Los Guardianes de la Hermandad: Estallido

Capítulo 2

Gael estaba en trance, inmerso en un vacío lejano a toda realidad. Había trascendido mucho más allá de su cuerpo y no percibía estimulo alguno del mundo que lo rodeaba. Ya ni siquiera escuchaba el eco de su propia respiración, en la que solía concentrarse para alcanzar aquel estado.

Una cosa era el adiestramiento en la meditación, que todo aspirante a mago recibía como parte de sus primeras lecciones. Otra muy distinta era el grado de dominio que había alcanzado Gael. Era capaz de zambullirse en la parte más oscura y profunda de su propio ser durante horas. Y, aun así, todo su esfuerzo resultaba en un constante fracaso.

Su cota de maestría le había permitido incluso sentir el poder ancestral. Un hito de lo más desesperante, en cambio, porque no llegó a servirle de nada. Consiguió diferenciarlo de su propia energía, como si formasen una maraña de finísimos hilos de distintos colores. Lo imposible era deshacer el lío sin que la madeja se embrollase todavía más.

Llevaba haciéndolo en secreto todos los días durante meses. El tiempo que aguantara hasta quedar exhausto. Y el nivel de frustración se engrandecía con cada intento fallido. Algo que ya rozaba la desesperación.

—Joder, Iris… —farfulló, aún ajeno a la existencia—. ¿Cómo demonios lo hiciste?

Al salir de la extrema concentración en que había conseguido sumirse, era igual que emerger de repente del fondo del océano. Los estímulos del mundo exterior se derrumbaban a la vez sobre sus sentidos adormilados. Así, tuvo que cerrar los ojos con todas sus fuerzas para protegerse de la poca luz que se colaba en la habitación. Por no hablar de la algarabía que, aunque lejana, pareció taladrarle los tímpanos como una carga que se detonaba justo delante de sus narices.

Ni siquiera sabía la hora. Tampoco el día de la semana o si ya habían entrado en un nuevo mes. Su obsesión era tan enfermiza que había perdido la noción del tiempo. Y, total, ¿para qué? Lo único que consiguió con todo ello fue demostrarse a sí mismo lo decepcionante que era como mago.

«Puede que Dreiss tuviera razón…».

A veces, sentía que debió haberlo escuchado en su momento. En realidad, nunca era demasiado tarde para dejar el orgullo y los sentimentalismos a un lado. Puede que los maestros fueran pasajeros, pero sus enseñanzas persisten para siempre en su aprendiz.

Suspiró antes de ponerse en pie. Aún llevaba la misma ropa que el día anterior. O que el otro. Ni siquiera lo sabía ya y tampoco le importaba demasiado. ¿Tenía que dar ejemplo como guardián de la orden que era? Tal vez, podría darse una ducha caliente, afeitarse aquella barba medio lampiña y ponerse ropa que no apestase a vertedero. ¿Y para qué? Eso solo sería una fachada reluciente tras la que esconder un espíritu miserable. De hecho, no hubiera salido de su cueva de no ser por lo mucho que le rugía el estómago. Así que no se molestó siquiera en peinarse o echarse una gota de perfume que enmascarase su falta de higiene, tan solo se calzó unas botas embarradas y llenas de agujeros para echarse después a los pasillos. Su plan era rápido, de todas formas: entrar en el comedor, devorar lo primero que encontrara y desaparecer incluso antes de que alguien reparase en su presencia.

Caminó con la cabeza agachada y los ojos perdidos en el empedrado del corredor. Todo por no cruzar la mirada con nadie que pululase por allí.

Solo una fue la vez que levantó la vista. Lo hizo cuando pasó de largo por la puerta de un viejo salón. Dreiss lo utilizó durante años para guardar trastos antiguos sin otra finalidad que acumular polvo. Sin embargo, una chica llamada Blizz, que llegó a la orden poco después de que Astra la reabriese, había transformado la pieza en su laboratorio personal. Gael nunca llegó a visitarlo, ni a conocer a la joven más que de vista y en solo dos o tres ocasiones. Aunque lo cierto es que no tenía el más mínimo interés ni en una cosa ni en la otra. De hecho, lo único que sabía de ella era su apodo, ni siquiera conocía su nombre real. Y, si lo había escuchado en algún momento, tampoco se esforzó mucho en recordarlo. Un aislamiento que debía ser mutuo, a decir, verdad, porque ella salía tan poco del laboratorio como él de su cuarto. A ella no se le había asignado un preceptor, ni asistía a ninguna sesión de entrenamiento. Tan solo rehuía de cualquier sensibilidad a la magia para dedicar su vida de lleno a la ciencia. O lo que fuese que hiciera ahí.

«Tal vez, esa sea una decisión más noble… —pensó el guardián».

De todas formas, no era ni la chica ni a lo que se dedicara lo que habían llamado su atención al pasar, sino un enorme letrero, amarillo chillante, que ocupaba toda la puerta y bloqueaba el acceso. Y no era la primera vez que lo veía.

«NO ENTRAR. PELIGRO DE RADIACIÓN».

Por fin, llegó a las cocinas. Estaba tan famélico que arrampló con todo lo que pilló por delante. En cuestión de un par de minutos, engulló un chocolate con leche, cuatro magdalenas y un plato a rebosar de macarrones con queso. Una mezcla rara, fruto de la hora en que llegó, donde las sobras del desayuno se juntaban con los primeros platos del almuerzo. La parte positiva fue la soledad que reinaba en el comedor. Aunque no sería por mucho tiempo…

Todavía no había rematado el segundo plato de macarrones cuando una sombra se proyectó sobre la mesa al acercarse por detrás.

—Alguien de tu posición debería guardar un poco las formas —lo reprobó un hombre al que reconoció por su voz, aunque apenas había cruzado más de cuatro palabras con él desde que llegó a la Hermandad. No se giró, tan solo siguió a lo suyo—. Comes cual mendigo que lleva semanas sin probar bocado. Aunque… —El hombre se arrimó para olisquearlo—. Puede que no sea solo apariencia, después de todo. ¿Es que duermes en una pocilga y te revuelcas en el estiércol de los cerdos? ¡Puaj! —escupió, con una exagerada mueca repulsiva—. Qué deshonra para nuestra noble institución, un guardián tan sucio que haría vomitar hasta a las moscas. ¿Ese es el ejemplo que quieres darle a los jóvenes?




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