Los Heraldos de La Noche

Prólogo

(Narrado por Magdalena – 1943)

Hace poco recibí como herencia un terreno antiguo de mi familia en la ciudad de Noxburg. Comprendía alrededor de siete hectáreas, suficiente para albergar una mansión tan grande que parecía más un hotel antiguo que un hogar familiar, aunque sin llegar a lo exagerado. Aun así, su presencia imponía respeto.

Recibí poco tiempo después las escrituras de mi abogado y las llaves que abrirían por primera vez la puerta principal. Apenas crucé la entrada, noté que no era una casa común. Las paredes estaban cubiertas de pinturas de épocas muy anteriores a mi nacimiento; algunas retrataban a mi abuelo, Erasmus LaFroint, con expresión seria, casi vigilante.

Los muebles eran oscuros y pesados, como si hubieran absorbido el tiempo que los rodeaba. Había objetos que parecían más de museo que de una casa habitada: candelabros de bronce ennegrecido, relojes detenidos en horas imposibles y maderas oscuras con incrustaciones que brillaban como oro envejecido.

Me quedé extrañada. Aunque el lugar se veía acogedor, había algo en él que no lograba explicar. Cada rincón parecía guardar una historia que yo desconocía.
Subí mis maletas al piso superior y escogí mi habitación entre las cinco disponibles. Era de un tono magenta que se tornaba vino, profundo y cálido. La elección fue casi al azar… o eso quise creer.

Me senté en la cama y comencé a desempacar con calma. La habitación tenía un aroma dulce, mezcla de miel y nuez moscada. No había rastro de suciedad.
Recorrí la mansión completa. Cada habitación tenía su propio olor, ninguno desagradable, aunque algunos me resultaban extraños. Desde uno de los amplios balcones, observé la luna llena de agosto, luminosa y tranquila. El clima era templado, propio del final del verano en esta región de Europa Central.

Entonces recordé que mi abuelo había muerto hacía poco más de una semana.

No asistí a su entierro. Según mi abogado, apenas unas pocas amistades del pueblo estuvieron presentes. No hubo familia; yo era la única heredera directa. Nuestra relación siempre fue correcta, pero distante. Su muerte no me quebró… aunque tampoco me dejó intacta.

Decidí dejar el resto para el día siguiente, anoté lo necesario en una pequeña lista y me acosté.

Al despertar, me di una ducha en el baño de mi habitación —todas contaban con uno propio—, me vestí y tomé la nota de compras. Cerré la puerta principal detrás de mí. El aire fresco contrastaba con el silencio pesado del interior.
Antes de ir al mercado pasé por el banco, según lo acordado con mi abogado. Luego compré frutas frescas, verduras recién cosechadas, pan horneado esa misma mañana, huevos, leche y especias.

Todo marchaba bien hasta que escuché los rumores sobre la mansión maldita.

La panadera me contó que Erasmus LaFroint había muerto por causas no naturales y que mi familia cargaba con una maldición ligada a vampiros y legados oscuros.

No me tragué esas palabras.
—Los vampiros solo existen en historias —respondí con firmeza.

Sin embargo, la forma en que bajó la voz al pronunciar «maldición» dejó una leve incomodidad que preferí ignorar.

Al saber quién era, no aceptaron mi dinero y cerraron sus tiendas. Regresé a casa con lo necesario.
Según el testamento de mi abuelo, existía una habitación destinada a posesiones especiales. No figuraba en ningún plano oficial de la mansión, pero en una hoja aparte encontré una frase escrita con su caligrafía firme:
«Hay puertas que no se abren por curiosidad, sino por herencia. Si decides cruzarla, hazlo sabiendo que no todo lo guardado desea permanecer dormido.»

La puerta estaba al final del pasillo norte. El picaporte tenía una fina capa de polvo, como si llevara años sin tocarse. La llave encajó sin resistencia y, al empujarla, un frío penetrante me envolvió. En el centro del cuarto, mis ojos se toparon con tres estatuas.

Neitina, musa de los recuerdos, parecía dormir de pie. Vestía ropas nórdicas y sostenía un libro contra el pecho. Sus ojos cerrados me hicieron pensar que quizá era ciega, aunque había una calma profunda en su gesto.

Natala, musa de la protección, tenía las manos sobre una pequeña botella llena de arena. Una lágrima parecía haber recorrido su rostro.

Seneva, musa de la descendencia y el destino, sostenía un reloj de arena y miraba a sus hermanas con firmeza.
De pronto, el reloj se detuvo. Seneva levantó la mirada y la clavó en mí. Neitina bajó la cabeza y extendió el libro hacia mí. Natala permaneció inmóvil.

Tomé la botella.
—¿Es arena en verdad? —murmuré.
No lo parecía.

Regresé a mi habitación con el libro y el frasco. Me acomodé en la cama y observé el contenido con detenimiento. Giré el cuello del frasco con cuidado. El vidrio cedió.
Y mi sangre cayó dentro.




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