En los días que siguieron, la isla de los pinos se convirtió en un lugar diferente. Los Volkov que habían venido a defender a Dmitri no se fueron de inmediato. Taras, en un gesto que nadie esperaba, propuso construir una casa más para los que quisieran quedarse. No en la isla, que era demasiado pequeña, pero en la orilla, donde el río se ensanchaba y había tierra fértil.
—No es una alianza —dijo Taras, sentado en la cabaña de Dmitri, con una taza de té de hierbas en las manos—. No es una tregua. Es... no sé lo que es.
—Es un comienzo —dijo Varvara, a su lado—. Como la casa de Dmitri y Mila. Como Yaroslav. Como Zoya. Pequeños comienzos.
—Suena a algo que diría un Rasputín —gruñó Taras.
—Quizás —dijo Mila, que estaba amamantando a Zoya en un rincón—. Mi madre también decía cosas así. Antes de que mi padre le rompiera el espíritu.
El silencio que siguió fue pesado. Finalmente, Taras dejó su taza y miró a Mila con unos ojos que, por primera vez, no tenían recelo.
—Tu madre... ¿era buena persona?
—Era la mejor persona que he conocido. Hasta que mi padre decidió que no lo fuera más.
—Tu padre es un hombre que confunde el poder con la razón —dijo Taras—. Yo también fui así. Durante años, pensé que la fuerza era lo único que importaba. Que si éramos más fuertes, más feroces, nadie podría hacernos daño. Pero la fuerza no protege de todo. No protege de perder a un hijo, no protege de ver cómo tu familia se desgarra, no protege de la soledad de estar siempre en guerra.
—¿Y ahora? —preguntó Dmitri—. ¿Qué piensas ahora?
Taras miró a su hijo, y por un momento, el lobo viejo se convirtió en un hombre cansado.
—Ahora pienso que tal vez tu madre tenía razón. Que tal vez el puente no era una traición. Que tal vez era la única forma de llegar al otro lado.
No fue una reconciliación. No fue un perdón. Pero fue un paso. Un pequeño paso sobre un puente que, quizás, algún día conectaría las dos orillas.
Mientras tanto, Mila no podía dejar de pensar en las palabras de Piotr. Mamá dejó algo para ti. Está en la cámara de los espejos.
La cámara de los espejos era el corazón de la Terem Rasputín, el lugar donde Yelena había pasado sus últimos años, donde los espejos antiguos guardaban secretos que ni los propios Rasputín comprendían del todo. Mila había crecido en esa cámara, aprendiendo las runas, memorizando las palabras antiguas. Y ahora su madre le había dejado algo allí. Algo que, según Piotr, ella sabría cuándo era momento de ir a buscarlo.
Pero ir a la Terem significaba volver a Nizhny Novgorod. Significaba enfrentarse a su padre. Significaba poner en riesgo todo lo que habían construido.
—No tienes que ir ahora —le dijo Dmitri una noche, mientras estaban acostados junto al fuego, con los niños durmiendo en la habitación contigua—. Puede esperar.
—Mi abuela dijo que sabría cuándo era el momento. ¿Y si el momento es ahora?
—¿Sientes que es ahora?
Mila cerró los ojos y puso una mano sobre su vientre. No, no estaba embarazada otra vez. Pero algo se movía allí. Algo que no era un niño. Era como si una semilla que había estado dormida durante diez años finalmente comenzara a germinar.
—Sí —dijo—. Siento que es ahora.
Dmitri suspiró. —Entonces iremos juntos.
—No. Esto debo hacerlo yo sola.
—Mila...
—Dmitri, escúchame. Mi padre quiere a Yaroslav. Si te ve llegar conmigo a la Terem, lo tomará como una provocación. Pero si voy sola, como hija que vuelve a casa después de la muerte de su madre... tal vez pueda pasar desapercibida. Tal vez pueda entrar y salir sin que nadie lo sepa.
—¿Y si tu padre no te deja salir?
—Entonces tendrás que venir a buscarme. Y esta vez, no te detengas en la orilla.
Dmitri la miró largo rato. Finalmente, asintió.
—Tres días —dijo—. Si en tres días no has vuelto, iré a buscarte. Y no habrá flores en el camino esta vez.
Mila sonrió, una sonrisa triste. —No las habrá.