Las horas habían pasado y el cielo ya presentaba el característico estado de uno despejado. Sería una noche fría, como las anteriores noches en Mentmore. Cuando llegó la madrugada y toda la gran mansión descansaba, se llegaban a escuchar algunos pasos muy suaves, si es que realmente uno se esmeraba a prestar atención.
Cuando estuvieron frente a la habitación en donde se quedaba Felicity Fawley, Jules empezó a cuestionar mentalmente el plan ya decidido. Sin embargo, observó a Elise y Alice, quienes estaban atentas a Hannah, y supo que ya no había vuelta atrás.
Hannah abrió con mucho cuidado la puerta de la habitación. Dentro, Felicity no dormía a pesar de la hora; sino que estaba sentada contra el respaldo de la cama y, aunque no lloraba, los ojos saltones que miraban el papel entre sus manos estaban rojos e irritados. Parecía perdida y Jules no tenía dudas de que lo que trataba de escribir era nulo y solo cargaba una carta vacía.
—Felicity, alístate —declaró Hannah—, iremos a dar un paseo.
Sin entender, Felicity las miró, tratando de encontrar alguna compañera cuerda, pero para su mala suerte, tanto Jules como sus amigas tenían puestas batas prestadas de Hannah y botas para pasear.
—Hace frío —respondió la mencionada, aunque fue una objeción débil, pues no sonaba convencida.
—¡Vamos, Felicity! —exclamó Elise—. Hemos preparado un acontecimiento especial para ti.
Aunque Felicity no estaba convencida del todo, se dejó arrastrar por su prima hacia el campo frío a horas de la madrugada. Elise era quien dirigía el camino, pero Hannah daba las indicaciones hacia donde avanzar.
No había luz salvo por la luna, por lo que al adentrarse al bosque, se vieron rodeadas de oscuridad. Jules estaba demasiado nerviosa por estar en un lugar así. Era la primera vez que caminaba por un bosque durante la noche, por lo que cuando sintió que algo le hacía cosquillas en la espalda, gritó con todo su ser, mientras se sacudia lo más que podía. Sus amigas, asustadas, también empezaron a gritar, lo que dio paso a que todas corrieran desesperadas.
Cuando finalmente llegaron al final del bosque, terminaron frente a una laguna. Cada una luchaba por controlar su respiración, especialmente Jules, quien no estaba acostumbrada a actividades tan físicas: no cabalgaba ni practicaba algún deporte. Era todo lo contrario a Elise.
Su amiga reía, emocionada por lo que para ella había sido toda una aventura. Las alentó a acercarse al borde de la laguna. Mientras más caminaba, Jules sentía muchas más dudas con respecto al plan.
—¿Qué hacemos aquí? —preguntó Felicity a Hannah.
—Tienes que saltar, Felicity —explicó Elise, mientras que se exaltaba cada vez más—. Saltarás y, debido al clima frío, te enfermarás y no podrás ir a Viena.
Felicity se quedó quieta, con los ojos muy abiertos. Volteó a mirar a Hannah, quien le dio un asentimiento corto. También miró a Alice, quien parecía satisfecha con haber ideado todo. Finalmente, Felicity fijó su mirada en Jules.
Fue seguida por todas las otras muchachas. Parecían estar esperando que Jules dijera algo.
—Bueno… Si somos realistas, no podemos romper el compromiso —trató de apaciguar, aunque parecieron no ser las palabras correctas, según las muecas de Hannah—. Sin embargo, podemos darte más semanas de calma. Aunque no será tanta paz que digamos, estarás enferma. Y realmente no sería justo para ti.
—Entiendo —interrumpió Felicity mientras miraba a cada una de las presentes—. Y tienes razón, no sería justo para mí, por eso creo que deberíamos saltar las cinco.
Todas las miradas se fijaron nuevamente en ella, como si la decisión de Felicity hubiera sido su culpa.
—Gracias, Jules —murmuró Elise mientras le tomaba fuertemente del brazo.
Su amiga también tomó el brazo de Felicity y esta se aferró a su prima Hannah. Jules no demoró en llamar a Alice y ambas se tomaron de la mano.
—Cuando cuente hasta cinco, griten con todas sus fuerzas —exclamó Alice, mientras les sonreía a cada uno.
Antes de que Jules pudiera analizar esas palabras, fue arrastrada con gran prisa en dirección hacia el lago. Todas gritaron de la emoción y, sin aún haber analizado la situación, Jules saltó al lago junto con sus amigas.
Por unos segundos, todo se bloqueó en la mente de Jules. El agua helada había hecho que se quedara inerte dentro del lago. Al parecer, su demora en reaccionar alarmó a Alice, quien estaba acostumbrada a situaciones así gracias a su vida de exploradora en India, por lo que la ayudó a regresar a la superficie. Le alivió finalmente tomar una bocanada de aire.
Tiritaba y cada vez que exhalaba veía el aire helado salir de su boca. Quería quejarse, acusar a Elise y Alice de ser tan atrevidas para haberla obligado a hacer esto. Sin embargo, al ver lo feliz que estaban sus amigas, Jules no pudo decir nada.
Reían y gritaban extasiadas entre sí. Alice, quien aún la sujetaba, le dedicaba una enorme sonrisa, lo que contagió a Jules.
—Será una buena anécdota para tus hermanos, ¿no crees?
Jules rio y asintió, sin poder hablar. El frío había congelado su lengua.
***
22 de noviembre de 1870