La plaza principal de Nizhny Novgorod estaba llena.
No solo de los trescientos que habían llegado con la procesión. Había también los habitantes de la ciudad, que habían salido de sus casas al oír que algo extraño estaba sucediendo en las puertas. Había los mercaderes de la feria, que dejaron sus puestos para ver qué era aquella luz que brillaba en el cuello de un niño. Había los pescadores del Volga, que habían sentido algo extraño en el agua esa mañana, un temblor que no era de la corriente, una vibración que parecía venir de muy abajo, de muy atrás en el tiempo. Había los monjes del monasterio de las Cuevas, que habían visto en sueños a una mujer con el cabello de plata caminando sobre las aguas. Había los soldados del Kremlin, que bajaron las armas porque de repente no podían recordar por qué las habían levantado.
Y en el centro de la plaza, Yaroslav se puso de pie sobre una piedra que había estado allí desde antes de que la ciudad existiera, una piedra que nadie miraba nunca, que los constructores habían dejado porque era demasiado grande para moverla, y que ahora brillaba con una luz tenue, respondiendo a algo que solo ella recordaba.
—Hoy —dijo Yaroslav, y su voz no era la de un niño, pero tampoco era la de un adulto. Era la voz de algo intermedio, algo que había estado esperando durante siglos a que alguien la pronunciara—, hoy voy a cantar una canción. Una canción que nadie ha cantado en trescientos años. Una canción que los ríos me enseñaron cuando bajé al lago donde empezó todo. No es una canción de guerra. No es una canción de victoria. Es una canción de recuerdo. Es la canción de lo que fuimos antes de olvidar quiénes éramos.
Y levantó el cuerno de la unión a sus labios.
Pero no sopló. El cuerno no necesitaba que lo soplaran. El cuerno era solo un instrumento, y la música ya estaba en Yaroslav, en su sangre, en sus huesos, en los recuerdos que habían estado latentes en él desde antes de nacer.
Cantó.
No fue una canción con palabras. O tal vez lo fue, pero las palabras no eran palabras humanas. Eran las palabras que los ríos habían susurrado a los primeros Veduní, las palabras que la tierra había grabado en las piedras antes de que hubiera humanos para leerlas, las palabras que el viento había llevado desde el norte helado hasta los mares del sur, llevando consigo las historias de todos los que habían vivido y amado y muerto en las orillas de los dos ríos.
La canción resonó en la plaza, y las piedras de las calles comenzaron a vibrar. Resonó en los muros del Kremlin, y las grietas que los años habían abierto en la piedra comenzaron a cerrarse. Resonó en las aguas del Volga, y el río que había estado dormido durante tres siglos comenzó a despertar.
La gente escuchaba en silencio. No entendían las palabras, pero entendían algo más profundo. Entendían que estaban escuchando algo que había estado perdido y que ahora volvía. Entendían que cada nota era un fragmento de memoria, una pieza de un rompecabezas que había estado roto desde antes de que ellos nacieran. Entendían que lo que estaban oyendo era, simplemente, la verdad. No la verdad de los libros, no la verdad de los sacerdotes, no la verdad de los boyardos. La verdad más antigua: la verdad del agua que fluye, de la tierra que da fruto, de los seres humanos que son parte de algo más grande que ellos mismos y que solo son felices cuando recuerdan eso.
Y mientras Yaroslav cantaba, las aguas del Volga comenzaron a subir.
No era una inundación. Era algo más suave, más lento, más deliberado. El agua se elevaba por las orillas, cubriendo los muelles, subiendo por las calles empedradas, pero no con violencia. Subía como sube la savia por el tronco de un árbol en primavera, con una determinación tranquila, con una alegría contenida. Subía porque había estado contenida durante demasiado tiempo y ahora, por fin, le dejaban fluir.
La gente se apartaba para dejar paso al agua, pero no había miedo en sus rostros. Había asombro. Porque el agua no estaba fría, como debería haber estado en abril. Estaba tibia. Estaba viva. Y cuando les mojaba los pies, sentían algo que no habían sentido nunca, o que habían sentido pero habían olvidado: sentían que el río los conocía. Que los había visto nacer. Que había llevado sus lágrimas hasta el mar y las había traído de vuelta convertidas en lluvia. Que había estado allí antes de ellos y estaría allí después, y que esa continuidad, esa memoria, era lo que los hacía parte de algo más grande que sus propias vidas pequeñas.
En la Terem de los Rasputín, Katerina oyó la canción.
Estaba en la cámara de los espejos, como cada día desde que Mila había partido, hablando con los ecos de Yelena, o con lo que ella creía que eran los ecos de Yelena. Pero cuando la canción llegó a la torre, los espejos se rompieron. No en pedazos, sino en memoria. Los fragmentos de cristal flotaron en el aire, girando lentamente, y en cada fragmento, Katerina vio un rostro. Vio a Yelena joven, riendo en el jardín de la Terem. Vio a su propio padre, que había muerto cuando ella era niña, enseñándole las runas con una paciencia infinita. Vio a Mila recién nacida, con los ojos verdes y los brazos gordezuelos, aferrándose a su dedo como si nunca fuera a soltarlo. Vio a Dmitri Volkov en la noche del pacto, con el rostro iluminado por la luna, prometiendo proteger a su hija con su vida.
Y en medio de los fragmentos, vio a Yelena otra vez. Pero esta vez no era un eco. Era algo más.
—Mamá —susurró Katerina, y tenía ochenta años pero en ese momento era una niña otra vez, una niña que había perdido a su madre demasiado pronto y nunca había aprendido a vivir sin ella.
—Hija —dijo la voz, y era la voz de Yelena, pero también era la voz del río, la voz de la tierra, la voz de algo que estaba en todas partes y en ninguna—. Baja. Baja a la plaza. Baja y escucha. Es la canción que esperaste toda tu vida. No la dejes pasar.
Katerina bajó las escaleras de caracol con las piernas temblorosas, con las manos temblorosas, con el corazón tembloroso. En la puerta de la Terem, Anastasia la esperaba.