Pasaron las semanas. Pasaron los meses.
Nizhny Novgorod no se convirtió en un paraíso de la noche a la mañana. Hubo peleas, hubo rencores, hubo viejos que se negaban a sentarse en la misma plaza donde ahora se sentaban los jóvenes de ambos clanes. Hubo una tarde en que dos adolescentes, un Volkov y una Rasputín, se enfrentaron con cuchillos en una callejuela, y hubo quienes pensaron que todo volvía a empezar.
Pero también hubo algo que no había estado antes: alguien que los separara.
Dmitri llegó corriendo cuando supo de la pelea, y cuando llegó vio a Yaroslav sentado entre los dos adolescentes, con el cuerno de la unión en la mano, hablando con ellos en voz baja. No les dijo que el odio estaba mal. No les dijo que debían ser amigos. Les dijo algo más simple, más verdadero: mis padres eran de clanes distintos. Mi madre era una Volkov. Mi padre era un Rasputín. Si ellos hubieran seguido odiándose como os odiáis vosotros, yo no estaría aquí. Y esta ciudad no tendría su lago.
Los dos adolescentes se miraron. Se miraron con el odio reciente de la pelea todavía en los ojos, pero también con algo nuevo: curiosidad. Porque nunca habían visto a nadie como Yaroslav. Nunca habían visto a alguien que fuera de los dos clanes a la vez, que llevara la sangre de los lobos y los cuervos en las venas, que fuera la prueba viviente de que la unión no era una traición sino una posibilidad.
—¿Y cómo se hace? —preguntó el chico Volkov, con el cuchillo todavía en la mano pero bajado—. ¿Cómo se deja de odiar?
—No se deja —dijo Yaroslav, y sonrió—. Se aprende a odiar otras cosas. Se aprende a odiar el hambre en lugar de odiar al que tiene pan. Se aprende a odiar el frío en lugar de odiar al que tiene leña. Se aprende a odiar la guerra en lugar de odiar al que está al otro lado.
La chica Rasputín soltó su cuchillo. Sonó en los adoquines con un ruido que parecía más importante de lo que era.
—Eso suena difícil —dijo.
—Lo es —dijo Yaroslav—. Pero yo nací de algo difícil. Mi madre casi muere teniéndome. Mi padre casi muere protegiéndome. Y aquí estoy. Lo difícil también se puede hacer.
Dmitri observó desde la esquina, con los brazos cruzados, sintiendo en el pecho algo que no había sentido desde que era joven: orgullo. Orgullo de su hijo. Orgullo de la vida que había creado con Mila a pesar de todo. Orgullo de que todo el dolor, todas las pérdidas, todos los años de esconderse y de temer, hubieran dado fruto en este niño que ahora sentaba a dos enemigos en el suelo de una callejuela y les enseñaba a ser personas.
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El lago, mientras tanto, crecía.
No en tamaño, sino en presencia. Sus aguas habían comenzado a extenderse por canales subterráneos que nadie sabía que existían, y de repente empezaron a brotar fuentes en los patios de las casas, manantiales en los sótanos, arroyos en las calles que antes eran solo polvo. Los niños de la ciudad, que nunca habían visto agua limpia en sus vidas, corrían descalzos por los nuevos arroyos, chapoteando, riendo, manchándose de barro que no era el barro gris de las alcantarillas sino barro oscuro y fértil, barro que olía a tierra, a raíces, a algo que había estado esperando para florecer.
Y las cosas florecieron.
En los balcones de las casas aparecieron flores que nadie había plantado. En los tejados crecieron hierbas que los herbolarios no podían nombrar pero que sabían curar. En los establos, los caballos que habían nacido y muerto sin conocer otra cosa que el olor a estiércol y paja empezaron a mirar hacia las colinas, hacia los bosques, hacia los ríos, con unos ojos que parecían recordar algo que sus cuerpos no habían vivido.
—Es la magia —dijo Gorazd, posado en el hombro de Mila mientras observaban el mercado nuevo, donde Volkov y Rasputín vendían sus mercancías en puestos contiguos, sin mirarse con odio, sin mirarse siquiera, pero también sin matarse—. No es que no estuviera. Es que estaba dormida. Y ahora despierta, y hace lo que hace la magia: recuerda.
—¿Recuerda qué? —preguntó Mila.
—Recuerda cómo era antes. Cuando los dos ríos eran uno. Cuando la ciudad era un solo cuerpo y no dos mitades que se odian. Cuando los Veduní no eran dos clanes sino un pueblo. La magia no crea nada nuevo. Solo restaura lo que estaba roto.
—Y nosotros —dijo Mila, y en su voz había una pregunta que no se atrevía a formular del todo— ¿qué restauramos nosotros?
Gorazd la miró con sus ojos de rubí, y por un momento Mila tuvo la sensación de que el cuervo veía cosas que los humanos no podían ver, cosas que estaban ocurriendo en otros lugares, en otros tiempos, en otros mundos que solo los cuervos podían habitar.
—Vosotros —dijo Gorazd— restaurasteis la posibilidad. Y eso, a veces, es más importante que restaurar las cosas. Porque las cosas se pueden volver a romper. Pero la posibilidad, una vez que existe, no desaparece. Se queda ahí, como una semilla, esperando.