Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 18: El Retorno del Lago

El suelo de la plaza comenzó a temblar.

No era un temblor destructivo. Era un temblor como el de un animal que se despereza después de un largo letargo, que estira sus miembros, que recuerda que tiene un cuerpo. Las piedras de la plaza se movían, se reordenaban, se abrían para dejar paso a algo que había estado esperando debajo, pacientemente, durante trescientos años.

Y el agua que había subido por las calles comenzó a fluir hacia el centro de la plaza, hacia la piedra donde Yaroslav había cantado, hacia el lugar exacto donde los dos ríos se habían encontrado antes de que la ciudad los separara. Fluía con una determinación suave, con una alegría contenida, como el agua que vuelve a su cauce después de una larga sequía.

Y en el centro de la plaza, donde la piedra antigua había estado durante siglos sin que nadie la mirara, la tierra se abrió.

No fue una grieta violenta. Fue una floración. La tierra se abrió como se abre una flor al sol, con una lentitud deliberada, con una gracia que no parecía posible en algo tan sólido. Y de la tierra abierta, brotó agua.

No era agua del Volga ni del Oka. Era agua más antigua, más pura, más viva. Era el agua del lago que había estado durmiendo bajo la ciudad, el lago que los primeros constructores habían cegado sin saber lo que hacían, el lago que era el corazón de la magia de los dos ríos.

El agua brotó con una fuerza suave, elevándose en una columna que pronto fue más alta que los edificios de la plaza, que brillaba con una luz que no era del sol, que cantaba con la misma voz que Yaroslav había cantado, pero más profunda, más antigua, más completa. Era la voz del lago respondiendo a la canción del niño. Era la voz de la tierra diciendo: he vuelto. Era la voz de la magia que había estado esperando, paciente, durante trescientos años, a que alguien la llamara.

Y cuando la columna de agua alcanzó su punto más alto, cuando pareció tocar el cielo mismo, se abrió en una flor. Una flor de agua, con pétalos de luz que se desplegaron sobre la ciudad, derramando sobre ella una lluvia fina que no mojaba pero que hacía florecer las cosas. En las grietas de las paredes, brotaron hierbas que no se habían visto en la ciudad en siglos. En los tejados de las casas, las tejas de barro comenzaron a cubrirse de musgo verde. En los establos, los caballos relincharon con una alegría que no era la suya, y en los patios, los perros ladraron a la luna que comenzaba a asomar en el cielo del atardecer.

Y en el centro de la plaza, donde antes había piedra y polvo, ahora había un lago.

No era un lago grande. No era el lago que había estado bajo la ciudad, que era un océano subterráneo de agua negra y runas antiguas. Era un lago pequeño, de apenas unos cien pasos de ancho, con aguas tan claras que se veía el fondo cubierto de piedras que brillaban con una luz propia. Era un lago en forma de corazón, como en el mapa de Yelena, como en los recuerdos del cuerno. Era el corazón de los dos ríos, devuelto a la superficie después de trescientos años.

Y en el centro del lago, sobre una isla de piedra que no había estado allí un momento antes, había un altar. No era el altar de cristal que Mila había visto en el lago subterráneo. Era un altar más simple, más humano, hecho de piedra y madera, con runas talladas que no eran las runas de los Veduní sino algo más antiguo, algo que los humanos habían grabado en las piedras antes de que hubiera Veduní para enseñarles.

Sobre el altar, descansaba un objeto.

Era un cuerno. No el Cuerno de la Unión que Yaroslav llevaba al cuello, sino otro cuerno, más pequeño, más simple, hecho de un material que parecía hueso pero brillaba como la plata. Estaba cubierto de runas que nadie en la plaza podía leer, pero todos, de alguna manera, entendían.

—Es el Cuerno de la Palabra —dijo Gorazd, apareciendo de repente en el hombro de Yaroslav. El cuervo había estado ausente durante toda la canción, pero ahora estaba allí, con sus ojos de rubí brillando más que nunca, con su voz cascada llena de una emoción que no era humana pero era inconfundible—. El que usaron los primeros Veduní para nombrar los ríos. El que ha estado perdido desde que cegaron el lago. Y ahora ha vuelto. Porque tú lo has llamado.

—Yo no lo he llamado —dijo Yaroslav, y en su voz había algo que no había estado antes: asombro. El asombro de un niño que ha hecho algo sin saber cómo y descubre que era más grande de lo que imaginaba.

—Lo has llamado —dijo Gorazd—. Con tu canción. Con tu memoria. Con tu existencia. Porque tú eres la respuesta a una pregunta que nadie se había atrevido a hacer en trescientos años: ¿qué pasa cuando un lobo y un cuervo se aman en lugar de odiarse? Pasa esto. Pasa que el corazón de los dos ríos vuelve a latir. Pasa que la magia despierta. Pasa que la guerra termina.

—¿Termina? —preguntó Mila, y su voz era apenas un susurro.

—No hoy —dijo Gorazd—. No mañana. Pero ha empezado a terminar. Y eso es más de lo que nadie había logrado en cien años




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