Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 5: El Aullido y el Susurro

Dmitri recibió el mensaje de Mila de la misma manera que los anteriores: un trozo de corteza de abedul enrollado, escondido en el hueco de un roble centenario en el límite del bosque. Esta vez, sin embargo, el mensaje no era una declaración de amor ni una cita furtiva. Era un llamado a la acción, escrito con una caligrafía temblorosa pero firme:

“Dmitri. Mi abuela lo sabe todo. Hay una profecía. Nuestro hijo es la clave para unir a nuestras familias. Debemos presentarnos juntos ante los patriarcas. El día de la luna llena, en la colina de los dos ríos, donde se unen el Volga y el Oka. Trae a tu padre. Yo traeré a los míos. Es la única forma. Si no vienes, vendrán por nosotros de todas formas. Te quiero. Mila.”

Dmitri leyó el mensaje tres veces, hasta que la corteza se calentó entre sus dedos. Una profecía. Un hijo clave. Presentarse ante las familias. Era una locura. Pero también era la única opción que no implicaba huir como un cobarde o esperar a que la guerra los devorara.

Esa noche, durante la cena familiar, rompió su silencio. La familia Volkov estaba reunida alrededor de la larga mesa, los hermanos y primos con sus esposas e hijos, todos ellos con el brillo salvaje en los ojos que caracterizaba a su linaje. Taras presidía la cabecera, con Varvara a su derecha.

—“Padre” —dijo Dmitri, poniéndose de pie—. “Tengo algo que decir. Algo que llevo ocultando, y no puedo ocultarlo más.”

El ruido de los cubiertos cesó. Todos los ojos se fijaron en él. Taras dejó su copa de kvas sobre la mesa con un golpe seco.

—“Habla” —dijo, con voz de trueno lejano.

—“Liudmila Rasputín está embarazada” —dijo Dmitri, y las palabras resonaron en el silencio como un disparo—. “Es mi hijo. Y hay una profecía ancestral que dice que este hijo debe unir a nuestras familias, o destruirlas.”

El caos se desató. Los primos saltaron de sus asientos, algunos con expresiones de incredulidad, otros con furia contenida. Ilya, su primo más cercano, lo miró como si hubiera crecido una segunda cabeza. Taras se levantó lentamente, y su rostro había adquirido una palidez mortecina que contrastaba con el rojo de su barba.

—“¿Estás seguro de lo que dices, muchacho?” —preguntó, con una voz que apenas era un susurro.

—“Completamente seguro” —respondió Dmitri, sosteniendo la mirada de su padre—. “Y la matriarca Yelena Rasputín nos convoca a ti y a mí a una reunión en la colina de los dos ríos en la próxima luna llena. Allí se revelará la profecía completa. Y allí, padre, tendremos que decidir si continuamos con esta guerra de siglos o si damos una oportunidad a la paz.”

Varvara se levantó y se acercó a su hijo. Le tomó el rostro entre las manos, examinándolo con sus ojos de curandera. Luego, se volvió hacia su esposo.

—“No miente” —dijo con sencillez—. “Hay una vida nueva en él. No en su vientre, sino en su alma. Y hay otra vida, la de su hijo, que lleva la sangre de ambos.”

—“¡Maldición!” —rugió Taras, golpeando la mesa con el puño, haciendo saltar los platos—. “¿Es que no hay honor en esta casa? ¿No hay lealtad? ¿Mi hijo, mi heredero, se ha acostado con la hija del asesino de mi padre y ahora pretende que haga las paces con ella como si fuéramos comerciantes armenios negociando el precio de la seda?”

—“Taras” —dijo Varvara, con una calma que desarmaba su furia—. “Tu padre no murió en un asesinato. Murió en un duelo que él quiso. Y tú has alimentado esa historia durante años para justificar tu propio odio. Pero el odio no es un legado, esposo. Es una carga.”

Taras la miró, y por un instante, el hombre detrás del guerrero asomó en sus ojos: el cansancio, el dolor, el miedo a que todo por lo que había luchado se derrumbara. Finalmente, se dejó caer en su silla, con la cabeza entre las manos.

—“La luna llena” —murmuró—. “Iremos. Pero no te hagas ilusiones, hijo. No todos en esa colina querrán oír hablar de profecías. Muchos querrán ver sangre. Y yo no sé si podré contener la mía.”

La noche de la luna llena llegó con un cielo despejado, tan frío que las estrellas parecían agujeros en la bóveda celeste, dejando escapar una luz blanca y cruel. La colina de los dos ríos era un lugar sagrado, donde el Volga y el Oka se encontraban en un abrazo de corrientes. En verano, era un sitio de peregrinación para los magos de ambas familias. En invierno, era una lengua de hielo y nieve que se adentraba en la confluencia, y el viento que bajaba de los Urales silbaba entre los árboles desnudos como un coro de espíritus.

Los Volkov llegaron primero, como era su costumbre, marcando el territorio. Taras iba al frente, con un abrigo de piel de oso negro que lo hacía parecer una montaña andante. A su lado, Dmitri, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que todos podían oírlo. Detrás, sus primos, Ilya y los gemelos Sasha y Misha, formando una media luna. Varvara se había quedado en casa, pero les había dado a todos un amuleto de raíz de angélica para “ablandar los corazones”, como dijo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

Los Rasputín aparecieron desde el sendero occidental, como una procesión de sombras. Katerina iba al frente, con un manto de terciopelo negro bordado en hilo de plata que recogía la luz de la luna. A su lado, Piotr, con la mano en la daga, y detrás, dos tías ancianas que Mila apenas mencionaba, mujeres de rostros de piedra que manejaban la magia de las maldiciones con una precisión letal. Y al fondo, arropada en un abrigo de piel de marta que la hacía parecer más pequeña y más vulnerable, estaba Liudmila.

Dmitri sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La luna llena iluminaba su rostro con una luz plateada, y en sus ojos había una mezcla de miedo y una determinación que lo dejó sin aliento. Llevaba las manos sobre el vientre, un gesto que ahora entendía: protegía a su hijo, a su hijo, del frío y del odio que los rodeaba.

Se encontraron en la cima de la colina, en un claro donde los árboles formaban un círculo natural. La nieve crujía bajo sus pies. Nadie habló. El silencio era más ensordecedor que cualquier grito de batalla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.