Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 13: El Despertar de la Isla

El invierno que siguió al hallazgo del cuerno fue el más largo que Mila recordaba. El Volga se congeló hasta convertirse en una carretera de hielo que unía las orillas, y la isla de los pinos quedó aislada del mundo, flotando en un mar blanco bajo cielos que amanecían tarde y anochecían temprano.

Pero dentro de la cabaña, había calor.

No el calor de la estufa de leña, aunque también ardía día y noche. Era otro calor, más antiguo, que provenía del cuerno de la unión, que Mila había colocado en el centro de la mesa de cocina, y que desde entonces llenaba la casa con una luz tenue que no se apagaba nunca. Era el calor de la memoria, de los recuerdos que seguían fluyendo del objeto como agua de un manantial, y que cada noche, cuando la familia se reunía alrededor del fuego, se derramaban en forma de historias.

—Cuéntame otra vez lo del lago —pedía Zoya, que a sus siete años era insaciable en su hambre de historias. La niña se sentaba en las rodillas de su madre con los ojos muy abiertos, mientras afuera la nieve caía silenciosa sobre los pinos.

—Ya te la he contado cien veces —decía Mila, pero siempre accedía. No podía negarle nada a esa hija que había heredado sus ojos verdes y el cabello oscuro de Dmitri, que reía como reían los ríos en primavera, con una alegría que rompía cualquier barrera de hielo.

—Pero me gusta. Cuéntame cómo encontramos el lago. Cuéntame cómo cantó Yaroslav. Cuéntame cómo el agua se abrió.

Y Mila contaba. Y mientras contaba, Yaroslav la escuchaba también, aunque la había vivido. Había algo en la repetición de las historias que lo calmaba, que le daba forma a los fragmentos de memoria que flotaban en su cabeza como esquirlas de un espejo roto. Desde que había tocado el mapa, desde que había cantado la canción que abrió el camino al lago, Yaroslav había cambiado. No en su cuerpo, que seguía siendo el de un niño de diez años, delgado y ágil, con las orejas ligeramente puntiagudas que eran el único rasgo visible de su herencia lobuna. Había cambiado en sus ojos. En sus ojos había ahora una profundidad que no pertenecía a su edad, una calma que no era la calma de la infancia sino la calma de algo que ha visto el principio y el final de las cosas y ha entendido que son lo mismo.

Dmitri lo miraba a veces con una mezcla de orgullo y temor. Su hijo era un puente entre dos mundos, pero también era algo más. Era algo que ni los lobos ni los cuervos habían visto en siglos. Era un Veduní completo, con la bestia y la palabra en equilibrio, con la tierra y el agua fluyendo en su sangre como dos ríos que se encuentran y se funden.

—Va a hacer grandes cosas —dijo Dmitri una noche, mientras Mila cosía junto a la ventana y Yaroslav dormía en su camastro, con el cuerno de la unión brillando suavemente a su lado.

—Ya las está haciendo —respondió Mila—. Lo importante es que no lo consuman.

—¿Crees que podría consumirlo?

—Cualquier poder puede consumir a cualquiera. Por eso no estamos solos. Por eso tenemos a Zoya, para que se ría y lo baje a la tierra. Por eso nos tenemos nosotros, para recordarle que es un niño antes que un mago. Por eso estamos aquí, en esta isla, donde nadie viene a pedirle nada.

—No van a dejarnos solos para siempre —dijo Dmitri, y en su voz había la sombra de algo que llevaba meses callando—. Mi padre... mi padre no va a olvidar lo que pasó en su fortaleza. Va a venir. Y tu madre también, cuando sepa que tenemos el cuerno.

—Mi madre no es matriarca desde que Yelena murió —dijo Mila, pero su voz no era tan firme como hubiera querido—. Anastasia me escribió. Dice que la Terem está dividida. Que las jóvenes quieren saber la verdad. Que las viejas se aferran a las profecías de siempre. Que mi madre se pasa los días encerrada en la cámara de los espejos, hablando con los ecos.

—¿Y tu padre?

—Mi padre... —Mila hizo una pausa, la aguja suspendida en el aire—. Mi padre está esperando. No sabe qué hacer. Por primera vez en su vida, no tiene certezas. Y eso lo aterra más que cualquier enemigo.

Dmitri se levantó de su silla y fue a sentarse junto a ella. Tomó sus manos, las manos que habían sostenido el cuerno, que habían abierto el camino al lago, que habían traído la verdad a la superficie.

—¿Tú qué crees? —preguntó—. ¿Crees que podemos ganar?

—No se trata de ganar —dijo Mila, apoyando la cabeza en su hombro—. Se trata de que no haya perdedores. Eso es lo que nos enseñó el cuerno. La guerra no la ganan los fuertes, Dmitri. La guerra la pierden todos. Y la única manera de terminar una guerra es no empezar la siguiente.

—Bonito —dijo él con una sonrisa triste—. Pero no responde a mi pregunta.

—No —admitió Mila—. No responde. Porque no sé la respuesta. Solo sé que tenemos que intentarlo. Por Yaroslav. Por Zoya. Por todos los niños que están creciendo en la Terem y en la fortaleza de los Volkov, aprendiendo a odiar antes de aprender a hablar. Si no lo intentamos nosotros, ¿quién?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.