Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 12: El Secreto de los Dos Ríos

Pasó un mes antes de que Mila se sintiera lista para enfrentar el mapa de Yelena. No era un mapa ordinario. Cada vez que lo miraba, las líneas se movían, los ríos cambiaban de curso, los nombres verdaderos de los lugares brillaban y se oscurecían como si estuvieran vivos. Era un mapa que no podía ser leído con los ojos, solo con la magia.

Yaroslav fue quien finalmente le mostró el camino.

—Mamá, el mapa está hablando —dijo una tarde, mientras Mila lo tenía extendido sobre la mesa de la cocina.

—¿Tú lo oyes?

—No es que lo oiga. Es que lo siento. Las palabras... no están escritas. Están cantadas. Alguien las cantó hace mucho tiempo, y el mapa las guarda. Como una canción que se repite sola.

Mila miró a su hijo con una mezcla de asombro y temor. A los diez años, Yaroslav entendía cosas que a ella le había llevado una vida entera empezar a comprender. La magia del pacto, la unión de la palabra y la bestia, era más poderosa de lo que nunca habían imaginado.

—¿Puedes cantarlas? —preguntó.

Yaroslav cerró los ojos y puso las manos sobre el mapa. Por un momento, no pasó nada. Luego, sus labios comenzaron a moverse, y de ellos salió un sonido que no era exactamente una palabra, ni exactamente una melodía. Era algo intermedio: un canto que vibraba en el aire como el zumbido de las abejas en verano, que hacía que los objetos de la cabaña temblaran ligeramente, que las hierbas colgadas del techo se balancearan como si un viento invisible las moviera.

Y las líneas del mapa comenzaron a moverse.

No era una ilusión. Los ríos dibujados en el pergamino se retorcieron, cambiaron de curso, se unieron y se separaron, hasta que finalmente se detuvieron en una configuración que Mila reconoció de inmediato. No era el mapa de los dos ríos como eran ahora. Era el mapa de los dos ríos como habían sido antes. Antes de que los Veduní llegaran. Antes de que las ciudades se construyeran. Antes de que los Volkov y los Rasputín comenzaran su guerra eterna.

En el centro, donde ahora estaba Nizhny Novgorod, había un lago. Un lago enorme, en forma de corazón, del que nacían los dos ríos como venas de un corazón palpitante.

—Eso no puede ser —murmuró Mila—. Los geógrafos dicen que los ríos siempre han tenido este curso.

—Los geógrafos no saben de magia —dijo Dmitri, que había entrado en silencio y miraba el mapa por encima del hombro de Mila—. Ese lago... ¿qué es?

—Es el origen —dijo Yaroslav, abriendo los ojos—. El lugar donde empezó todo. Donde las palabras se hicieron carne y la bestia aprendió a hablar.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Mila.

—El mapa me lo ha dicho. O la canción. No sé. Es como si hubiera estado allí. Como si lo recordara.

Mila y Dmitri se miraron. El miedo que vieron en los ojos del otro era el mismo.

—Tenemos que ir —dijo Mila.

—¿Al lago? Pero si el lago ya no existe. Si alguna vez existió, hace siglos que desapareció.

—No ha desaparecido. Está bajo tierra. En algún lugar, bajo la ciudad, bajo los dos ríos, el lago sigue allí. Y las palabras verdaderas están en su fondo.

—¿Y cómo vamos a encontrar un lago subterráneo bajo una ciudad entera?

Mila sonrió. —Con esto —levantó el bastón de Yelena—. Y con esto —puso la mano sobre el corazón de Yaroslav—. Y con esto —miró a Dmitri a los ojos—. Juntos.

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La búsqueda del lago subterráneo los llevó de vuelta a Nizhny Novgorod, pero esta vez no fueron solos. Ilya Volkov, que se había convertido en un hombre de confianza después de la noche de los cuervos en la isla, los acompañó con una partida de jóvenes lobos que no tenían el odio de sus padres en el corazón. Anastasia, la hermana menor de Mila, que ahora tenía veinte años y una magia que apenas comenzaba a florecer, escapó de la Terem para unirse a ellos. Y Gorazd, el cuervo de Yelena, que había estado ausente desde la muerte de la vieja matriarca, apareció una mañana posado en el mástil de la barca, con sus ojos de rubí brillando como faros en la niebla.

—La vieja me dijo que viniera —dijo Gorazd, con su voz cascada, y Mila se dio cuenta de que el cuervo hablaba ahora con la voz de su abuela, como si Yelena hubiera dejado un eco de sí misma en el pájaro—. Dijo que cuando el mapa despertara, yo debía estar aquí para mostrar el camino.

—¿Tú sabes dónde está la entrada? —preguntó Mila.

—Lo sabía. Pero la ciudad ha cambiado. Han construido encima. Habrá que buscar.

Buscaron durante tres días. Recorrieron los sótanos de las iglesias, las bodegas de los mercaderes, las cuevas naturales que se abrían en las colinas alrededor de la ciudad. En cada lugar, Yaroslav ponía las manos sobre la tierra y escuchaba, y Gorazd graznaba y volaba en círculos, y Mila consultaba el mapa que ahora vivía en su memoria como un segundo latido.

Fue Anastasia quien encontró la entrada. La hermana menor de Mila, la que había ayudado a escapar aquella noche lejana, había desarrollado una habilidad inesperada: podía sentir la magia en el agua como otros sienten el frío o el calor. Y en el sótano de una vieja panadería abandonada cerca del mercado, sintió algo.

—Aquí —dijo, arrodillándose junto a un pozo cegado por piedras y escombros—. Hay agua abajo. Mucha agua. Y no es agua del río. Es agua más antigua. Agua que ha estado dormida.

Los lobos apartaron las piedras con sus manos y sus garras, abriendo el pozo hasta que la oscuridad del fondo reveló un brillo tenue, como si hubiera luz bajo la tierra. Mila tomó el bastón de Yelena y recitó las palabras que había estado practicando en secreto durante semanas, palabras que su abuela le había enseñado en los sueños que a veces la visitaban por las noches.

El bastón brilló con luz blanca, y el agua del pozo respondió. Subió, subió, como si la gravedad se hubiera invertido, formando una columna líquida que se elevó hasta la superficie y luego se extendió en una escalera de agua que descendía hacia las profundidades.




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