Diez años después del pacto, la isla de los pinos ya no era solo una cabaña solitaria en medio del Volga. Ahora, un pequeño asentamiento se extendía entre los árboles: tres casas de troncos unidas por pasarelas de madera, un granero, un establo para dos caballos, y en el centro, un pozo cuya agua, según los lugareños que comenzaban a acercarse, tenía propiedades curativas.
Yaroslav, el hijo del pacto, tenía diez años. Era un niño de cabello castaño claro que tiraba a rubio en verano, ojos grises como los de su padre, pero con un destello azul que heredaba de su madre. Su magia, como habían intuido sus padres, era diferente a todo lo que los Veduní habían visto en generaciones.
No era Yestestvo, la magia salvaje de los Volkov, que fluía como la sangre y rugía como el viento. Tampoco era Slovo, la magia de la palabra de los Rasputín, que nombraba y ordenaba el mundo. Era algo más antiguo, más profundo: la capacidad de sentir la tierra no como un recurso ni como un territorio, sino como una red viva que conectaba todas las cosas.
—Papá, el viejo abedul del norte tiene fiebre —dijo Yaroslav una mañana de primavera, entrando a la cocina donde Dmitri preparaba el desayuno.
Dmitri dejó el cuchillo con el que cortaba el pan y miró a su hijo. A sus treinta años, Dmitri se había convertido en un hombre de hombros anchos y brazos fuertes, con las primeras canas apareciendo en sus sienes, pero sus ojos grises seguían teniendo la misma luz inquieta de juventud.
—¿Fiebre? Los árboles no tienen fiebre, Yarik.
—Este sí. Lo siento desde anoche. Hay algo en sus raíces. Algo que le duele.
Mila, que estaba amamantando a la pequeña Zoya, la segunda hija del pacto, una niña de apenas ocho meses con los ojos negros como el carbón y el cabello rizado como las olas del Volga, alzó la vista de su libro.
—¿Puedes mostrarnos?
Yaroslav asintió y salió corriendo, seguido por sus padres. Atravesaron el sendero de tablones que conectaba las casas, pasaron junto al huerto donde las primeras lechugas asomaban entre la tierra negra, y entraron en el bosque de pinos que cubría la mayor parte de la isla. Allí, en el límite norte, junto a la orilla del río, se alzaba el viejo abedul: un gigante de corteza blanca que, según contaba Dmitri, ya estaba allí cuando su abuelo descubrió la isla.
Yaroslav se arrodilló junto al tronco y puso ambas manos sobre la corteza. Cerró los ojos, y sus padres vieron cómo una tenue luz verde comenzaba a brotar de sus dedos, extendiéndose por las grietas del árbol como venas luminosas.
—Aquí —dijo el niño, señalando un punto donde las raíces se encontraban con el agua—. Hay algo metálico. Algo que no debería estar. Está pudriendo las raíces desde dentro.
Dmitri se arrodilló junto a su hijo y, usando sus manos desnudas, comenzó a cavar en la tierra húmeda. No tardó en encontrar lo que Yaroslav había sentido: una bala. Una bala de mosquete, oxidada y deformada, pero claramente reconocible. Y junto a ella, una cadena de hierro rota.
—Esto es de un mosquete del ejército —dijo Dmitri, examinando el proyectil—. Y esto... —levantó la cadena—, esto es un grillete.
Mila tomó la cadena y la sopesó en su mano. Su rostro, que había aprendido a sonreír con facilidad en los años de paz en la isla, se oscureció.
—Alguien estuvo aquí. Alguien que no debería haber encontrado este lugar.
Esa noche, después de acostar a los niños, Dmitri y Mila se sentaron junto al fuego, como tantas otras noches, pero esta vez la conversación no era sobre la cosecha o sobre los planes para ampliar el gallinero.
—Hay algo que no te he contado —dijo Mila, con la voz más baja de lo habitual—. Mi abuela Yelena murió hace tres meses.
Dmitri la miró, sorprendido. —¿Por qué no me lo dijiste?
—Porque sabía lo que pasaría después. Gorazd vino hace una semana. No solo a ver cómo estábamos. Traía un mensaje de mi madre.
—¿Qué mensaje?
Mila sacó de su vestido un pequeño pergamino, enrollado y atado con una cinta negra. Lo había estado ocultando desde que llegó, temiendo su contenido, sabiendo que su contenido rompería el frágil equilibrio que habían construido.
Lo desenrolló y leyó en voz alta:
"Mila, hija mía. Tu abuela ha muerto. Nikolai ha tomado el control total de la familia y ha declarado que el pacto de los dos ríos es nulo. Dice que tu matrimonio con el lobo no tiene validez porque Yelena no tenía autoridad para oficiarlo. Ha enviado a Piotr con una partida de hombres para 'recuperar' a Yaroslav, al que considera el legítimo heredero de la magia de los Rasputín. Huye. No te detengas. No vuelvas a Nizhny Novgorod. No confíes en nadie que lleve el cuervo. Katerina."
Dmitri tomó el pergamino, lo leyó dos veces, y luego lo arrojó al fuego. Las llamas devoraron el papel, y con él, la última ilusión de que podrían seguir viviendo al margen de la guerra.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —preguntó.
—Mi madre dice que Piotr partió hace una semana. Si han venido directamente, podrían estar aquí en dos días.
Dmitri se levantó y caminó hacia la ventana. Afuera, la luna llena brillaba sobre el Volga, pintando el río de plata. En la orilla lejana, algo se movía entre los árboles. Sombras. Sombras que no deberían estar allí.
—No vendrán por el río —dijo—. Vendrán por el sur, por el sendero que usan los comerciantes de pieles. Y no vendrán solos.
—¿Qué hacemos?
Dmitri se volvió hacia ella, y por un momento, Mila vio en sus ojos no al hombre con el que había construido una vida, sino al lobo que había conocido en el mercado diez años atrás. El lobo que no se rendía.
—Tú llevas a los niños al norte, al refugio que mi padre construyó en las colinas de Vetluga. Yo me quedo.
—No. No vamos a separarnos otra vez.
—Mila...
—Dmitri Volkov, escúchame bien —dijo ella, levantándose y enfrentándolo con una furia que él no le veía desde la noche del altar—. No me voy a esconder mientras tú te quedas a pelear una batalla que no es solo tuya. Es nuestra. Todo esto es nuestro. La isla, los niños, la maldita guerra que heredamos. No me vas a dejar atrás otra vez. ¿Me oyes?