Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 3: El Lenguaje de los Cuerpos

Los días siguientes fueron una agonía para ambos. Dmitri, confinado a la Usadba, encontró mil formas de intentar evadir la vigilancia de su padre. Pero Taras era un lobo viejo y conocía todas las artimañas. Puso a sus primos, los hermanos más jóvenes de la manada, a vigilar a Dmitri las veinticuatro horas. Ilya, el mayor de ellos, un muchacho de rostro alegre y dientes afilados, lo seguía a todas partes con una lealtad incómoda. “Es por tu bien, Dima”, le decía, usando el diminutivo afectuoso. “Esa chica te tiene embrujado. Es lo que hacen los Rasputín.”

Dmitri no discutía. Se entrenaba en el krug, el círculo de lucha, hasta que sus músculos ardían y su mente se vaciaba. Corría por los bosques en su forma semiloba, una transformación que solo podía mantener a medias, donde sus sentidos se agudizaban pero su rostro conservaba algo de humano. En esos momentos, olía el rastro de ella, un leve perfume de jazmín que el viento arrastraba desde kilómetros de distancia, y sentía la tentación de dejarse llevar, de correr sin rumbo hacia la Terem. Pero algo lo detenía. No era el miedo a su padre. Era la conciencia de que su imprudencia ya había puesto a Mila en peligro.

Mila, por su parte, se sumió en un silencio que su familia interpretó como arrepentimiento. Katerina la observaba con una mezcla de severidad y una preocupación que no expresaba. Piotr la evitaba, y cuando se cruzaban en los pasillos de piedra, su mandíbula se tensaba aún más, como si estuviera mordiendo un freno. Solo Anastasia, su hermana pequeña, se le acercaba con sigilo, dejándole tazas de té de hierbas silvestres y pequeños dibujos en trozos de corteza de abedul.

—“No sé qué te pasa” —le dijo Anastasia una noche, mientras Mila fingía leer un grimorio—, “pero sé que no estás triste. Estás esperando algo.”

Mila la miró. Anastasia tenía la clarividencia que a veces surge en los más jóvenes, cuando aún no han sido moldeados por las reglas. “¿Qué te hace decir eso?”

—“Tus manos” —respondió la niña—. “Siempre las tienes en el vientre. Como si guardaras algo.”

Mila retiró las manos bruscamente, pero Anastasia ya había visto. No dijo nada más, pero le dio un beso en la frente y se fue, dejando tras de sí un rastro de leche y miel.

A las dos semanas, la espera se rompió. Fue durante la Maslenitsa, la festividad que marcaba el fin del invierno. Era una de las pocas ocasiones en que la tregua entre las familias se extendía a un festejo común en la plaza del mercado, bajo la atenta mirada de los oprichniki del Zar, los magos de la corte que actuaban como jueces y verdugos para mantener la paz. Había montañas rusas de hielo, puestos de blinis con crema agria y caviar, y una efigie de paja de la Señora del Invierno que sería quemada al anochecer.

Ambas familias acudieron con sus mejores galas. Los Volkov vestían pieles y bordados con motivos de bestias; sus mujeres llevaban enormes collares de ámbar y sus hombres, cuchillos de caza en los cinturones. Los Rasputín lucían sedas orientales y terciopelos, con símbolos de protección cosidos en hilo de oro y plata. Se movían en grupos separados, como dos manadas que olfatean el peligro, manteniendo una distancia calculada.

Dmitri la vio antes de que ella lo viera a él. Estaba junto a un puesto de miel fermentada, con un grupo de amigas de la pequeña nobleza mágica, pero su mirada estaba perdida, en algún punto más allá de las risas y las máscaras de fieltro. Llevaba un shugai acolchado de color verde esmeralda, bordado con hilos de oro, y el cabello recogido en una trenza coronada con cintas de seda. Parecía más pálida que antes, y debajo de sus ojos había sombras de insomnio.

El corazón de Dmitri dio un vuelco. Sin pensar, comenzó a caminar hacia ella, pero un brazo de hierro lo detuvo. Era su padre.

—“Ni un paso” —murmuró Taras, con una sonrisa falsa para los espectadores—. “No aquí. No ahora.”

—“Padre, tengo que...”

—“No tienes que nada. Mira.”

Taras señaló con un leve movimiento de cabeza. Detrás de Liudmila, como una sombra negra, estaba Piotr Rasputín. No llevaba la vestimenta festiva, sino un kaftán oscuro de corte militar. Su mano derecha descansaba sobre la empuñadura de un kinzhal (daga) de plata, un arma diseñada específicamente para herir a los cambiaformas. Sus ojos recorrían la multitud con una frialdad calculada, y cuando encontraron los de Dmitri, una chispa de odio puro brilló en ellos.

La tensión era palpable. Los oprichniki, tres hombres de rostros impasibles vestidos de negro, se movieron ligeramente para interponerse entre las dos familias. Uno de ellos, un hombre calvo con una cicatriz que le cruzaba el labio, se detuvo junto a Taras.

—“Boyar Volkov” —dijo, con un tono que no era de respeto sino de advertencia—. “El Zar recuerda sus juramentos. La paz en la ciudad es sagrada.”

—“No he olvidado mis juramentos” —respondió Taras, con la misma frialdad—. “Solo estoy observando las costumbres.”

Dmitri aprovechó el breve intercambio. No caminó hacia Mila directamente, sino que se deslizó entre los puestos, usando su conocimiento del terreno y la ventaja de su agilidad felina. Llegó hasta un callejón estrecho que daba a la parte trasera de la fila de puestos de telas. Sacó un pequeño espejo de bolsillo, de esos que los Volkov usaban para enviar señales con reflejos. Lo orientó con cuidado hasta que un destello de luz dio directamente en el rostro de Mila.

Ella parpadeó, y en un segundo, sus ojos lo encontraron en la penumbra del callejón. Vio su gesto: una inclinación de cabeza hacia el callejón contiguo, detrás de un puesto de cerámica. Mila, con una calma que le costó un esfuerzo sobrehumano, murmuró algo a sus amigas sobre sentirse mareada por el humo de las hogueras y se alejó con paso lento pero firme.

Se encontraron en un pequeño patio interior, donde se almacenaban barriles de arenque y cajas de especias. El olor era fuerte, cubría cualquier otro rastro. El bullicio de la fiesta quedaba amortiguado por los muros de piedra.




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