenía exactamente su estatura. Lo miraba con una curiosidad teñida de inquietud, como si temiera interpretar mal lo que descubría.

Entonces Noé le tendió la mano.

El gesto era en parte experimental.

No del todo.

Lilitu fijó la mano extendida durante un largo instante. Luego la tomó.

Noé lo esperaba todo… menos eso.

Nada.

Nada salvo el calor suave, bien real, de su mano.

—La forma está… notablemente imitada —murmuró.

Se arrepintió al instante de sus palabras. Lilitu no pareció ofendida.

—No es una imitación —respondió con calma—.

—Lo que soy aquí… es perfectamente humano.

Y casi de inmediato:

—¿Dónde está el fragmento?

Noé comprendió enseguida el propósito de su presencia.

—Está cerca —respondió sin rodeos—.

—Puedo llevarte hasta él.

Hizo una pausa y añadió, deliberadamente más firme:

—Pero vas a tener que explicarme por qué.

Lilitu soltó su mano.

Se dirigió hacia la ventana y permaneció largos segundos observando la ciudad: las luces, los vehículos, las siluetas apresuradas. Toda esa agitación humana, tan frágil y tan obstinada.

Cuando se volvió, su voz era lenta, clara, casi pedagógica.

—Tu especie no nació como la conoces.

—Fue modificada.

Entonces explicó, con términos que Noé podía entender,

que Marduk —una entidad a la que los humanos habían divinizado— había alterado genéticamente a una humanidad primitiva; que esa modificación había introducido una capacidad nueva: la aceptación del orden, de la jerarquía, de la sumisión a una estructura central.

Que esa aptitud había permitido el surgimiento de las civilizaciones… pero también la servidumbre.

Que esa humanidad, inestable y violenta, había sido luego juzgada irreparable por algunos.

Que se había concebido un cristal del caos para aniquilarla por resonancia.

Habló del combate. Del intento de destruir el cristal.

De su fragmentación a través del tiempo.

Y de su búsqueda actual: encontrar los fragmentos, reensamblarlos de otro modo, transformar el instrumento de muerte en herramienta de curación.

Noé escuchaba, enlazando cada palabra con sus propios conocimientos históricos, con intuiciones largamente sin respuesta.

—¿Cuántos fragmentos has recuperado? —preguntó al fin.

—Ninguno —respondió Lilitu.

Él frunció el ceño.

—Pensé… que tus errancias a través de la historia…

Se interrumpió.

Luego la miró fijamente a los ojos y, con una determinación tranquila, dijo:

—Lee en mi mente.

No fue doloroso ni realmente perceptible.

Y no duró más de un minuto.

Sin embargo, Noé —atento pese a sí mismo— percibió cada cambio sutil que atravesaba el rostro de Lilitu. Muecas profundamente humanas, que ella manifiestamente ignoraba. Primero la curiosidad, casi cándida. Luego una tensión más marcada, una inquietud naciente. La sorpresa, franca, incontenible. Y por último… el espanto.

Cuando pareció recuperar conciencia de su entorno inmediato, su mirada volvió a posarse en él. El miedo retrocedió poco a poco. A pesar de la profundidad inusual de sus ojos, Noé vio instalarse algo familiar: un análisis metódico, una criba de hipótesis, una evaluación rápida de las opciones posibles.

Funciona como yo, pensó con una claridad casi tranquilizadora.



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En el texto hay: mitos, humanidad, lilith

Editado: 18.03.2026

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