La infinita blancura que lo rodeaba era tan asfixiante como el agujero más estrecho y oscuro en el que pudieran haberlo enterrado vivo. Llevaba casi dos días cautivo en la distorsión. Desde entonces, permaneció quieto, sentado en aquel suelo espectral y sin dormir. Temía que mantener los ojos abiertos fuera lo único que lo protegiese de caer en la locura.
—De todos, tú eres mi mayor fracaso —suspiró alguien tras él.
Los músculos de Dreiss se tensaron al oír su voz. La fuerza que tuvo en otro tiempo lo hubiera hecho brincar, pero la vejez extrema en que lo confinó Iris había reducido el grosor de su carne a poco más que una hoja de papel. Sería más fácil que sus fibras se partiesen antes que tirar de su cuerpo en un movimiento tan brusco.
El que una vez fue el poderoso guardián que sometió a todos los magos de su tiempo, se reprobó callado por su reacción temerosa. Sin embargo, estremecerse ante ella era algo que no podía evitar. Aquella voz terebrante no había dejado de machacar su consciencia desde el principio. Aunque Dreiss se esforzaba en convencerse de que no era más que una ilusión.
—Mírate —añadió la supuesta quimera—, el elegido terminó por convertirse en un simple despojo.
Se había reprimido con todas sus fuerzas, pero entonces cedió. No aguantaba más su silencio, por mucho que solo fuera hablarle a un delirio de su propia mente. Al final, el orgullo era de lo poco que le había quedado intacto tras su derrota, aunque más herido que nunca.
—Al menos yo caí luchando.
Aquellas fueron las primeras palabras que pronunció y quedó desolado al escucharse en un rumor quebradizo. Entonces, contempló sus manos, huesudas, con la piel seca y salpicada por incontables manchas terrosas. Aun así, decidió tomar las palabras de su imaginario visitante como un desafío y reunió hasta la última gota de vida que le quedaba para ponerse en pie. Lo consiguió, pero sus piernas eran tan frágiles que tuvo la sensación de que se romperían en cualquier momento. Aun así, se negó a caer otra vez en la derrota. De lo que no tuvo valor, en cambio, fue de darse la vuelta. Por más que sabía que no había nadie tras él en realidad, le aterraba el solo hecho de imaginarse contemplando sus ojos.
—Acepto tus reproches, Dreiss, y te pido perdón —declaró su espectral visitante con condescendencia—. Como acabo de reconocer, tú eres mi fracaso. Tus errores son por extensión los míos. De modo que yo soy el único responsable de que toda esperanza para la Hermandad se desvaneciera.
—En el fondo, nunca confiaste en mí —repuso Dreiss con amargura—. Se te acababa el tiempo y, con él, los candidatos. Yo no fui más que una opción desesperada —se le quebró la voz.
—Y no lo niego —suspiró—. Pero uno solo dispone de una vida. Por mucho que consiguiera subsistir el doble que cualquier mortal, aún no fue el tiempo suficiente. Alguien tan poderoso como nuestro supremo señor solo nace una vez cada mil años. Por más que anheláramos ese privilegio, no éramos ni tú ni yo.
—Puede que esa fuera la losa que tuviste que cargar, pero no la mía —confesó el mago—. Mi condena fue vivir siempre a la sombra de Cassius.
En ese momento, el odio que sintió hacia el que una vez fue como un hermano le infundió el coraje suficiente para girarse hacia la voz. Siempre creyó que no eran más que palabras resonando en su cabeza, pero contemplar aquella figura como si fuera de carne y hueso le cortó la respiración. La imagen espigada de Éderam se levantaba incluso por encima de la de Dreiss. Su mandíbula afilada y sus pómulos prominentes parecían tallados en marfil. Su piel se mantenía tan brillante y tersa en alguien de su longevidad que casi lo convertía en una estatua viviente. Para Dreiss, que apenas podía sostenerse a sí mismo, le sobrecogió ver cómo el hechicero lucía su pesada túnica ceremonial con una facilidad tan pasmosa como solemne.
—Pareces sorprendido —opinó Éderam, que luego se corrigió—: Más bien, desconcertado.
Aun así, Dreiss asumió que su presencia era igual de ilusoria que su voz. De modo que retomó su discurso en el punto en que lo había dejado:
—Me elegiste a mí porque él jamás se hubiera prestado a tus propósitos. Incluso a Astra, de no ser por su volatilidad. —A pesar de todo, fue una odisea mantenerle la mirada. Sus ojos eran dos zafiros brillantes que parecían emitir una luz fría y antinatural, capaz de traspasar el cuerpo y escrutar las debilidades del alma misma—. Has dicho que soy tu mayor fracaso. Y así es. Aunque no por una decisión equivocada, sino por una elección correcta, pero a destiempo. Si hubieras confiado en mí desde el principio…
Dreiss no se atrevió a terminar la frase. Por mucho que Éderam no fuese más que un espejismo, su figura le resultaba tan imponente que no osaba faltarle el respeto ni en sus propias ensoñaciones. En ese momento, incluso le apartó la vista.
—Astra era ambiciosa, hábil en la manipulación y siempre subyugaba la moralidad de sus actos a sus propios intereses. Voluble al mismo tiempo, cierto es, atada a unas emociones primitivas que cegaban su voluntad. El amor… —añadió con un desprecio visceral—. De no ser por esa obcecación enfermiza que tenía con Cassius, hubiera cumplido su propósito. Pero sabía que cruzar el límite la alejaría de él de manera irreversible. No estaba dispuesta a perderlo, a pesar de que nunca lo tuvo en realidad. La muy necia… Pudo gobernar el mundo, convertirse en una diosa, pero sacrificó un propósito glorioso por un amor no correspondido.
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Editado: 22.02.2026