Los Fragmentos del Orden

11 - El mundo ya no me necesita como antes. Y yo… necesito quedarme.

La noche había caído sin que realmente se dieran cuenta.El fuego, reducido a brasas, iluminaba la habitación como un recuerdo cálido. El silencio del chalet ya no estaba vacío: llevaba sus respiraciones, lentas, desfasadas.

Lilitu se había recostado sin pensarlo, como si su cuerpo hubiera tomado la decisión antes que ella. Noé se sentó a su lado, la espalda apoyada en el cabecero, las rodillas recogidas. No sabía si debía hablar. No sabía si ella aún lo escucharía.

Entonces Lilitu cerró los ojos.

No fue una desconexión.

Ni una traslación.

Ni una retirada a otra capa de la realidad.

Fue… un abandono.

Su respiración buscó un ritmo, vaciló, lo encontró. Sus hombros se relajaron una fracción de segundo.

Luego otra. Luego otra más.

Noé la miró. Comprendió sin la menor duda.

—Duermes —murmuró.

No esperaba respuesta.

Lilitu no respondió.

Pero su aliento respondió por ella: un poco más largo, un poco más profundo.

Noé deslizó una manta sobre sus hombros. Sintió el calor de su piel. No un calor abstracto. Un calor vivo, vulnerable. Se quedó allí, inmóvil, escuchando la mecánica frágil de su cuerpo humano que aprendía a sostener la noche.

Un aliento irregular.

Una pequeña contracción en los dedos.

Una espiración demasiado corta.

El cuerpo que se ajusta.

Tal vez Lilitu soñaba.

O tal vez era otra cosa: una primera noche en la que el mundo ya no podía atravesarla sin tocarla.

Después de un largo rato, en su sueño, Lilitu se movió. Sus dedos rozaron los de Noé. Buscaron. Encontraron.

No se despertó.

Pero se acercó —apenas—, como si el sueño la condujera hacia él con más certeza que la vigilia.

Noé cerró los ojos a su vez.

No para dormir aún. Para quedarse.

Para velar —no por una entidad que podía desaparecer con un gesto, sino por una mujer.

Apagó la lámpara.

El fuego se volvió rojo al fondo de la habitación.El mundo redujo su ruido hasta no ser más que un cuarto, dos cuerpos y un sueño que no era una huida, sino una morada.

Lilitu no desapareció en la noche.

Durmió.

Lilitu había dispuesto los cinco fragmentos sobre la mesa del chalet.

Noé los observaba atentamente, sin acercarse. Se mantenía un poco al margen, casi por costumbre. Sin embargo, ya no era ajeno a lo que allí se jugaba. Ahora lo sentía casi físicamente: un acuerdo sordo, profundo, lo vinculaba a los fragmentos. A todos. No solo al de la tablilla. Una resonancia difusa, continua, como si cada uno de ellos reconociera su presencia.

Lilitu, en cambio, dudaba.

Los fragmentos eran láminas cristalinas, de dimensiones y espesores variables, irregulares, sin simetría evidente. Y aun así, algo en su disposición sugería una coherencia posible, todavía contenida.

—La recomposición sería más fácil en una capa energética, no material —dijo por fin.

Noé le devolvió una mirada interrogativa.

—Es imposible —añadió de inmediato—. Estás afinado con todos los fragmentos. Y no puedes volverte inmaterial; no es como deslizarse fuera de fase.

—Y ahora ya no me seguirán sin ti.

Calló. Pensó unos instantes, inmóvil, con la mirada fija en la mesa. Luego, casi de golpe:

—Hazlo tú.

Noé la miró con sorpresa. Al principio creyó que era una broma —insólita en ella—, pero la seriedad absoluta de su mirada disipó de inmediato cualquier ambigüedad. La sugerencia era real. Y asumida.

Se acercó lentamente a la mesa. Tomó uno de los fragmentos entre los dedos. Lo desplazó sin ilusión por encima de los otros, sin esperar nada.

Entonces un estremecimiento recorrió el aire.

Uno de los cuatro fragmentos restantes giró, se volteó bruscamente y se pegó al suyo con una precisión casi natural. Noé se quedó inmóvil, concentrado. Esa concentración sorprendió incluso a Lilitu: no percibía en ella ni esfuerzo ni tensión, sino una forma de atención densa, ajustada.

Repitió el gesto.

Los dos fragmentos unidos pasaron sobre la mesa. Un tercero se desprendió y se les unió. Luego un cuarto. Luego el último.

Cada vez, sin choque. Sin resistencia.

Cuando el conjunto estuvo completo, Noé esbozó una mueca breve, un poco forzada.

—Es como ensartar cuentas —dijo.

Dejó el cristal recompuesto frente a Lilitu.

Ella dejó escapar un suspiro que no intentó retener. El alivio era visible. Lo miraba con una expresión que no trató de ocultar: una mezcla de admiración y asombro silencioso.

Tomó el cristal entre las manos. Sus dedos siguieron instintivamente las líneas internas. Su mirada y su mente se perdieron en la estructura.

—Está completo —dijo por fin.

Hizo una pausa.

—Y… espera.

El cristal estaba allí, recompuesto, colocado entre ambos como algo finalmente en calma.

Todos los fragmentos habían dejado de vibrar por separado. Reposaban.

Lilitu lo observaba sin urgencia.

Ahora conocía cada faceta, cada microirregularidad. Sabía lo que podía hacer. Y sabía, sobre todo, lo que exigía.

Noé estaba a su lado. No al margen.

El mundo alrededor era estable. Quizá demasiado estable. Como una respiración contenida.

Lilitu volvió a extender la mano hacia el cristal.Se detuvo antes de tocarlo.

Antes, esa vacilación no habría existido. Habría actuado, corregido, cerrado.

Alzó la vista hacia Noé.

—Si lo activo por completo —dijo—, la disonancia desaparecerá.Las fracturas se cerrarán. El mundo recuperará progresivamente una coherencia duradera. La de antes del Orden.

Hizo una pausa.

—Pero no será este mundo. No con esta lentitud.No con esta fragilidad.

Noé no respondió de inmediato. Miró el cristal y luego a ella.

—¿Y tú? —preguntó simplemente.

Lilitu inspiró.

—Yo podría retirarme, manteniendo la activación del cristal, porque su acción de curación requerirá un factor de estabilidad. Y continuar como antes.



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En el texto hay: mitos, humanidad, lilith

Editado: 18.03.2026

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