Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 9: Los Cuervos en la Isla

Los dos días que siguieron fueron de frenética preparación. Dmitri pasó la primera noche construyendo trampas en el sendero sur, usando su conocimiento del bosque y de las artes de caza que le había enseñado su abuelo. No eran trampas mortales—aún no—, sino trampas de disuasión: hoyos cubiertos de ramas, cuerdas tensadas entre los árboles que al ser tropezadas soltaban enjambres de avispas de un panal que había trasladado con cuidado, y un sistema de cuerdas que hacían sonar campanillas de cobre cuando alguien pisaba ciertos puntos.

—No es para matarlos —le explicó a Yaroslav, que lo seguía a todas partes—. Es para ganar tiempo. Para que sepan que este lugar no es tan fácil como parece.

—Papá, ¿por qué quieren llevarme?

La pregunta de Yaroslav lo detuvo en seco. Dmitri se arrodilló frente a su hijo y le puso las manos en los hombros.

—Porque hay gente que cree que la magia es algo que se posee. Que se hereda como una casa o un campo. Creen que porque tú tienes un don, ese don les pertenece a ellos. Pero no es así. La magia no es de nadie. La magia es.

—Mamá dice que la magia es como el río. Que no se puede encerrar.

—Tu madre es más sabia que yo. Escúchala siempre.

Mientras tanto, Mila preparaba el refugio en las colinas. Usó su magia de palabra no para lanzar hechizos, sino para hablar con las piedras y los árboles, pidiéndoles que ocultaran el camino. Recitó antiguos cantos que Yelena le había enseñado, canciones que hacían que las ramas se inclinaran y cerraran los senderos detrás de quien pasaba, creando un laberinto natural que solo aquellos con sangre Veduní podían navegar.

—No es mucho —dijo a la pequeña Zoya, que la observaba desde un cesto de mimbre—, pero será suficiente.

La segunda noche, las campanillas comenzaron a sonar.

Dmitri estaba de guardia en la copa del pino más alto de la isla, en su forma semiloba, con los sentidos extendidos como una red invisible sobre el territorio. Oyó las campanillas del sur, luego las del este, y luego, para su sorpresa, las del norte.

—No vienen solo por un lado —murmuró, descendiendo del árbol en un salto que lo dejó junto a la puerta de la cabaña—. Nos están rodeando.

Mila salió con Yaroslav de la mano y Zoya en un portabebés atado a su pecho. Llevaba una capa negra que su madre le había enviado años atrás, tejida con hilos de plata que reflejaban la luz de la luna.

—¿Cuántos son?

—Demasiados. Ocho por el sur, cinco por el este, y al menos tres por el norte. Pero lo que me preocupa es que alguien desactivó las trampas del norte sin hacer sonar una sola campanilla.

—Eso significa que tienen a alguien con ellos. Alguien que conoce la magia del bosque.

—O alguien que ha cazado lobos antes.

Se miraron un instante, y en ese instante pasó todo lo que no habían dicho en diez años: el miedo, la certeza, la despedida que no querían pronunciar.

—Lleva a los niños al refugio —dijo Dmitri—. Yo los retendré aquí el mayor tiempo posible.

—Dmitri...

—Mila, por favor. Esta vez déjame hacer esto. Déjame ser el lobo que protege a su manada.

Ella asintió, con lágrimas en los ojos que se negaba a dejar caer. Besó a Dmitri con la fuerza de diez años de amor y diez años de miedo, y luego tomó a Yaroslav de la mano.

—Ven, Yarik. Vamos a jugar a un juego. Vamos a ver si podemos llegar al escondite sin que nos encuentren.

—¿Y papá?

—Papá va a jugar a otro juego. El juego de los lobos.

Mila y Yaroslav desaparecieron en el sendero norte, el mismo que Dmitri había cerrado con trampas que ahora sabía que habían sido desactivadas. Esperó hasta que sus formas se perdieron entre los pinos, y luego se volvió hacia el sur, hacia donde las campanillas sonaban con más insistencia.

Se transformó por completo. No en la forma semiloba que usaba para correr y cazar, sino en el lobo pleno: un enorme animal de pelaje gris plateado, con ojos que brillaban como brasas en la oscuridad. Sus sentidos se amplificaron hasta lo insoportable: podía oler el sudor de los hombres que se acercaban, el aceite de sus mosquetes, el miedo que llevaban en el corazón.

Salió al encuentro de los primeros en el claro central, junto al pozo. Eran tres hombres, armados con mosquetes y espadas, vistiendo ropas de viaje que no ocultaban los cuervos bordados en sus capas. Rasputín.

El primero alzó su mosquete, pero Dmitri ya estaba sobre él antes de que pudiera disparar. No con los dientes, no con las garras. Se interpuso entre el hombre y el pozo, plantándose sobre sus cuatro patas con una postura que no era de ataque, sino de advertencia.

—¡Es el lobo! —gritó uno de ellos, retrocediendo.

—No es un lobo cualquiera —dijo una voz conocida, y del bosque surgió Piotr Rasputín, ahora un hombre de treinta y cinco años con el rostro marcado por una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda—. Es el cuñado. El que robó a mi hermana.

Piotr no llevaba mosquete. En su mano, una vara de fresno con runas talladas brillaba con una luz roja. Slovo, la magia de la palabra, concentrada en un bastón que había pertenecido a su abuelo.

—¿Dónde está Mila? —preguntó Piotr, con una calma que aterrorizaba más que los gritos—. Dímelo ahora y dejaré que vivas. Puedes quedarte en tu isla, con tus pinos y tu huerto. Solo quiero al niño.

Dmitri, en su forma de lobo, no podía hablar. Pero podía hacer algo mejor: podía mostrarle a Piotr lo que había en su corazón. Dejó que la magia de la Yestestvo fluyera de él, no como ataque, sino como revelación. Piotr sintió, en un instante, todo el amor de Dmitri por Mila, toda la ternura con la que había mecido a Yaroslav cuando era un bebé, toda la furia con la que protegería a su familia hasta el último aliento.

Piotr vaciló. Por un momento, la vara de fresno en su mano tembló, y la luz roja se atenuó. Luego, su rostro se endureció.

—Eso no cambia nada —dijo—. El niño no es tuyo. El niño es de los Rasputín. Tiene nuestra sangre, nuestra magia. Tú solo eres el que sembró la semilla, pero el fruto nos pertenece.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.