El amanecer encontró a los Veduní todavía alrededor del lago.
No habían dormido. No habían comido. No habían hecho nada más que hablar, escuchar, llorar a veces, reír a veces, descubrirse mutuamente como quien descubre una ciudad que ha visitado mil veces pero nunca había visto de verdad. Porque eso es lo que hace la paz, pensó Mila mientras observaba a su padre hablar con Katerina como dos viejos que recuerdan un verano lejano: no crea nada nuevo, solo permite que lo que siempre estuvo allí salga a la luz.
El lago había cambiado durante la noche. Ya no brillaba con la luz cegadora de la víspera, sino con una luz suave, como la de una lámpara de aceite en una habitación oscura. Sus aguas seguían siendo claras, pero ahora en el fondo se veían raíces. No raíces de árboles, sino raíces de luz, que descendían desde el fondo del lago hacia las profundidades de la tierra, y que ascendían desde las orillas hacia los edificios de la plaza, hacia las calles, hacia toda la ciudad. Las raíces de la magia, que habían estado dormidas durante trescientos años, y que ahora volvían a tejer la trama que unía los dos ríos, la ciudad, la tierra, la gente.
Gorazd estaba posado en el borde del lago, con el agua lamiendo sus patas negras, y en sus ojos de rubí se reflejaba el amanecer.
—¿Qué sientes? —le preguntó Yaroslav, acariciando las plumas de su cuello.
—Lo que siente un árbol cuando vuelve la lluvia después de una sequía —dijo el cuervo—. Lo que siente un río cuando vuelve a su cauce. Lo que siente una palabra cuando alguien la recuerda después de siglos de silencio. Nada que pueda explicarse con palabras humanas. Pero bueno. Bueno.
Zoya, que había estado durmiendo en el regazo de Mila, abrió un ojo, miró el lago, miró a Gorazd, y volvió a cerrarlo con un suspiro que parecía decir: por fin.
—Hay algo que no entiendo —dijo Dmitri, que estaba sentado con su espalda contra la de Mila, en una intimidad que unos días antes habría sido imposible entre ellos—. El lago ha vuelto. Eso es… eso es más de lo que nadie esperaba. Pero ¿qué significa? ¿Significa que la guerra se acaba hoy? ¿Significa que los lobos y los cuervos de repente van a ser amigos?
—No —dijo Gorazd—. La guerra no se acaba hoy. El odio no desaparece porque un lago vuelva a la superficie. Los hombres que han pasado décadas alimentando su rencor no van a despertar mañana sintiéndose hermanos.
—Entonces —dijo Katerina, y en su voz había una impaciencia que no era impaciencia sino miedo— ¿para qué ha servido todo esto? ¿Para qué arriesgamos nuestras vidas? ¿Para qué cantó Yaroslav? ¿Para qué estamos aquí sentados como tontos mirando un lago si mañana todo va a seguir igual?
—No va a seguir igual —dijo Mila, y su voz era firme, y al escucharla Dmitri sonrió, porque era la voz de la Mila que él recordaba, la que podía poner orden en el caos con unas pocas palabras—. Mira a tu alrededor, Katerina. Mira quién está sentado a tu lado.
Katerina miró. A su izquierda estaba Anastasia, su hija, la que había crecido odiando a los Volkov porque su madre le había enseñado a odiarlos. A su derecha estaba Nikolai, el hombre que había sido su marido, el padre de Anastasia, el enemigo que había dejado atrás hacía treinta años. Y más allá, alrededor del lago, había docenas de Veduní de ambos clanes, sentados en círculo, hablando, escuchando, descubriendo que el otro lado no tenía cuernos ni colmillos, que eran personas como ellos, con miedos como ellos, con sueños como ellos.
—Esto —dijo Mila, señalando el círculo— es lo que ha cambiado. No la guerra. Nosotros. Antes de esta noche, tú no podías sentarte al lado de Nikolai sin querer matarlo. Antes de esta noche, mi padre no podía mirar a tu madre sin que sus manos temblaran de rabia. Antes de esta noche, nadie en esta plaza habría creído posible lo que está pasando ahora.
—Y eso es suficiente —dijo el Patriarca Volkov, y en su voz había algo que nunca había estado antes: humildad—. No porque resuelva todos los problemas. Sino porque demuestra que los problemas se pueden resolver.
—Es una semilla —dijo Yaroslav, con la sencillez de un niño que dice una verdad que los adultos han olvidado—. Ahora hay que regarla.
Y alrededor del lago, los Veduní rieron. No fue una risa burlona. Fue una risa aliviada, la risa de quien lleva tanto tiempo sosteniendo una piedra que ha olvidado que sus brazos pueden estar quietos. Fue la risa de quien descubre que el enemigo también sabe reír, y que su risa suena igual que la tuya.