Los Herederos de la Tierra Baldía

Capítulo 22: El Círculo se Cierra

Pasó un año.

En la plaza donde antes solo había polvo y piedra, ahora había un lago, y alrededor del lago había jardines, y alrededor de los jardines había casas donde vivían Volkov y Rasputín bajo el mismo techo. No en todas. La mayoría seguía viviendo en sus barrios, con los suyos, con las costumbres que conocían. Pero había algunas. Unas pocas. Las suficientes para demostrar que era posible.

Yaroslav había crecido. No solo en edad, sino en algo que Mila no sabía cómo nombrar. Era un niño todavía, con sus once años apenas cumplidos, pero en sus ojos había una calma que no era propia de los niños, una calma que recordaba al lago, que recordaba a las aguas profundas que no se alteran porque saben que lo que viene después de la tormenta es la bonanza.

El día del aniversario del retorno del lago, todos los Veduní de la ciudad se reunieron en la plaza.

No era una reunión oficial. Nadie la había convocado. Pero cuando amaneció, la gente empezó a salir de sus casas, a caminar hacia el centro, a sentarse alrededor del agua como habían hecho un año atrás, como si hubiera en sus cuerpos una memoria que no necesitaba palabras para saber qué hacer.

Mila llegó con Dmitri de la mano. Llevaban un año reconstruyendo lo que el tiempo y la distancia habían deshecho, y aunque había días en que Mila todavía sentía el peso de las décadas perdidas, había otros, como aquel, en que el simple hecho de sentir la mano de Dmitri en la suya era suficiente.

El Patriarca Volkov llegó con Katerina.

No eran amigos. Probablemente nunca lo serían. Pero habían aprendido a estar en la misma habitación sin que el aire se volviera irrespirable. Habían aprendido a hablar de sus hijos, de sus nietos, del clima, de las cosechas, de cosas pequeñas que no requerían que recordaran por qué habían empezado a odiarse. Y a veces, en los silencios, había algo que no era amistad pero tampoco era guerra: era el reconocimiento de que habían compartido una vida, aunque fuera una vida de dolor, y que eso, de alguna manera, los unía.

Nikolai estaba con Anastasia y Luda. Las tres se habían acercado durante el año, no como una familia tradicional —ya era demasiado tarde para eso— sino como algo que quizás no tenía nombre pero que funcionaba. Nikolai había aprendido a escuchar a su hija sin imponerle nada. Anastasia había aprendido a perdonar a su padre sin necesidad de olvidar lo que había hecho. Luda había aprendido que podía querer a sus dos padres sin traicionar a ninguno. Y eso, pensaba Mila cuando los veía juntos, era quizás el mayor milagro del lago: no que hubiera devuelto el agua, sino que hubiera devuelto la posibilidad de estar juntos.

En el centro del lago, sobre la isla de piedra, el Cuerno de la Palabra seguía descansando en el altar. Nadie lo había tocado desde aquella primera noche. Nadie se atrevía. Pero todos lo miraban, y todos, de alguna manera, sentían que era el corazón de lo que estaba ocurriendo.

Yaroslav se acercó a la orilla.

Llevaba el Cuerno de la Unión al cuello, el que su madre le había dado, el que había cantado la canción que había despertado el lago. Ahora estaba oscuro, silencioso, como un instrumento que ha dado todo lo que tenía que dar y ahora descansa.

—¿Qué vas a hacer? —le preguntó Gorazd, que estaba en su hombro como siempre.

—Lo que tengo que hacer —dijo Yaroslav.

Y caminó sobre el agua.

No era magia, o tal vez sí, pero no era la magia de los Veduní, no era la magia de los libros ni de las runas. Era la magia de un niño que había nacido de dos mundos y que por eso podía estar en los dos a la vez. Caminó sobre el lago con la misma naturalidad con que otros niños caminan sobre la tierra, y cuando llegó a la isla de piedra, se arrodilló ante el altar.

La gente contuvo la respiración.

Yaroslav levantó el Cuerno de la Palabra. Era más pequeño que el Cuerno de la Unión, más antiguo, más simple. No tenía grabados, no tenía adornos, no tenía nada más que las runas que nadie podía leer pero que todos entendían. Era un cuerno como los que usaban los primeros pastores, los que llamaban a los rebaños en las colinas antes de que hubiera ciudades, antes de que hubiera guerras, antes de que hubiera Veduní.

Y Yaroslav lo levantó a los labios.

No sopló. No hizo sonar el cuerno. Simplemente lo sostuvo allí, en sus labios, como si estuviera esperando algo. Y entonces, sin que nadie supiera cómo, el cuerno sonó.

No fue un sonido que saliera del cuerno. Fue un sonido que salió del lago, de la tierra, de los ríos, de la ciudad entera. Fue el sonido de todas las cosas que habían estado separadas volviendo a unirse. Fue el sonido de los dos ríos recordando que habían sido uno. Fue el sonido de los lobos y los cuervos recordando que habían sido un solo pueblo. Fue el sonido de la ciudad recordando que había sido un corazón.

Y cuando el sonido se apagó, el lago brilló con una luz intensa, y en el agua se reflejaron todas las caras de los presentes, pero también otras caras, caras que no estaban allí, caras de los que se habían ido, de los que habían muerto en la guerra, de los que habían soñado con este día y no habían vivido para verlo. Estaban allí, en el agua, sonriendo, llorando, mirando a los vivos con unos ojos que no pedían venganza, que no pedían nada, que solo decían: lo hicisteis. Al fin lo hicisteis.

Mila sintió que alguien la tomaba de la mano. Era su padre, el Patriarca Volkov, que tenía los ojos llenos de lágrimas, y en su otra mano sostenía la mano de Katerina. No se miraron. No se dijeron nada. Pero estuvieron así, los tres, mirando el lago, mientras las caras de los muertos se desvanecían lentamente en el agua, como las estrellas al amanecer.

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Y cuando el sol llegó a lo más alto del cielo, cuando la luz del lago se fundió con la luz del día, cuando las caras desaparecieron del todo, Yaroslav bajó el cuerno del altar, caminó de regreso sobre el agua, y se sentó en la orilla, entre su madre y su padre.




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