Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 6: Las Raíces del Odio

La tregua que se gestó en la colina de los dos ríos fue frágil, un cristal recién soplado que amenazaba con romperse con el menor golpe. Las semanas siguientes fueron un ejercicio de equilibrio para ambas familias. Taras Volkov, hombre de acción más que de palabras, decidió honrar su promesa a su manera: invitó a Katerina Rasputín a la Usadba para "discutir los términos de un posible entendimiento". Fue una visita tensa, donde los criados de ambas casas se miraban como si fueran de planetas distintos, y los perros de caza de los Volkov gruñían a la comitiva de los Rasputín como si percibieran en ellos un hedor a magia antagónica.

Pero la discusión más difícil no ocurrió en los salones de madera de los Volkov ni en las estancias de piedra de los Rasputín. Ocurrió en el corazón de Dmitri y en la conciencia de Mila, cada uno enfrentándose a las sombras de sus propias familias.

Dmitri descubrió que el odio de su padre no era solo una cuestión de orgullo herido. Una noche, mientras Taras bebía kvas en la cocina, después de que los invitados se hubieran ido, el viejo lobo dejó caer la máscara de dureza que lo había sostenido durante años.

—“Tu abuelo” —dijo Taras, con la mirada perdida en el fuego—, “no murió solo en ese duelo. Murió con una maldición en los labios. Una maldición que Boris Rasputín le lanzó mientras se desangraba en la nieve. Maldijo a nuestra sangre con la esterilidad del espíritu. Dijo que ningún Volkov volvería a tener el dominio total sobre la Yestestvo, que nuestras camadas serían débiles, que nuestra magia se consumiría como un árbol carcomido por dentro. Y tenía razón. Desde entonces, ninguno de nosotros ha alcanzado la transformación completa. Nos quedamos a medio camino, como perros sarnosos. Yo mismo, que soy el más fuerte de mi generación, apenas puedo sostener la forma de lobo por unas horas. Mi padre... mi padre murió sabiendo que nos había condenado.”

Dmitri escuchó, con el corazón encogido. “¿Y por eso odias a los Rasputín? ¿Por una maldición que un hombre moribundo lanzó en un momento de desesperación?”

—“No” —dijo Taras, con voz ronca—. “Odio a los Rasputín porque tenían razón. Nuestra magia se ha debilitado. Y ellos lo saben. Se alimentan de nuestra debilidad. Cada año, sus dominios se expanden, sus libros se acumulan, su poder crece. Mientras nosotros... nosotros nos aferramos a lo salvaje, a lo primitivo, como si eso fuera suficiente. Y no lo es.”

Dmitri se acercó a su padre. Por primera vez, no vio al jefe implacable, sino a un hombre atrapado en una prisión de siglos, condenado a una guerra que sabía que estaba perdiendo. “Padre... ¿y si este hijo que viene puede romper la maldición? ¿Y si la unión de nuestra sangre con la de ellos es la clave para restaurar lo que se perdió?”

Taras levantó la vista. En sus ojos, por un instante, brilló algo que no era odio: era esperanza. Pero la apagó rápidamente, como se apaga una vela en una tormenta. “No hagas castillos en el aire, hijo. Los Rasputín no quieren unir sangres. Quieren absorber la nuestra. Y si ese niño nace, lo usarán como herramienta, no como puente.”

—“Mila no es así” —dijo Dmitri con firmeza—. “Y su abuela tampoco. Hay otros en esa familia, padre. Gente que también está cansada de la guerra.”

—“Quizás” —dijo Taras, levantándose con un suspiro—. “Pero los que quieren la guerra son los más ruidosos. Y los más peligrosos.”

Mientras tanto, en la Terem Rasputín, Mila enfrentaba su propia batalla. Su padre, Nikolai Rasputín, había regresado de Moscú. Era un hombre de rostro afilado y manos siempre frías, un erudito de la magia que había pasado más tiempo entre pergaminos que entre personas. Cuando se enteró del embarazo de su hija, no estalló en furia como Piotr. Su reacción fue más fría, más calculadora, y por lo tanto, más aterradora.

—“¿Un Volkov?” —dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. “¿El hijo de Taras, el asesino? ¿Y crees que esto es un romance de poemas, Mila? ¿Crees que ese salvaje te dará un futuro?”

—“No me dará nada, padre” —respondió Mila, con una calma que le costaba mantener—. “Construiremos el futuro juntos. O no lo haremos.”

Nikolai la miró con sus ojos grises, fríos como el hielo del Volga. “Construirán, dices. ¿Y con qué van a construir? ¿Con pieles de lobo y aullidos a la luna? Tu hijo, si es que nace, llevará la sangre de los Volkov. Eso lo convierte en un peligro para nuestra casa. A menos que...”

—“¿A menos que qué?” —preguntó Mila, con una punzada de aprensión.

—“A menos que se críe aquí” —dijo Nikolai, como si fuera la cosa más lógica del mundo—. “Lejos de la influencia de esa familia de bestias. Bajo nuestra tutela. Aprenderá la Slovo, la palabra antigua. Y cuando sea mayor, decidirá por sí mismo qué parte de su herencia quiere reclamar.”

Mila sintió que la sangre se le helaba. “¿Quieres quitarle mi hijo?”

—“Quiero salvarlo” —corrigió Nikolai, con una dulzura venenosa—. “Salvarlo de la vida salvaje que le espera con los Volkov. Salvarlo de convertirse en un animal más. Esto no es negociable, Mila. Si quieres que este hijo tenga un lugar en nuestra familia, será bajo nuestras condiciones. O puedes irte con tu lobezno a vivir en el bosque, a criar a tu hijo como una bestia más, sin educación, sin magia, sin futuro. Elige.”

Mila salió de la habitación de su padre con las manos temblando de rabia y de miedo. Fue directamente a la cámara de los espejos, donde Yelena la esperaba.

—“¿Lo has oído?” —preguntó Mila, con la voz quebrada—. “Quiere usar a mi hijo. Quiere hacerlo un arma contra los Volkov. O desterrarme.”

—“Lo he oído” —dijo Yelena, con una tranquilidad que contrastaba con la agitación de su nieta—. “Tu padre siempre ha sido un hombre de poder, no de sabiduría. Pero no temas, Mila. Tú tienes más fuerza de la que crees. Y el muchacho Volkov... también la tiene.”

—“Pero ¿qué podemos hacer? Si nos oponemos a mi padre, nos declara la guerra. Si nos sometemos, perdemos a nuestro hijo.”




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