AVISO: El prólogo de este libro es un capítulo más que forma parte de la historia y sirve para introducir la trama. Si lo has omitido, te recomiendo leerlo antes de seguir.
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El aire siseó entre los labios de Iris cuando resopló desesperada. No hacía otra cosa que mirar el reloj, pero las agujas parecían haberse clavado en el mismo sitio. A veces, pensaba que aquel profesor debía tener la habilidad de parar el tiempo con su pedante verborrea. Tampoco sabía muy bien cómo lo dejaban trabajar aún. Debía tener tantos años como para haberse jubilado dos o tres veces, apenas se tenía en pie sin sujetarse en su bastón y casi ni le salía ya la voz del cuerpo. Era una momia decrépita a la que ya apenas le quedaban carnes.
Aburrida, echó un vistazo a su alrededor. No hacía mucho que habían pintado las paredes y su inmaculada blancura relucía. Sintió un escalofrío, aunque no supo muy bien por qué. Fue como si se hubiese transportado a otro lugar, uno donde no pasaba el tiempo y la vista no alcanzaba a discernir el final de su vacío interminable. Aquella sensación duró apenas una décima de segundo, pero la atmósfera tan oprimente que respiró le cortó el aliento.
Cuando recuperó el aire, se dio cuenta de que un chico no le quitaba el ojo de encima. Estaba sentado unas butacas más allá y se esforzaba en mirarla con descaro. Pretendía que ella supiera que le interesaba, dedicándole la sonrisa engreída de quien se cree irresistible. Pero si él no disimulaba, ella tampoco tenía por qué hacerlo. Así que torció la boca con desagrado y le volvió la cara.
Iris había saltado del hastío al agobio, y de este a la incomodidad. Una pequeña vorágine de emociones que, al menos, habría hecho avanzar las agujas del reloj algo más deprisa. O esa fue la idea en la que se reconfortó hasta que le echó un vistazo al móvil. ¡Ni siquiera había pasado medio minuto!
El chirrido del timbre sonó como una dulce melodía para sus oídos, como un soplo de aire fresco en el rostro de quien lleva horas bajo un sol abrasador. Desde luego, Iris ya hacía mucho tiempo que lo tenía todo listo y recogido para salir por piernas, aunque tener que lidiar con su larga melena cada vez que intentaba echarse la mochila al hombro la retrasó más de lo que le hubiera gustado. Y no porque no pudiera soportar irse unos segundos más tarde, sino porque ese pequeño lapso era lo que la hubiera salvado de algo que ya anticipó.
—Hola, preciosa —saludó con aires de casanova el chico que la había estado mirando. Iris lo había visto acercarse por el rabillo del ojo—. Me he estado fijando en ti desde el primer día de clases, pero aún no sé cómo te llamas.
—Tal vez, porque no es asunto tuyo —le espetó.
—Qué borde eres, ¿no? —replicó él con voz juguetona, para luego acercarse y susurrar—: Me encantan las chicas con carácter. Como las fieras, al principio se resisten, pero en realidad no pueden vivir sin un hombre que las domine.
Iris lo empujó sin molestarse en medir sus fuerzas, aunque el chico era demasiado corpulento y apenas lo movió.
—¿Te importaría apartarte? Tengo prisa.
—¿Qué pasa? —rio—. Solo llevamos un mes de clases y ya tienes prisa por irte a estudiar. No, querida —añadió con voz reprobatoria—. Aún queda mucho para los finales, de lo único que tienes que preocuparte ahora es de venir a nuestras fiestas. Son bastante exclusivas y la mayoría se muere por venir, no sabes lo que estarían dispuestos a hacer por una invitación. —Enarcó las cejas y añadió con tono sugerente—: ¿Qué estás dispuesta a hacer tú?
—No me interesan vuestras fiestas, así que quítate de en medio.
—Ya veo que no sabes cómo funcionan las cosas en la universidad —repuso él—. Aquí, o te integras desde el principio o te conviertes en una marginada hasta el día que te gradúes. Deberías mostrarte un poco más agradecida, porque yo puedo convertirte en la chica más popular o hacer que te vuelvas una apestada a la que nadie salude siquiera por los pasillos. Así que dime, bombón, ¿qué eliges?
—Si que nadie me hable hasta que me gradúe incluye a los imbéciles como tú, por favor, dime dónde tengo que firmar.
El chico se rio con toda la prepotencia que irradiaba.
—Puedo convertirte en la reina de este sitio, la mayor fantasía de cualquier universitaria, y lo único que tienes que hacer es salir con el chico por el que todas se derriten. Deja de hacerte la dura y ven a mi casa esta noche con el vestido más apretado que tengas.
Iris lo miró como si sus ojos azules pudieran atravesarlo.
—Quita de una vez ese asqueroso aliento de mi cara o te prometo que no te gustarán las consecuencias.
Sin embargo, el chico se acercó todavía más.
—Con esa actitud lo único que consigues es ponerme todavía más. Y, si esto va de promesas, ahí va la mía: acabarás arrastrándote por mí, como lo hacen todas.
Pese a que sus rostros se encontraban a escasos centímetros, Iris le sostuvo con dureza la mirada.
«Otro imbécil que solo nos trata como trofeos —se lamentó—. Si solo tuviese una pizca de mi magia…»
Entre tanto, la soberbia con que él la observaba solo aumentó la tensión. Iris apretó tanto los puños que le tembló el cuerpo. Y, entonces, decidió que no necesitaba sus poderes, porque nada le impedía sacudirle un sopapo a ese fanfarrón. Estaba tan furiosa que a punto estuvo de hacerlo, pero en el último instante, una vieja y más que conocida sensación la detuvo: una oleada de energía que ardió bajo su piel. Sin embargo, apenas duró un parpadeo y se disipó tan pronto como las súplicas resonaron en su cabeza. No solo escuchaba su voz, sino que también podía sufrir su inmensa angustia.
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Editado: 22.02.2026