La noche cayó sobre Nizhny Novgorod, pero no fue una noche oscura. El lago que había brotado en el centro de la plaza brillaba con una luz propia, y su luz se reflejaba en las paredes de las casas, en los rostros de la gente, en las aguas del Volga que ahora fluían hacia él como hacia un corazón que las llamaba.
La gente no se había ido. Nadie quería irse. Se sentaban en las escaleras de las casas, en los bordes de las fuentes, en los adoquines de la plaza, mirando el lago, escuchando la canción que ya no salía de la garganta de Yaroslav pero que seguía vibrando en el aire, en el agua, en la tierra. Era una canción que no necesitaba ser cantada porque ahora era parte del lugar, como el olor del pan recién horneado en una panadería, como el rumor de las hojas en un bosque.
Mila estaba sentada en la orilla del lago, con los pies en el agua que brillaba, con Yaroslav a su lado y Zoya en su regazo. Dmitri estaba a su espalda, con una mano en su hombro, y en su otra mano sostenía la mano de su padre, el Patriarca Volkov, que se había sentado a su lado sin que nadie lo invitara, como un perro viejo que vuelve a casa después de haberse perdido.
Al otro lado del lago, Katerina estaba sentada con Anastasia y Luda, y también con Nikolai, que había caminado alrededor del lago para estar cerca de ella, no porque hubiera decidido nada, sino porque no podía hacer otra cosa. Las décadas de separación, de silencio, de heridas no curadas, de repente parecían menos importantes que la simple necesidad de estar cerca de alguien que había compartido su vida, aunque la hubieran compartido mal.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Anastasia, y su voz era la voz de todos los que estaban en la plaza, la voz de una generación que había heredado una guerra que no había empezado y que ahora, por primera vez, veía la posibilidad de algo diferente.
Mila miró a Yaroslav. Yaroslav miró a Gorazd. Gorazd inclinó la cabeza, sus ojos de rubí brillando en la penumbra.
—Ahora —dijo el cuervo— hacéis lo que deberíais haber hecho hace cien años. Os sentáis alrededor del lago. Habláis. No como lobos y cuervos. Como lo que sois: personas que quieren vivir en paz. Y decidís cómo va a ser el mundo a partir de ahora.
—¿Nosotros? —preguntó el Patriarca Volkov, y en su voz había un asombro casi cómico—. ¿Nosotros decidimos? ¿Los que hemos estado matándonos durante cien años?
—¿Quién si no? —dijo Katerina, y su voz era ácida, pero había en ella algo que no había estado antes: una sonrisa, apenas perceptible, pero una sonrisa—. Los muertos no pueden decidir. Y los zares... los zares no nos han pedido nunca nuestra opinión.
—Es la primera vez en mi vida que estoy de acuerdo con una Rasputín —dijo el Patriarca, y también había en su voz algo que no había estado antes: una chispa de humor.
—No me llames Rasputín —dijo Katerina—. A partir de ahora, llámame por mi nombre. O llámame vecina. Porque si esto va a funcionar, no podemos seguir siendo lobos y cuervos. Tenemos que ser otra cosa.
—¿Y qué vamos a ser? —preguntó Nikolai, y su voz era la de un hombre que ha pasado toda su vida construyendo muros y de repente descubre que los muros ya no sirven.
—Veduní —dijo Yaroslav—. Como al principio. Como antes de que alguien decidiera que la bestia y la palabra eran enemigas. Como antes de que la ciudad enterrara el lago. Como antes de que empezáramos a olvidar quiénes éramos.
—Eso no va a ser fácil —dijo Mila—. No podemos olvidar cien años de guerra en una noche.
—No —dijo Yaroslav—. Pero podemos decidir que los próximos cien años sean diferentes. Eso es lo que hace el lago. No borra el pasado. Pero abre un futuro.
La noche avanzó, y alrededor del lago, los Veduní comenzaron a hablar.
No fue una reunión fácil. Hubo acusaciones, hubo lágrimas, hubo momentos en que parecía que todo iba a romperse, que el odio era más fuerte que la canción, que la memoria no era suficiente para vencer a la costumbre de la guerra. Hubo un momento en que el Patriarca Volkov se levantó y señaló a Nikolai con el dedo, y en sus ojos brilló por un instante el viejo odio, y Mila pensó que todo había sido en vano.
Pero entonces Yaroslav se levantó. No dijo nada. Solo se puso de pie entre los dos hombres, con el cuerno de la unión brillando en su pecho, con sus ojos de niño que habían visto el origen del mundo. Y los dos hombres, los dos viejos enemigos, los dos que habían pasado décadas alimentando el odio, se miraron a través de él, y en sus rostros vieron algo que no habían visto nunca: su propio reflejo. Vieron a dos hombres viejos, cansados, que habían perdido tanto tiempo en odiar que casi habían olvidado lo que era no odiar. Vieron a dos padres que habían criado a sus hijos para que continuaran una guerra que ya no recordaban por qué había empezado. Vieron a dos seres humanos que habían hecho cosas terribles, sí, pero que también habían sufrido, también habían llorado, también habían amado, a su manera torcida, a las personas que habían perdido.
Y algo se rompió en ellos. No el orgullo, que era demasiado antiguo para romperse en una noche. Pero algo más pequeño, más importante: la convicción de que el otro era un monstruo. Porque cuando miraron a través del niño que era la prueba viviente de que lobos y cuervos podían crear vida juntos, vieron que el otro no era un monstruo. Era un hombre. Como ellos. Tan perdido, tan asustado, tan aferrado a su odio porque sin él no sabía quién era.
El Patriarca Volkov bajó el dedo. Nikolai dejó escapar un suspiro que parecía llevar consigo décadas de tensión. Y alrededor del lago, los Veduní más jóvenes, los que habían nacido en la guerra y no conocían otra cosa, sintieron que algo cambiaba en el aire. Algo que no era la magia del lago ni la canción de Yaroslav. Era algo más simple, más humano: la posibilidad de que la paz no fuera un sueño.