En la plaza, el agua del Volga había subido hasta las rodillas.
Pero no era un agua ordinaria. Era un agua que brillaba, que cantaba, que vibraba con la misma frecuencia que la voz de Yaroslav. Era un agua que no mojaba, o que mojaba de una manera diferente, como si no fuera agua lo que tocaba la piel sino memoria. Los que estaban en la plaza sentían que el río les hablaba, que les contaba historias que habían olvidado, que les devolvía fragmentos de sí mismos que habían perdido en el camino.
En el centro de la plaza, sobre la piedra antigua, Yaroslav seguía cantando. Pero ya no era solo él. A su alrededor, la procesión que había caminado desde la isla había comenzado a cantar también, y sus voces se unían a la suya como los afluentes se unen al río principal. Y luego, los habitantes de la ciudad comenzaron a cantar, al principio con timidez, luego con más confianza, luego con una certeza que no sabían que tenían. Y luego los soldados, los mercaderes, los monjes, todos cantaban, todos recordaban, todos eran parte de algo que no entendían del todo pero que sentían en lo más profundo.
Y en medio de la multitud, Mila vio a sus padres.
Katerina llegó del brazo de Anastasia, con el rostro bañado en lágrimas, con el cabello blanco suelto sobre los hombros, sin el bastón de ébano, sin los símbolos de poder, sin nada excepto su humanidad. Y a pocos pasos, Nikolai Rasputín llegó del brazo de Dmitri, con los ojos desorbitados, con las manos temblorosas, con la mirada de un hombre que ha visto derrumbarse todo lo que creía verdadero y está descubriendo que, al otro lado del derrumbe, no hay abismo sino algo que nunca se atrevió a imaginar.
Se vieron. Katerina y Nikolai se vieron a través de la multitud, y en sus ojos hubo un reconocimiento que no era el de los esposos que habían compartido una vida, sino el de dos almas que habían estado perdidas en la misma oscuridad y que ahora, por fin, veían la luz.
—Nikolai —dijo Katerina, y su voz era apenas un suspiro.
—Katerina —respondió él, y en su voz había décadas de silencio, de palabras no dichas, de heridas que nunca habían sanado porque nunca habían sido nombradas.
Caminaron uno hacia el otro a través del agua que brillaba, a través de la canción que llenaba el aire, a través de los recuerdos que el río les devolvía. Y cuando se encontraron, cuando sus manos se tocaron, cuando sus frentes se juntaron, la canción alcanzó un crescendo que hizo temblar las paredes del Kremlin y que hizo que los pájaros levantaran el vuelo desde todos los tejados de la ciudad.
—Lo siento —dijo Nikolai, y era la primera vez en su vida que pronunciaba esas palabras.
—Yo también —dijo Katerina, y también era la primera vez.
No era suficiente. Lo sabían. Décadas de odio no se borraban con dos palabras. Pero era un comienzo. Era la primera piedra de un puente que habían estado demasiado ocupados destruyendo para darse cuenta de que necesitaban cruzarlo.
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Mientras tanto, en otro extremo de la plaza, el Patriarca Volkov caminaba hacia su hijo.
Dmitri lo vio venir entre la multitud, y por un momento sintió el impulso de alejarse, de protegerse, de mantener la distancia que había aprendido a mantener desde que era un niño. Pero entonces sintió la mano de Yaroslav en la suya —el niño había bajado de la piedra y estaba a su lado, con los ojos brillantes y una sonrisa que era pura luz— y supo que no había nada que temer.
—Padre —dijo Dmitri, y la palabra no le supo a hiel, como había sucedido durante tantos años. Le supo a algo más antiguo, más simple, más verdadero.
—Hijo —respondió el Patriarca, y en su voz no había el gruñido que había usado como armadura durante décadas. Había una fragilidad que nadie, ni siquiera Dmitri, había visto nunca en él.
El Patriarca miró a Yaroslav. Miró al niño que era su nieto, el hijo de su hijo y de una Rasputín, el producto de lo que él había llamado traición y ahora empezaba a entender que era, quizás, la única cosa que había hecho bien en su vida.
—¿Me perdonas? —preguntó, y la pregunta no era solo para Dmitri. Era para Yaroslav. Era para Mila. Era para todos los que había herido con su odio.
Yaroslav lo miró con sus ojos que eran demasiado viejos y demasiado jóvenes al mismo tiempo.
—No hay nada que perdonar —dijo—. Lo que hiciste, lo hiciste porque no sabías. Porque te enseñaron a odiar antes de enseñarte a pensar. Porque el miedo te cegó. Pero ahora sabes. Ahora ves. Y eso es lo único que importa.
—No es lo único —dijo el Patriarca, y su voz se quebró—. He hecho cosas. He matado. He destruido. He criado a mis hijos para que mataran. No puedo borrar eso con una canción.
—No —dijo Yaroslav—. No puedes borrarlo. Pero puedes dejar de hacerlo. Puedes enseñar a tus nietos algo diferente. Puedes ser la última página de un libro que debería haberse cerrado hace cien años. Eso es lo que significa la canción, abuelo. No que el pasado no haya existido. Sino que no tiene por qué repetirse.
El Patriarca se arrodilló en el agua que brillaba. No porque Yaroslav se lo pidiera. No porque fuera un acto de sumisión. Se arrodilló porque sus piernas ya no lo sostenían, porque el peso de sesenta años de odio se había vuelto de repente insoportable, porque por primera vez en su vida se permitía sentir todo lo que había estado reprimiendo.
Y cuando se arrodilló, Dmitri se arrodilló a su lado. Y Mila se arrodilló también. Y todos los que estaban en la plaza, los que habían llegado con la procesión y los que habían salido de sus casas para escuchar la canción, comenzaron a arrodillarse, no por sumisión, sino por algo que no tenía nombre: por el asombro, por la gratitud, por la simple y profunda necesidad de estar lo más cerca posible de la tierra que los sostenía.
Y entonces, la tierra respondió.
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