El regreso de Dmitri a la Usadba Volkov no fue tan silencioso como su salida. Su padre, Taras Volkov, un hombre cuyo cuerpo parecía esculpido en un tronco de roble y cuya barba roja recordaba a los antiguos guerreros varegos, lo esperaba en la entrada de la casa principal. No con furia, sino con una decepción fría que era mil veces peor.
—“Tu ropa huele a incienso de iglesia y a jazmines” —dijo Taras, sin levantar la voz. Su acento era el de las profundidades de la provincia, donde las erres se arrastraban y las vocales se alargaban—. “No es perfume de mujer. Es perfume de Rasputín. Huelen a iglesia y a tumba.”
Dmitri no negó nada. Había aprendido de su padre que mentir era un insulto peor que la desobediencia. Bajó la cabeza, mostrando la nuca, un gesto de sumisión animal.
—“Padre, escúchame...”
—“Entra” —lo interrumpió Taras, volviéndose—. “No voy a castigarte con látigo ni con ayuno. Eso es para los hijos de la palabra, no para los nuestros. Tu castigo será saber lo que has puesto en riesgo.”
Lo condujo al Zal, el gran salón de la familia, donde una chimenea del tamaño de un pequeño establo ardía con troncos enteros de abedul. Las paredes estaban adornadas con cabezas de alces, osos y un enorme lobo blanco disecado, el último de su especie, según decían, abatido por el primer Volkov que se asentó en estas tierras. En el centro, una mesa larga de madera oscura mostraba un mapa de la región, marcado con astas de ciervo que señalaban puntos de poder, líneas ley y los límites del territorio de cada familia.
Su madre, Varvara, una mujer de cabello rubio ceniza y mirada de águila, estaba de pie junto al mapa. No dijo nada, pero sus dedos, siempre inquietos, teñían de un azul eléctrico los bordes de su pañuelo de lana. Ella era la znakharka, la curandera de la familia, y su magia era la de las hierbas y las aguas. Su silencio era más condenatorio que las palabras de su padre.
—“La tregua que tenemos con los Rasputín no es una cortesía” —comenzó Taras, caminando alrededor de la mesa—. “Es una jaula de hierro forjada con la sangre de nuestros ancestros. Hace treinta años, tu abuelo Mstislav mató al padre de la actual matriarca, Boris Rasputín, en un duelo que casi extingue a ambas familias. La tregua se firmó porque el Zar lo exigió, no porque quisieran. Cada uno de nosotros vigila al otro como un halcón a un ratón. Y tú, mi hijo, mi heredero, has ido a mear en la comida del halcón.”
—“No fui a provocar” —dijo Dmitri, alzando la vista—. “Fui a ver a... a Liudmila.”
El nombre cayó en la sala como una piedra en un estanque helado. Varvara dejó de teñir. Taras se quedó inmóvil, y solo el crepitar del fuego llenó el silencio.
—“¿Liudmila Rasputín?” —preguntó su padre, con una lentitud peligrosa—. “¿La hija de Katerina? ¿La nieta de Yelena? ¿La joya de la corona de esa familia de serpientes?”
—“Ella no es una serpiente” —dijo Dmitri, con un fuego en los ojos que su padre reconoció como el suyo propio—. “Es... diferente.”
—“Diferente” —repitió Taras, con amargura—. “Así empezó la guerra que mató a mi tío. Un Volkov que pensó que una Rasputín era ‘diferente’. Terminó con su cabeza en una pica frente al Kremlin.” Dio una palmada sobre la mesa, haciendo que las astas de ciervo vibraran—. “¡Estás prohibido! No solo de salir de esta propiedad, sino de acercarte a la frontera oriental. Si vuelvo a oler siquiera un eco de la magia de esa familia en ti, te desheredaré. No serás el lobo. Serás un perro callejero sin manada. ¿Entendido?”
Dmitri apretó la mandíbula. Cada fibra de su ser lo instaba a desafiar, a gruñir, a mostrar los dientes. Pero la disciplina de años de entrenamiento fue más fuerte. Inclinó la cabeza nuevamente.
—“Entendido, padre.”
Pero mientras subía a su habitación, una torre de madera que olía a heno y a lana de oveja, sabía que esa obediencia era una mentira. No podía dejar de ver el rostro de Mila bajo la luz de la lámpara de aceite, no podía olvidar el sabor de sus labios ni la forma en que su magia se había entrelazado con la suya. Era como si una nueva marca se hubiera grabado en su alma, una que ninguna prohibición paterna podría borrar.
En la Terem Rasputín, el ambiente era de una frialdad más cortante que la de la estepa. Liudmila fue despertada al mediodía por su hermana menor, Anastasia, una muchacha de quince años con el pelo rubio y los ojos claros de la rama paterna de la familia, que la miraba con una mezcla de miedo y lástima.
—“Mamá te quiere en el Gornitsa” —susurró, refiriéndose a la cámara privada de su madre.
Mila se vistió con un sarafan de terciopelo negro, se recogió el cabello con un par de horquillas de hueso y descendió las escaleras de piedra. En el Gornitsa, una estancia circular con ventanas que daban a los cuatro puntos cardinales, la encontró. Katerina Rasputín no era una mujer alta ni imponente físicamente. Era menuda, de facciones finas y cabello completamente blanco, a pesar de no haber cumplido los cuarenta. Sus ojos, del mismo azul intenso que los de Mila, tenían la cualidad de los espejos: reflejaban lo que miraban, pero no dejaban ver lo que había detrás. Estaba sentada ante un stol bajo, sobre el que había un cuenco de obsidiana negra lleno de agua. A su lado, de pie, como una estatua de granito, estaba Piotr, el hermano mayor. Tenía veinticinco años, la misma cabellera negra que Mila, pero sus facciones eran más duras, más angulosas, y su mandíbula estaba perpetuamente tensa.
—“Gorazd nos ha contado lo que vio” —dijo Katerina, sin preámbulos. Su voz era suave, pero tenía el filo de un escalpelo—. “Anoche, en la banya vieja. Con el hijo de Taras Volkov.”
Mila sintió que la sangre se le helaba en las venas, pero no bajó la mirada. Había sido criada para no mostrar debilidad. “Sí, madre.”
Piotr dio un paso al frente, sus puños cerrados. “¿Sabes lo que has hecho? ¿Sabes la mancha que has puesto sobre esta familia? Nos has convertido en el hazmerreír. El hijo de los perros lobo... ¡con mi hermana!”