Epílogo: El Vuelo del Cuervo y el Aullido del Lobo
Un año después, en la isla de los pinos, en medio del Volga, una pequeña cabaña de troncos se alzaba entre los árboles. Humo salía de su chimenea, y en el pequeño huerto que la rodeaba, las primeras zanahorias y remolachas asomaban entre la tierra negra. No era una casa grande ni lujosa, pero olía a madera fresca, a hierbas secas y a pan recién horneado.
Dentro, Mila mecía una cuna de mimbre con el pie mientras leía un libro de runas antiguas. En sus brazos, un bebé de pocos meses succionaba su leche con los ojos cerrados, un mechón de cabello tan negro como el de ella y tan claro como el de él. Era un niño, al que habían llamado Yaroslav, “el de la gloria ardiente”, un nombre que no pertenecía a ninguna de las dos familias, sino a la tierra misma.
Dmitri entró con los brazos llenos de leña, su rostro bronceado por el sol y una sonrisa que le iluminaba los ojos grises. Se acercó a ella y besó la cabeza del bebé primero, luego los labios de Mila.
—“He visto algo extraño en el bosque” —dijo, dejando la leña junto a la estufa—. “Un cuervo. No era un cuervo cualquiera. Era grande, con los ojos rojos. Me observó durante un rato y luego voló hacia el sur.”
Mila sonrió. “Gorazd. Mi abuela lo ha enviado a vernos. Quiere saber cómo estamos.”
—“¿Y qué le dices?” —preguntó Dmitri, sentándose a su lado.
—“Que estamos bien” —dijo Mila, mirando a su hijo, luego a su esposo—. “Que nuestro hijo crece fuerte. Que la magia en él es... diferente. A veces, cuando duerme, las plantas alrededor de su cuna florecen. Y otras veces, los pájaros se acercan a la ventana y se quedan escuchando su respiración.”
—“Un Vedun” —dijo Dmitri, con una mezcla de orgullo y temor—. “Como los antiguos.”
—“Como nosotros” —corrigió Mila—. “La unión de la palabra y la bestia. Eso es lo que siempre debimos ser.”
Afuera, en la rama de un pino, Gorazd observaba la cabaña con sus ojos de rubí. Graznó tres veces, un mensaje que viajaría a través de la magia hasta la cámara de los espejos, donde Yelena lo recibiría con una sonrisa. Luego, el cuervo extendió sus alas negras y voló hacia el sur, hacia Nizhny Novgorod, dejando atrás a la pequeña familia.
Dentro de la cabaña, mientras la noche caía sobre el Volga y los primeros lobos comenzaban a aullar en la orilla, Mila y Dmitri se abrazaban junto a la cuna de su hijo, escuchando el rumor del río, el canto del viento en los pinos, y el latido de tres corazones que, por primera vez en mil años, latían al unísono.
El odio no había desaparecido. En las ciudades, en las fincas, en los corazones de los que aún se aferraban a la guerra, las llamas de la rivalidad seguían ardiendo. Pero en aquella isla, en medio del gran río ruso, se había encendido una nueva llama. Una llama pequeña, frágil, pero imparable. La llama de un amor que se había atrevido a cruzar la frontera prohibida, a desafiar a dos familias, a burlar a la muerte misma.
Y mientras la noche avanzaba y las estrellas se reflejaban en las aguas oscuras del Volga, Dmitri y Mila sabían que su historia apenas comenzaba. Porque las guerras no terminan con un solo pacto, ni los odios se disuelven con una sola boda. Pero las semillas de la paz, como las campanillas de invierno, tienen la costumbre de brotar en los lugares más inhóspitos, anunciando que, después de todo, la primavera siempre, siempre, tiene la última palabra.