Los Heraldos de La Noche

CAPÍTULO 1

El ardor fue inmediato.

No solté la botella, pero antes de poder reaccionar, un peso invisible cayó sobre mi cuerpo. No podía moverme. Mi espalda se hundía en el colchón, como si el aire se hubiese vuelto sólido. El corazón me golpeaba el pecho con fuerza, pero no sentía miedo.

Sentía… tensión.

Alcé la vista. Había cinco chicos alrededor de mi cama. No aparecieron uno tras otro. Simplemente estaban allí. Durante unos segundos, ninguno dijo nada. Yo tampoco. Intentaba comprender qué estaba viendo mientras mi respiración se mantenía contenida, más por desconcierto que por miedo.

El más cercano se inclinó hacia mí. Tenía el cabello color chocolate, surcado por hebras blancas que contrastaban con las ojeras marcadas bajo sus ojos. No parecía cansado; parecía consciente de más. Me observó como si estuviera intentando encontrar una respuesta en mi rostro.

—¿Quién sos vos…? —preguntó en voz baja.

—¿Quiénes son ustedes…? —respondí al mismo tiempo.

Por un instante, nuestras miradas quedaron enfrentadas. No obtuve una respuesta inmediata. En cambio, tomó mi muñeca con cuidado. Sus dedos estaban fríos. Su lengua rozó la herida y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

La piel se cerró.

Me quedé mirando mi muñeca. No había herida. No había sangre. Nada.

Parpadeé.

No sentí vergüenza. Sentí algo más peligroso. Algo que todavía no sabía nombrar.

—Disculpen —intervino otro—, ¿alguien nos explicaría qué hacemos aquí?

La pregunta rompió el silencio.

—El silencio también es una respuesta —dijo uno desde el fondo, con una sonrisa ladeada.

No sabía si aquella respuesta pretendía ser una broma o si realmente no tenían ninguna explicación.

Cuando se apartaron, el aire volvió a moverse. Respiré lentamente. El chico de las ojeras no se alejó. No me tocó otra vez. No habló. Solo me miró, como si mi nombre ya existiera antes de que yo lo pronunciara.

No sabía por qué aquella mirada me resultaba tan extraña.

Entonces, otro de ellos se acercó y me ayudó a incorporarme.

—Mi nombre es Elnevian —dijo con calma—. Ellos son mis hermanos.

Lo observé unos segundos.

—Magdalena LaFroint —respondí—. Y supongo que ustedes no son humanos.

Elnevian sostuvo mi mirada.

—No del todo.

La respuesta fue demasiado tranquila.

Bajé ligeramente la mirada y volví a observarlos. Cinco desconocidos habían aparecido en mi habitación y ninguno parecía sorprendido de estar allí.

Sentí esa mirada otra vez.

Levanté los ojos.

—Aurelien —explicó Elnevian—. Él fue el primero en despertar.

Aurelien no dijo nada. Pero fue como si, en ese instante, mi nombre ya le perteneciera.

No entendí por qué pensé aquello. Aparté la mirada y tomé la botella.

Estaba vacía.

La observé durante unos segundos.

—Entonces… los he traído de vuelta.

Nadie lo negó.

Aquella confirmación fue suficiente para que volviera a mirar a Elnevian.

—Esperábamos que tú nos lo aclararas, señorita LaFroint; sabemos dónde estamos, pero no cuánto tiempo estuvimos en ausencia —dijo Elnevian, con la voz calmada, pero cargada de expectación.

Fruncí ligeramente el ceño. Así que ellos tampoco lo sabían.

—No lo sé con exactitud —respondí, con la voz firme—. Pero puedo intentar comprenderlo con ustedes.

Elnevian asintió. Hubo un breve silencio antes de continuar.

—Cada uno de nosotros —dijo— recuerda momentos antes de… volvernos ceniza. No siempre son recuerdos de nuestras parejas; a veces son de los lugares donde vivimos, los rincones que nos formaron.

Aquello hizo que mi atención se concentrara por completo en ellos.

Recuerdos. Parejas. Ceniza.

Había demasiadas palabras que todavía no comprendía.

—¿Tuvieron parejas? —pregunté.

La expresión de algunos cambió apenas.

—Sí —respondió Elnevian—. Cada uno de nosotros amó a alguien diferente.

Nadie añadió nada durante unos segundos.

—Las perdimos de distintas maneras —continuó otro, con la mirada perdida—. Pero el vínculo fue tan fuerte que el tiempo no consiguió borrarlo.

Aquella respuesta me dejó en silencio.

No sabía qué habían vivido ni cuánto dolor podía esconderse detrás de aquellas pocas palabras. Tampoco quise preguntar más. No todavía.

Solo había algo que me resultaba extraño.

Hablaban de ellas como si, después de siglos, todavía formaran parte de sus vidas.

Mi mirada pasó de uno a otro.

—¿Y las recuerdan?

—A veces —respondió uno.

—Más de lo que quisiéramos —murmuró otro.

Elnevian bajó la mirada.

—No todos los recuerdos llegan completos. Algunos son lugares, voces, momentos… y otros son simplemente la sensación de haber amado a alguien que ya no estaba.

No supe qué responder.

Cuatro historias diferentes. Cuatro pérdidas diferentes.

Y, aun así, algo parecía unirlos.

Mi mirada se desplazó hacia Aurelien.

Él permanecía apartado. No había contado nada.

Aurelien avanzó lentamente hacia mí y, con delicadeza, tomó el frasco de mis manos. Se retiró a un rincón de la habitación y se sentó en el suelo, sosteniéndolo como si fuera extremadamente frágil.

Elnevian lo miró de reojo y, dirigiéndose a él, dijo:

—Sé que ese frasco para ti es importante. Nosotros entendemos quién no daría lo que fuera por conservar algo que le recuerde a sus parejas.

Aurelien permaneció en silencio.

Durante unos instantes pensé que no respondería.

Finalmente, habló.

Su voz era baja, casi sin articular, cargada de memoria.

—Recuerdo esta casa… cada rincón, cada sombra, la biblioteca, los balcones… y cómo ella estaba allí conmigo, antes del último instante.

Hizo una pausa. Sus dedos permanecieron alrededor del frasco.

—Ella era humana. Se clavó un cuchillo en el pecho frente a mí para protegerme. Mientras su sangre caía sobre mis manos, yo solo podía observar.




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