Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 4: La Gesta de las Dos Sangres

Pasó una semana. Una semana de insomnio para Dmitri, que en las noches se transformaba en su forma de lobo y corría hasta los límites del territorio, aullando una angustia que los demás lobos de la manada interpretaban como un desafío al liderazgo de su padre. Taras lo observaba desde la ventana de su alcoba, con el ceño fruncido, mientras Varvara preparaba una infusión de agripalma y raíz de valeriana que el joven rechazaba sistemáticamente.

—“El chico está enfermo” —dijo Varvara una noche, mientras su esposo afilaba un cuchillo de caza con movimientos lentos y metódicos—. “No es el amor lo que lo consume. Es algo más. He visto sus ojos. Tiene el brillo de quien ha visto el futuro.”

—“Tonterías de mujeres” —gruñó Taras, pero la hoja del cuchillo tembló ligeramente en su mano.

En la Terem Rasputín, la situación era igualmente tensa, pero se manifestaba de otra manera. Katerina había convocado a un consejo familiar, sin la presencia de Yelena, que se había encerrado en la cámara de los espejos con Gorazd, su cuervo, sin comer desde hacía tres días.

—“La vieja está perdiendo la razón” —dijo Piotr, paseándose por la sala de consejos, una estancia de madera tallada con escenas de batallas ancestrales—. “Protege a Mila como si fuera una santa. ¡Ha tenido un encuentro carnal con un Volkov! Debería estar en penitencia, no en su torre con sus libros.”

—“No juzgues lo que no entiendes, Piotr” —respondió Katerina con una calma que helaba el aire—. “Tu abuela ve cosas que nosotros no vemos. Si ella no ha castigado a Mila, es porque hay un propósito mayor.”

—“¿Un propósito mayor?” —se burló Piotr—. “¿Como tener un bastardo de la familia que asesinó a nuestro abuelo? ¿Ese es el propósito?”

Katerina se levantó de su asiento, y a pesar de su pequeña estatura, Piotr retrocedió un paso. “Tu abuelo, mi padre, murió en un duelo que él mismo provocó. La historia no es tan simple como te la han contado, hijo. Y si no aprendes a ver más allá de tu orgullo, serás un líder ciego que llevará a esta familia a la ruina.”

Mila, presente en el consejo, permanecía en silencio, con las manos entrelazadas sobre su regazo. No había dicho nada de su embarazo a su madre, siguiendo las instrucciones de Yelena. Pero sabía que el tiempo se agotaba. Su cuerpo comenzaba a mostrar signos sutiles: una fatiga que no podía ocultar del todo, una sensibilidad a ciertos olores que antes le eran indiferentes. Pronto, su madre lo sabría. Pronto, todos lo sabrían.

La revelación llegó de la forma más inesperada. Una noche, mientras Mila leía en la biblioteca familiar, sintió una presencia a sus espaldas. Era Yelena, que había salido de su encierro. La anciana estaba más pálida que nunca, pero sus ojos brillaban con una luz febril.

—“Ven conmigo” —dijo, tomándola del brazo con una fuerza que desmentía su edad—. “Es tiempo de que sepas la verdad. La verdad sobre por qué tus padres te pusieron el nombre de Liudmila, la querida por el pueblo. La verdad sobre por qué la magia de la Slovo floreció en ti como no lo hacía en cien años.”

La condujo a la cámara de los espejos, pero esta vez no se detuvo allí. Presionó una piedra en el marco de uno de los espejos más antiguos, un espejo de azogue manchado que mostraba el reflejo distorsionado de una anciana y una joven. Con un crujido, una sección de la pared se deslizó, revelando una escalera de caracol que descendía hacia las entrañas de la colina.

Bajaron en silencio. El aire se volvía más denso, más viejo, con un olor a tierra húmeda y a raíces. Al final de la escalera, una cripta circular. No había tumbas, sino un altar de piedra negra, y sobre él, un libro enorme, encuadernado en piel que Mila reconoció como humana, pero de un color y una textura que no correspondían a ninguna raza que conociera. Era la Kniga Veles, el grimorio original, del que su abuela solo le había mostrado copias parciales.

—“Abrelo” —ordenó Yelena.

Con manos temblorosas, Mila levantó la pesada tapa. Las páginas no eran de papel, sino de una delgada lámina de madera de abedul, cada una cubierta de caracteres que no eran cirílico ni griego, sino algo más antiguo, algo que parecía moverse bajo su mirada. Sin embargo, entendía. Las palabras se traducían solas en su mente, como si la sangre que corría por sus venas fuera la clave para descifrarlas.

Lo que leyó la dejó sin aliento. No era un libro de hechizos comunes. Era la crónica de una guerra antigua, pero no entre Rasputín y Volkov. Era la historia de cómo ambas familias, hace mil años, eran una sola. Un solo clan, los Veduní, los que saben. Guardianes de un equilibrio entre la palabra y la naturaleza, entre el espíritu del hombre y el espíritu de la tierra. Hasta que un conflicto, un error, un asesinato, los dividió. Y una profecía, escrita en la última página, decía que solo el nacimiento de un hijo de ambas sangres, concebido en un acto de amor verdadero y no de conveniencia, podría restaurar el pacto roto y devolver a la magia rusa su antigua gloria.

—“Ese hijo” —dijo Yelena, con voz grave—, “eres tú quien lo llevas en tu vientre. No es un accidente, Mila. Es la respuesta a un ruego de mil años.”

—“¿Por qué no me lo dijiste antes?” —preguntó Mila, con lágrimas en los ojos—. “¿Por qué dejaste que viviera en la ignorancia, que me sintiera culpable, que tuviera miedo?”

—“Porque el conocimiento es una carga” —respondió Yelena—. “Y porque el amor debe ser libre para ser verdadero. Si te hubiera dicho que debías unirte a un Volkov para cumplir una profecía, ¿lo habrías hecho? ¿O habría sido un deber, no un acto de corazón?” Negó con la cabeza—. “El destino eligió. Y tú, con tu libertad, elegiste lo mismo. Eso es lo que le da poder a este hijo. No la obligación. El amor.”

Mila cerró el libro con cuidado. Su mente era un torbellino. Ya no era una joven asustada con un secreto. Era la portadora de una profecía, el posible puente entre dos mundos enemistados. Y también era la madre de un niño que nacería bajo el peso de una historia que no había pedido.




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