Los Fuegos de Niohöggr -Relato corto-

1. Leyendas

Contaban que dormía con su espada y que esta le susurraba por las noches el itinerario de un camino trazado por los dioses. Nunca se separaba de ella. El acero vaticinaba el número de gargantas que sesgaría a su paso, la cantidad de sangre que derramaría y con la que, poco a poco, acabaría escribiendo su propia leyenda; una leyenda que perduraría para siempre a través de los tiempos, como las de los grandes guerreros que le habían antecedido. Su padre. Su abuelo...

Thorlak cruzó el asentamiento en el que se había establecido su clan y observó, satisfecho, los preparativos para la incursión. Aún habrían de esperar unas pocas semanas hasta que la primavera trajera consigo los primeros deshielos y el clima les facilitase la larga travesía, pero aun así podía percibirse ya la exaltación que precedía a toda marcha.

Encontró a su hermano pequeño junto a los caballos una vez había terminado de descargar los suministros. Su llegada originó la abrupta espantada de Dalla, que lo saludó con un murmullo ininteligible y salió corriendo de allí, como si temiera su presencia.

Thorir se encontró con la pícara sonrisa de Thorlak, que apoyaba su mano sobre la empuñadura de su espada.

—¿Qué? —preguntó el mayor de los hermanos—. ¿De nuevo te ofrecía su llave?

—Por Odín, déjalo ya.

—Podría ser un buen plan a tu regreso de la incursión, ¿no te parece, Thorir? Una buena chica como ella, un hogar, hijos...

—¡Tengo dieciséis años! —exclamó él, escandalizado.

—¿Y qué?

—Y ningunas ganas de tener hijos... menos aún con Dalla.

—¿No te gusta? Es un tanto asustadiza, pero... —Thorlak alzó las manos, atendiendo a la exigencia en la mirada de su hermano—. Me callo.

Pocos se atreverían a exigirle algo a Thorlak.

Alzó la cabeza, observando los bultos que Thorir había descargado.

—Has hecho un buen trabajo —observó—. El sol pronto se ocultará, déjalo ya. Mañana cargaremos los primeros suministros en los drakkars.

Le echó el brazo por encima del hombro y empezaron a caminar con despreocupación, alejándose de allí. El ocaso abrazaba el campamento del clan y la bulliciosa actividad de las horas previas decrecía, convirtiéndose en una lenta procesión de hormigas que punteaba la oscuridad con fogatas y antorchas

—¿Cómo estás?

—Ansioso —admitió Thorir—. No veo el momento de embarcar y llegar hasta esa tierra de la que hablabas.

—Refrena tu entusiasmo, hermano. Las incursiones no son ningún paseo, digan lo que digan los escaldos.

—Lo imagino, pero... —Thorir se detuvo y Thorlak lo hizo también, algo más adelantado—, es mi primera incursión y quiero... quiero ser digno de ti.

Un largo silencio le concedió una visión diminuta de su hermano y discernió un brillo febril en sus ojos azules. Se reconoció a sí mismo años atrás, diciéndole algo parecido a su padre. Thorlak recorrió de nuevo los escasos pasos que lo separaban de Thorir y colocó la mano sobre su hombro.

—Te he visto mil veces con una espada en las manos y conozco de la nobleza de tu corazón...

—Eso no es suficiente —lo interrumpió el muchacho—. Todo el mundo habla de tu arrojo en combate, tan fiero como el de nuestro padre y nuestro abuelo. Todo nuestro linaje; escogidos por los dioses. Yo aún tengo todo por demostrar y sé lo que se espera de mí. Que sea digno de ti, que sea digno de todos. Quiero serlo.

Thorlak suspiró hondamente y, por un momento, sintió un peso enorme sobre sus hombros. Aquel con el que lo habían cargado a él y aquel del que quería liberar a su hermano pequeño.

—Thorir, voy a decirte dos cosas que no debes olvidar jamás —empezó a hablar con voz queda—. La primera es que mi espada no me habla durante la noche. —Los dos sonrieron ante aquella aseveración—. La segunda es... En el campo de batalla de un territorio enemigo, como en el propio, lo único que hay son hombres con espadas y escudos y lanzas y arcos y flechas... y ansias de matar. Y lo único que te separará de un hueco en las odas de los héroes o de una muerte rápida e indiferente serán tu propio valor y tus manos. No hay elegidos en la guerra; solo hay vencedores y vencidos. Procura estar siempre entre los primeros y la leyenda se alzará sola.

—¿Tratas de decir...?



Jessica Galera Andreu

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En el texto hay: fantasia, mitos, vikingos

Editado: 24.05.2019

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