Mila llegó a Nizhny Novgorod al amanecer del segundo día, después de navegar toda la noche por el Volga en una pequeña barca que Dmitri le había preparado. La ciudad estaba despertando: los pescadores remendaban sus redes en el muelle, los panaderos encendían sus hornos, y en las calles adoquinadas, los primeros carros comenzaban a rodar.
La Terem Rasputín se alzaba en la colina alta, junto a la fortaleza del Kremlin, una estructura de madera y piedra que había sido la casa de los cuervos durante tres siglos. Mila la había visto miles de veces, pero nunca se había sentido tan ajena a ella. Las torres de vigía, los tejados de pizarra, los cuervos de hierro forjado que coronaban las puertas: todo le resultaba familiar y extraño al mismo tiempo, como una canción que has escuchado en otro idioma y sabes que alguna vez significó algo para ti, pero ya no recuerdas qué.
No entró por la puerta principal. Conocía la Terem mejor que nadie, excepto quizás su madre. Bordeó los muros exteriores hasta encontrar la entrada secreta que su abuela había hecho construir detrás de la antigua nevera, un pasadizo que solo los iniciados en la Slovo podían abrir. Recitó las palabras que Yelena le había enseñado cuando era niña, palabras que no había pronunciado en más de una década, y la piedra se deslizó hacia un lado, revelando un corredor oscuro.
El interior de la Terem no había cambiado. Los mismos pasillos de madera ennegrecida, las mismas alfombras rojas desgastadas por los pasos de generaciones, el mismo olor a incienso y a libros viejos. Pero algo había cambiado en el aire. Había un vacío donde antes había presencia. La ausencia de Yelena se sentía en cada rincón, como si la vieja matriarca hubiera sido el alma del lugar y, sin ella, la Terem no fuera más que un cuerpo sin vida.
La cámara de los espejos estaba en el piso más alto, en una torre que se alzaba sobre el resto de la casa. Mila subió la escalera de caracol con el corazón latiéndole en la garganta, sintiendo cómo cada paso la acercaba no solo al legado de su abuela, sino a los diez años de silencio que había mantenido con su propia historia.
La puerta de la cámara estaba abierta.
Entró.
La cámara de los espejos era una habitación circular, con ventanas en cada punto cardinal que dejaban entrar la luz del amanecer. Pero lo que daba nombre al lugar eran los espejos: siete espejos de diferentes tamaños y formas, dispuestos en círculo, cada uno con un marco tallado con runas y símbolos que brillaban débilmente con una luz propia. Los espejos no reflejaban solo el presente. Cada uno de ellos, decía la leyenda, guardaba un fragmento de la memoria de los Rasputín, un eco de las palabras que se habían pronunciado frente a ellos a lo largo de los siglos.
En el centro de la habitación, sobre un cojín de terciopelo descolorido, había un objeto que Mila reconoció de inmediato: el bastón de su abuela. No la vara de fresno que había usado en los rituales públicos, sino el bastón personal, el que había llevado siempre consigo en sus últimos años. Era de sauce negro, retorcido por el tiempo, con un pomo de plata en forma de cuervo. Y junto al bastón, un pergamino atado con una cinta de seda blanca.
Mila se arrodilló junto al bastón y tomó el pergamino. Sus manos temblaban. Desató la cinta y desenrolló el papel.
No era un pergamino ordinario. Era un mapa.
Un mapa de los dos ríos, del Volga y del Oka, pero dibujado con una precisión que no era cartográfica. Cada curva del río, cada colina, cada bosque estaba marcado no solo con su forma, sino con su nombre verdadero: el nombre que solo los Veduní conocían, el nombre que era la esencia misma de cada lugar. Y en el centro, donde los dos ríos se encontraban, había una X. No una X cualquiera, sino una X formada por dos líneas que no eran rectas: una que ondulaba como un río, otra que zigzagueaba como un rayo.
Debajo del mapa, unas palabras escritas con la letra temblorosa de Yelena:
"Mila, nieta mía. Si estás leyendo esto, es porque he muerto. Lo siento. No quería irme sin decirte adiós, pero a veces la muerte no espera a que estemos listos. Te dejo lo único que siempre fue mío: las palabras verdaderas de los dos ríos. En el lugar donde se encuentran, bajo la piedra que canta, está el origen de nuestra magia. No la magia de los Volkov ni la de los Rasputín. La magia de antes. La magia de los que vinieron a estas tierras cuando los ríos eran nuevos y la tierra aún no tenía nombre. Ve y encuéntrala, si puedes. Y si no puedes, guarda este mapa para cuando tus hijos estén listos. Porque la guerra no terminará con un pacto, ni con una boda, ni con un niño que hace florecer la tierra. Terminará cuando alguien recuerde lo que fuimos antes de ser lobos y cuervos. Terminará cuando alguien sea capaz de pronunciar la palabra que nos hizo olvidar. Te quiero, Mila. Cuida de tu lobo. Cuida de tus hijos. Cuida de la tierra. Y no dejes que nadie te diga que no puedes hacer las dos cosas a la vez: ser fuerte y ser amable. Eso es lo que nunca entendió tu padre. No se trata de elegir. Se trata de ser las dos cosas al mismo tiempo. Tu abuela, Yelena."
Mila leyó el pergamino dos veces, tres veces, hasta que las palabras se grabaron en su memoria como hierro candente. Luego, enrolló el mapa y lo guardó en el interior de su capa, junto a su corazón.
Al levantarse, se encontró con un espejo. No uno de los siete antiguos, sino un espejo pequeño, de mano, que su madre le había regalado cuando cumplió trece años. Estaba apoyado contra la pared, olvidado, cubierto de polvo. Mila lo tomó y se miró en él.
El rostro que le devolvió no era el de la joven que había escapado de la Terem diez años atrás. Era el rostro de una mujer de treinta años, con las primeras arrugas en las comisuras de los ojos, el cabello largo y oscuro salpicado de hebras grises, la mirada más profunda y más serena. Era el rostro de alguien que había construido una vida con sus propias manos, que había conocido el amor y el miedo, que había visto nacer a sus hijos y que había aprendido a perdonar, si no a su padre, al menos a sí misma.