Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 7: El Pacto de los Dos Ríos

La noche del equinoccio, el cielo sobre Nizhny Novgorod se desplegó en una exhibición de luces que los más viejos no recordaban haber visto nunca. La aurora boreal, un fenómeno raro en esas latitudes, pintaba el horizonte de verdes y púrpuras, como si los propios dioses antiguos estuvieran poniendo su sello en lo que estaba a punto de ocurrir.

Dmitri recibió la noticia de Mila a través del mismo sistema de corteza de abedul, pero esta vez el mensaje no pedía una cita furtiva. Era un llamado claro y directo:

“Dmitri. Esta noche, en la colina de los dos ríos, en el altar antiguo. Debemos casarnos según la ley de los Veduní. Es la única forma de proteger a nuestro hijo. Ven si me amas. Ven si quieres ser libre. Mila.”

Dmitri leyó el mensaje mientras se vestía para lo que creía sería una cacería nocturna con sus primos. En lugar de eso, se calzó las botas de fieltro, se puso su mejor rubakha (camisa) bordada por su madre, y tomó un puñado de tierra de la entrada de la Usadba, un símbolo de su hogar que quería llevar al altar.

—“¿Adónde vas?” —preguntó Ilya, apareciendo en el marco de la puerta.

—“A encontrarme con mi destino” —respondió Dmitri, y antes de que su primo pudiera detenerlo, saltó por la ventana y se transformó en su forma semiloba, corriendo hacia el río con la velocidad del viento.

Mila, por su parte, escapó de la Terem con la ayuda de Anastasia, su hermana pequeña, que la cubrió mientras ella bajaba por una cuerda desde la ventana de su torre. La niña la miró con ojos llenos de admiración y miedo.

—“¿Volverás?” —preguntó Anastasia.

—“Volveré” —dijo Mila, besándola en la frente—. “Pero quizás no a vivir. Cuida de mamá, ¿sí?”

Anastasia asintió, con lágrimas en los ojos, y observó cómo Mila se perdía en la oscuridad, envuelta en un manto oscuro que la hacía casi invisible contra la nieve.

Se encontraron en la colina de los dos ríos, en el mismo claro donde un mes antes sus familias habían estado a punto de matarse. Pero esta vez no había hogueras ni espectadores. Solo ellos dos, bajo la aurora boreal, y en el centro, el antiguo altar: una losa de piedra gris, cubierta de musgo seco y runas talladas por manos que habían muerto mil años atrás.

—“¿Estás segura?” —preguntó Dmitri, tomándole las manos. Las sintió cálidas, como siempre desde que estaba embarazada.

—“Nunca he estado más segura de nada” —respondió ella—. “¿Y tú?”

Él sonrió, esa sonrisa nerviosa que ella amaba. “Desde que te vi en el mercado, no he estado seguro de nada más que de esto.”

Se arrodillaron frente al altar, uno frente al otro, como dictaba la antigua costumbre. Dmitri puso la tierra de su hogar en la piedra; Mila vertió un poco de agua del Volga que había llevado en un frasquito de plata. Juntos, con las manos entrelazadas sobre el altar, pronunciaron las palabras que Yelena les había enseñado, palabras en un idioma tan antiguo que parecía que la tierra misma las recordaba:

“Por la tierra que nos sostiene, por el agua que nos limpia, por el fuego que nos transforma, por el aire que nos da aliento, juramos ser uno. Tu sangre es mi sangre. Tu magia es mi magia. Tu destino es mi destino. Que ningún hechizo, ninguna palabra, ninguna guerra nos separe. Que este pacto sea más fuerte que el odio de nuestros padres, más antiguo que la rivalidad de nuestras casas, más duradero que la piedra de esta tierra. Así lo juramos.”

En el momento en que sus labios pronunciaron las últimas palabras, la aurora boreal se intensificó de repente, y una luz blanca descendió del cielo, envolviéndolos. Sintieron cómo sus magias, que antes se rozaban tímidamente, ahora se fusionaban en un torrente de poder. La Yestestvo de Dmitri, la fuerza salvaje y primitiva, encontró su cauce en la Slovo de Mila, la palabra que nombra y ordena. Y juntas, crearon algo nuevo: un lenguaje de luz que se elevó hacia el cielo, visible para todos los que tenían ojos para ver la magia.

En la Usadba Volkov, Taras sintió la onda expansiva y salió de su casa con el corazón en un puño. Vio la columna de luz en el horizonte y supo, sin necesidad de que nadie se lo dijera, lo que había ocurrido. Varvara se paró a su lado, con una sonrisa que era a la vez triste y orgullosa.

—“Nuestro hijo se ha convertido en hombre” —dijo ella—. “Y en algo más. Se ha convertido en un puente.”

Taras no respondió. Pero por primera vez en muchos años, sintió que la carga del odio que había llevado sobre sus hombros se aligeraba, solo un poco, como si aquella luz hubiera tocado también algo dentro de él.

En la Terem Rasputín, la reacción fue menos serena. Nikolai, al ver la luz desde la ventana de su estudio, rompió un jarrón de porcelana china que había sido un regalo del Zar. “¡La muy estúpida! ¡Se ha casado con ese salvaje según la ley antigua! ¡Nos ha escupido en la cara!”

Piotr, que estaba a su lado, apretó el puño. “Eso no puede quedar así, padre. Han desafiado a la familia. Hay que castigarlos.”

—“No” —dijo Katerina, entrando en la habitación. Su rostro estaba pálido, pero sus ojos azules brillaban con una determinación que ninguno de los dos hombres había visto antes—. “No los castigaréis. Mi hija ha hecho lo que ha considerado correcto para proteger a su hijo. Y si vosotros no sois capaces de ver más allá de vuestro orgullo, entonces os convertiréis en lo que siempre acusasteis a los Volkov de ser: bestias ciegas.”

—“¡Cállate, mujer!” —rugió Nikolai—. “¡Tú no tienes voz en esto!”

—“Tengo la única voz que importa” —dijo una voz cascada desde la puerta. Era Yelena, apoyada en su bastón, con Gorazd en su hombro—. “La voz de la ley antigua. La voz de la verdad. Mila y Dmitri se han casado según los ritos de los Veduní. Eso los convierte en una nueva casa, independiente de las nuestras. Y su hijo será el heredero de esa nueva casa. Si alguno de vosotros intenta dañarlos, o dañar a ese niño, se enfrentará a mí. Y creedme cuando os digo que, aunque vieja, aún tengo fuerzas para hacer que vuestras vidas sean un infierno.”




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