La primera visita llegó con el deshielo.
Era finales de marzo, y el Volga comenzaba a romper su capa de hielo con un estruendo que se oía desde la isla como el rugido de un animal despertando después de una larga hibernación. Mila estaba en la orilla, ayudando a Yaroslav a reparar una de las barcas que el invierno había dañado, cuando vio una figura que caminaba sobre el hielo quebradizo con una seguridad que no parecía humana.
La figura se acercó, y Mila reconoció el andar. Era Ilya Volkov, pero no era el mismo Ilya que había partido después de la visita a la fortaleza de los lobos. Este Ilya caminaba con paso más firme, con la cabeza más alta, y a su lado, caminaba una figura que Mila no esperaba ver nunca en la isla.
Era una mujer joven, de no más de veinte años, con el cabello rubio como el trigo y los ojos del color del ámbar. Vestía ropas de piel, como los lobos, pero en su cuello colgaba un colgante que Mila reconoció de inmediato: era un cuervo de plata, el símbolo de las Rasputín.
—Mila —dijo Ilya, haciendo una reverencia que no era propia de un Volkov—. Te traigo a alguien que quiere conocerte.
La mujer dio un paso adelante. —Me llamo Luda —dijo, y su voz era suave, pero firme—. Soy hija de Anastasia.
Mila sintió que el suelo se movía bajo sus pies. —¿Hija de Anastasia? ¿Mi hermana tiene una hija?
—Tiene dos —dijo Luda con una sonrisa—. Mi hermana menor se llama Yelena, como tu abuela. Mamá dice que no podía ponerle otro nombre. Que Yelena fue la más grande de todas.
—¿Y tu padre? —preguntó Mila, todavía aturdida.
—Mi padre es Ilya —dijo Luda, y la sonrisa se amplió.
Mila miró a Ilya, que había enrojecido hasta las orejas. El lobo que había llegado a la isla lleno de odio y se había ido lleno de dudas había encontrado algo en el camino de regreso. Algo que ninguno de los dos había buscado, pero que el río, en su infinita sabiduría, les había dado.
—Entra —dijo Mila, tomando a Luda del brazo—. Entra, tienes que contármelo todo. ¿Cómo es Anastasia? ¿Sigue en la Terem? ¿Cómo es que estás aquí, con Ilya, cruzando el hielo como si nada?
Luda rió, y su risa era la risa de Anastasia, la misma risa que Mila había escuchado cuando su hermana era una niña y se escapaban juntas al jardín de la Terem para jugar entre los arbustos de grosellas.
—Mamá está bien —dijo mientras caminaban hacia la cabaña—. Está en la Terem, pero no como antes. Ahora es ella la que enseña a las jóvenes. Les muestra el mapa de Yelena. Les canta las canciones que tú le enseñaste cuando eras pequeña. Dice que la verdad no se impone, se siembra. Y que las semillas que siembra ahora darán fruto cuando ella ya no esté.
—¿Y tu abuela? —preguntó Mila, y la pregunta pesó en el aire—. ¿Katerina?
Luda hizo una pausa. —La abuela Katerina... está enferma. No del cuerpo. Del espíritu. Desde que papá Nikolai le contó lo del lago, lo del cuerno, lo de la verdad, algo se rompió dentro de ella. Mamá dice que ha pasado toda su vida construyendo un mundo sobre una mentira, y que ahora que sabe la verdad, no sabe cómo vivir en ella. Se pasa los días en la cámara de los espejos, hablando con Yelena. O con lo que ella cree que es Yelena.
—¿Y tu abuelo? —preguntó Dmitri, que había salido de la cabaña al oír las voces.
Ilya respondió antes de que Luda pudiera hacerlo. —Nikolai se ha encerrado en la fortaleza. No sale. No recibe a nadie. Dicen que pasa las noches aullando como un lobo, pero no es un aullido de lobo. Es un aullido de hombre. De un hombre que ha perdido todo lo que creía verdadero.
—Mi padre no aúlla —dijo Dmitri con una sonrisa amarga—. Mi padre gruñe. Y cuando gruñe, es mejor estar lejos.
—Estamos lejos —dijo Ilya—. Pero no podemos estarlo para siempre. Por eso hemos venido.
—¿Por qué? —preguntó Mila.
Ilya y Luda se miraron. Hubo un silencio, un intercambio de miradas que hablaba de conversaciones nocturnas, de miedos compartidos, de un amor que había nacido en el terreno baldío entre dos mundos en guerra.
—Porque los viejos se están muriendo —dijo Ilya finalmente—. Mi padre. Tu padre. Los que empezaron la guerra. Se están muriendo de odio, de orgullo, de no poder soltar lo que los está matando. Y cuando mueran, alguien tiene que estar ahí para recoger lo que dejan.
—¿Y qué dejan? —preguntó Mila, aunque ya sabía la respuesta.
—Nos dejan a nosotros —dijo Luda—. A los jóvenes. A los que no elegimos esta guerra. A los que queremos algo diferente.
—¿Y qué es lo que queréis?
Luda abrió la boca para responder, pero fue Yaroslav quien habló primero. El niño había salido de la cabaña sin que nadie lo viera, y ahora estaba de pie en el umbral, con el cuerno de la unión en sus manos, brillando con una luz que eclipsaba la del sol de marzo.
—Quieren volver a casa —dijo Yaroslav, y su voz no era la de un niño. Era la voz del río, la voz de la tierra, la voz de algo que había estado esperando durante siglos que alguien hiciera la pregunta correcta.
Luda e Ilya se arrodillaron instintivamente. No fue un acto de sumisión. Fue un acto de reconocimiento. Ante ellos estaba algo que no habían visto nunca, algo que las historias de sus abuelos apenas alcanzaban a nombrar: un Veduní completo, un puente entre la bestia y la palabra, entre la tierra y el agua.
—Levántate —dijo Yaroslav a Ilya, y había una ternura en su voz que no era propia de un niño, pero tampoco era propia de un adulto. Era la ternura de algo que ha existido desde el principio y ha visto todas las guerras y todos los odios y ha esperado pacientemente a que los humanos estuvieran listos para algo mejor—. No te arrodilles ante mí. Yo no soy tu señor. Soy tu hermano.
Ilya se levantó con los ojos llenos de lágrimas. Había sido un guerrero. Había matado. Había creído en la guerra como la única verdad. Y ahora un niño de diez años le decía que había otra manera.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
Yaroslav miró a su madre. Mila asintió, apenas perceptiblemente. Era el momento. No lo habían planeado, pero quizás las cosas no debían planearse. Quizás algunas cosas simplemente sucedían cuando estaban listas para suceder.