Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 1: El Novgorod de los Dos Tronos

El crepúsculo de invierno caía sobre Nizhny Novgorod como un manto de acero bruñido. El Volga, enorme y perezoso bajo una capa de hielo de más de un metro, reflejaba los primeros faroles de gas con un fulgor fantasmal. No era un frío cualquiera; era el moroz, el frío que los viejos llamaban "el que habla", porque helaba el aliento en el instante mismo de salir de los labios y crujía bajo las botas con un sonido que parecía un idioma olvidado. En esta ciudad, donde el Oka se encuentra con el Volga, la magia no era un rumor ni un cuento para asustar a los niños. Era el sustrato mismo sobre el que se asentaban los cimientos de las casas, la corriente oculta bajo el río helado, la razón por la que dos familias, los Rasputín y los Volkov, llevaban trescientos años disputándose el dominio.

En lo alto del Kremlin, sus muros de ladrillo rojo se alzaban como testigos mudos de aquella rivalidad que había teñido de sangre la historia de la ciudad. Desde sus torres, se podían divisar las dos propiedades principales. Hacia el este, donde el viento traía el olor a pino y a tierra virgen, se alzaba la Usadba Volkov, una finca de madera de alerce negra, labrada con figuras de bestias que parecían moverse con la luz cambiante. Allí reinaba la magia de lo salvaje, la Yestestvo: el dominio sobre la naturaleza, la carne y el espíritu indómito de la estepa. Los Volkov eran chamánes, hombres-lobo en la tradición antigua, invocadores del bosque profundo. Su emblema era un lobo plateado mordiendo una luna llena.

Hacia el oeste, pegada a las colinas y con vistas al río, se erguía la Terem Rasputín, una estructura de piedra blanca y cúpulas verdes que parecía un pastel de bodas nevado, cada ventana tallada con intrincados patrones de protección contra el "mal de ojo". Su magia era la Slovo, la palabra antigua, el poder de los nombres, las maldiciones susurradas y los pactos sellados con sangre y textos vetustos. Eran zahoríes del destino, guardianes de los grimoires que databan de antes del bautizo de la Rus. Su emblema era un cuervo negro posado sobre un libro abierto.

Entre ambas familias, la tregua era un concepto tan frágil como el hielo del Volga en primavera. Una tregua que, esa noche, el joven Dmitri Volkov estaba a punto de quebrar con la torpeza de un cachorro que no mide la fuerza de sus dientes.

Dmitri, de diecinueve años, tenía el cabello del color de la paja seca, corto y desordenado, y los ojos de un gris tan claro que parecían dos monedas de plata bajo sus cejas pobladas. Era alto, de hombros anchos y movimientos que aún conservaban la torpeza de quien ha crecido demasiado rápido. Su ropa era sencilla pero de una calidad impecable: un abrigo de piel de cordero oscuro, un gorro de piel de zorro y unas botas de fieltro que apenas dejaban huella en la nieve recién caída. Llevaba consigo un pequeño frasco de vidrio ahumado, tibio contra su pecho, que contenía una tintura de raíz de acónito y savia de abedul: un "rompe-velos" que le permitiría cruzar el límite del territorio Rasputín sin ser detectado por sus hechizos de alarma.

No iba a robar. No iba a profanar. Iba a verla.

Ella era Liudmila Rasputín, pero para él, en el secreto de sus pensamientos, era simplemente Mila. La había visto dos veces. La primera, en el gran mercado de invierno, donde las familias, bajo una tregua comercial, compartían el espacio. Ella estaba comprando hierbas secas en un puesto. Vestía un abrigo de paño azul marino que hacía juego con sus ojos, y su cabello, tan negro como las alas del cuervo de su familia, escapaba en rizos rebeldes de debajo de un kokoshnik bordado con hilo de plata. Dmitri, que estaba ayudando a su padre a vender pieles de marta cebellina, sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No era un hechizo de atracción, de esos que su prima mayor, Natasha, le lanzaba a los muchachos del pueblo para divertirse. Era algo más profundo, un llamado sordo, como si un lobo solitario reconociera el aullido de otro en medio de una tormenta.

La segunda vez fue en la orilla del Volga, en un día de niebla. Ella estaba sola, haciendo garabatos en la nieve con un bastón, trazando sigilosamente runas que él no reconocía. Él se acercó sin pensar, impulsado por un coraje estúpido que no entendía. Ella levantó la vista, y en lugar de gritar o invocar a sus guardianes de piedra, lo miró con una intensidad que lo dejó paralizado.

—“Sabes que te estoy viendo, ¿verdad?” —había dicho ella, con una voz que sonaba a campanilla lejana—. “Los de tu especie son más fáciles de detectar cuando se acercan al agua. Desprendéis un olor a perro mojado.”

Él se rió, una risa nerviosa que empañó el aire. “Y las de la tuya huelen a incienso de iglesia y a tinta rancia.”

Ella sonrió, y ese gesto fue su perdición. No era una sonrisa fría ni calculadora. Era una sonrisa de genuina diversión, como si él hubiera dicho algo que nadie más se atrevía a decir. Hablaron durante una hora, al abrigo de un sauce inclinado, cubiertos por la niebla que los aislaba del mundo. Descubrieron que él odiaba las restricciones de su familia, el constante entrenamiento físico, el deber de ser el "colmillo" de los Volkov; y que ella se ahogaba en la biblioteca de los Rasputín, entre los pergaminos de sus ancestros, una vida de estudio y silencio que la asfixiaba. Se encontraron como dos prisioneros que se miran a través de los barrotes de celdas contiguas.

Esa fue hace tres semanas. Desde entonces, habían encontrado formas de comunicarse: mensajes ocultos en troncos huecos, señales con velas en las ventanas. Y esa noche, por primera vez, Dmitri se arriesgaba a cruzar la línea prohibida. Ella le había dicho que sus padres viajarían a Moscú para una consulta con el Zar, una reunión de alto consejo mágico. La Terem estaría a cargo de su hermano mayor, Piotr, un hombre serio y devoto de la tradición, pero que dormía como un tronco.

Dmitri escaló el muro de piedra con la facilidad de un felino, ayudado por la esencia de acónito que anulaba los sigilos de los Rasputín. Aterrizó en el jardín de invierno, un espacio de ensueño donde, bajo una cúpula de cristal, florecían plantas imposibles en pleno febrero: rosas de color sangre, hierbas que brillaban con una luz propia y un cerezo que daba fruto todo el año. El aroma era embriagador, una mezcla de tierra húmeda y flores que contrastaba violentamente con el frío exterior. La vio de espaldas, al fondo, cerca de una fuente de mármol negro que no manaba agua sino una tenue niebla plateada.




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