Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 15: La Marcha hacia la Ciudad

Partieron al amanecer del día siguiente. No eran muchos: Mila, Dmitri, Yaroslav, Zoya, Ilya, Luda, y un puñado de jóvenes lobos y cuervos que habían llegado a la isla en las semanas posteriores al deshielo, atraídos por historias que corrían como el viento entre los Veduní más jóvenes. Había un lobo de Kazán que había caminado quinientas verstas para ver al niño que podía cantar los nombres verdaderos. Había una cuerva de Smolensk que había escapado de su Terem con un mapa antiguo enrollado en la manga. Había un anciano que decía llamarse Semyon y que había sido amigo de Yelena cuando ambos eran jóvenes, y que ahora, con los ojos nublados por las cataratas pero la memoria más clara que nunca, quería ver antes de morir lo que su amiga había soñado toda la vida.

No eran un ejército. Eran una procesión. Caminaban en fila por la orilla del Volga, con el río a su izquierda y los bosques de abedules a su derecha, y delante de todos, Yaroslav caminaba con el cuerno de la unión colgado al cuello, brillando suavemente bajo el sol de abril.

En los pueblos que atravesaban, la gente salía a mirarlos. No con miedo, al menos no al principio. Salían con curiosidad, con desconcierto, con algo que en los rostros de los más viejos parecía un atisbo de reconocimiento. Porque aquellos que caminaban por la orilla del río no llevaban las marcas de los lobos ni los símbolos de los cuervos. Llevaban algo más simple: llevaban la memoria. Y la memoria, aunque hubiera estado dormida durante siglos, era reconocible para aquellos que alguna vez la habían tenido.

—¿Quiénes sois? —preguntó una campesina en un pueblo cerca de Kstovo. Era una mujer mayor, con las manos encallecidas y la espalda encorvada por los años de trabajo en el campo. Pero sus ojos eran agudos, y en ellos había algo que Mila reconoció de inmediato: era una Veduní. Una de las que habían olvidado. O que habían sido obligadas a olvidar.

—Somos los que recuerdan —dijo Yaroslav—. Los que han vuelto a oír la voz del río.

La mujer lo miró largo rato. Luego, sin decir palabra, se quitó el pañuelo que cubría su cabeza y lo dejó caer al suelo. Bajo el pañuelo, su cabello era del color de la plata, pero en las sienes, Mila vio algo que la hizo contener la respiración: dos mechones blancos, como los que Yelena tenía en sus últimas décadas. Como los que Mila tenía ahora.

—Yo también recuerdo —dijo la mujer, y su voz temblaba—. Recuerdo cuando el agua cantaba. Recuerdo cuando la tierra respondía. Recuerdo antes de que nos hicieran olvidar.

—¿Quién te hizo olvidar? —preguntó Yaroslav.

—Los de la ciudad —dijo la mujer—. Los que vinieron con libros y leyes y nos dijeron que nuestra magia era pecado. Los que quemaron nuestras runas y mataron a nuestros cuervos y nos obligaron a rezar a un dios que no conocíamos. Pero yo no olvidé del todo. A veces, por las noches, cuando el río está quieto y la luna llena, todavía oigo algo. Una canción muy lejana. Como un recuerdo de un recuerdo.

—Esa canción —dijo Yaroslav— es la que vamos a cantar en Nizhny Novgorod. Para que todos la oigan. Para que nadie pueda decir que no sabe.

La mujer asintió lentamente. Luego, sin más palabras, se puso en fila detrás de ellos. No llevaba armas. No llevaba nada excepto sus manos encallecidas y su memoria despertando. Pero su presencia añadió algo a la procesión que no había tenido antes: la bendición de los que habían sufrido en silencio y ahora, por fin, veían una luz al final del túnel.

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A medida que se acercaban a Nizhny Novgorod, la procesión crecía. En cada pueblo, en cada aldea, en cada granja aislada entre los bosques, había alguien que salía a mirarlos y se quedaba a caminar con ellos. Algunos eran Veduní que habían olvidado su herencia. Otros eran humanos comunes que sentían que algo importante estaba sucediendo, aunque no supieran nombrarlo. Y había también aquellos que se acercaban con miedo, con desconfianza, con las piedras en las manos listas para arrojar, pero que al oír la voz de Yaroslav —esa voz que no era la suya, que era la voz del río— bajaban los brazos y se quedaban en silencio, escuchando.

Para cuando llegaron a las afueras de Nizhny Novgorod, eran más de trescientas personas. No era un ejército, pero era algo que tal vez era más poderoso que un ejército: era una comunidad. Gente que había caminado durante días para escuchar una canción que ni siquiera habían oído todavía, pero que de alguna manera sabían que necesitaban escuchar.

La ciudad los recibió con las puertas cerradas.

En las murallas del Kremlin, Mila vio las banderas de los boyardos, los escudos de los zares, las túnicas de los soldados. Pero también vio, en las ventanas de las casas, rostros que se asomaban con curiosidad. Vio a las campesinas que dejaban sus puestos en el mercado para correr hacia las puertas. Vio a los niños que trepaban a los tejados para ver mejor. Vio a los viejos que salían de las iglesias con los iconos en las manos, confundidos, preguntándose qué significaba aquella multitud que se congregaba en la orilla del río sin armas, sin banderas, sin nada excepto una luz tenue que brillaba en el cuello de un niño.

—¿Qué queréis? —gritó un boyardo desde lo alto de la muralla. Era un hombre gordo, con una barba roja y un miedo evidente en los ojos—. ¿Venís a atacar la ciudad?

—Venimos a cantar —respondió Mila, con una voz que llevaba toda la fuerza de la Slovo, todas las palabras que Yelena le había enseñado, toda la verdad que había encontrado en el fondo del lago.

—¿A cantar? —El boyardo parecía desconcertado—. ¿Qué clase de ataque es ese?

—No es un ataque —dijo Yaroslav, dando un paso adelante. Su voz era suave, pero se oyó en toda la muralla, en todo el mercado, en toda la ciudad. Como si el río mismo hubiera tomado la palabra—. Es una invitación.

—¿Una invitación a qué?

—A recordar. A recordar lo que fuimos antes de que el miedo nos separara. A recordar que los ríos no son solo agua. Que la tierra no es solo barro. Que hay magia en este lugar, magia que ha estado dormida durante siglos, esperando que alguien la despierte.




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