Los Herederos del Mana

Capítulo 1: La Grieta en el Cielo

—¿Pueden por favor darse prisa? —dije, mi pie golpeando el suelo de forma inconsciente mientras mi muñeca giraba para mirar el reloj por enésima vez. Las manecillas avanzaban con una crueldad despiadada—. Vamos a llegar tarde.

—Como siempre —rió Damian desde el otro lado de la habitación. Se puso los zapatos con una calma que rozaba lo provocativo, como si el tiempo fuera un concepto ajeno a él.

—Venga, al final nunca pasa nada —Logan ni siquiera levantó la vista de su móvil desde el sofá, su voz un susurro de infinita relajación.

—Ya, para colmo Edward ni siquiera se ha vestido —bufé, cruzándome de brazos y clavando la mirada en la puerta cerrada del baño.

—¡Denme cinco! —gritó Edward desde dentro, y se oyó el inconfundible caos de alguien vistiéndose a la velocidad del rayo.

Cinco minutos después, convertidos en quince, salimos de la habitación hechos un desastre. Llegamos al aula de conferencias con el peor de los presentimientos… que se confirmó al ver el aula vacía. El profesor no había llegado. Por una vez, la suerte estaba de nuestro lado.

—Tarde —dijo Diana desde su asiento. Su tono era serio, pero una ceja arqueada delataba una diversión contenida—. Como siempre.

—Ya sabes cómo son estos —respondí con una sonrisa de oreja a oreja mientras señalaba con el pulgar a mis compañeros, cargándoles el muerto sin piedad.

—¿Podrás llegar algún día temprano? —añadió Thalia justo cuando me dejaba caer en el asiento de delante de ella.

Me giré hacia ella, atrapado en la mentira.

—Mira quién lo dice, la reina del "solo cinco minutos más".

Una risa ahogada escapó de sus labios antes de que la puerta se abriera de golpe. Aaron entró como una exhalación, el pelo revuelto y la cara roja, dejándose caer en el asiento junto a Thalia como si hubiera corrido una maratón.

—¿Llegué... a tiempo? —jadeó.

—El profesor ni siquiera ha llegado aún —dijo Thalia, cruzándose de piernas con una media sonrisa.

—Perfecto… ya puedo morir en paz —respondió Aaron, recostándose y cerrando los ojos.

El profesor llegó unos minutos después, y la clase transcurrió con una normalidad casi tediosa. Pero noté algo. Mientras explicaba, su mirada se desvió hacia mí. No una vez, sino varias. Un parpadeo más largo de lo normal, un pequeño giro de cabeza. Como si yo fuera un experimento en una pecera. Aparté el pensamiento. Paranoia de universitario.

---

La idea de ir a la playa surgió de la nada, como las mejores ideas. Al terminar las clases, un grupo de unos diez nos escabullimos hacia la costa. El cielo era una cúpula azul impoluta, el sol calentaba lo justo. La escapada perfecta.

Mientras Damian y yo discutíamos sobre quién sería el primero en entrar al agua, él se detuvo en seco y me dio un codazo.

—Brayden, mira —señaló disimuladamente con la barbilla hacia la izquierda—. ¿Esas no son las dos chicas nuevas?

Sí, eran ellas. Cassandra y Luna, sentadas sobre una toalla, ajenas al bullicio de nuestro grupo. Luna reía por algo, pero Cassandra... Cassandra observaba el horizonte con una intensidad extraña, como si el mar le estuviera contando un secreto.

—La verdad… están buenas —dijo Logan, apareciendo a mi lado como una mala hierba con su sonrisa de siempre.

—Eso no puedo negarlo —admití, apartando la mirada.

—¿Mirando mujeres, Brayden? —La voz de Diana a mi espalda tenía un filo de reproche.

—Déjame ser feliz un poco, ¿no? —Me volví hacia ella con las manos en alto, en señal de rendición.

—Me voy al agua con Axel, ahí te dejo en tus cosas —dijo, rodando los ojos antes de alejarse.

—Debería dejar de celarte un poco —comentó Damian con una sonrisa burlona.

—Sabes que es mi mejor amiga. Pero sí, a veces se pasa. Cambiando de tema… —dije, volviendo a mirar hacia las chicas—. Se llaman Cassandra y Luna. Escuché que llegaron por una beca especial o algo así.

—¿Las tienes registradas a todas o qué? —se rio Logan.

—Sabes que sí —añadió Damian entre risas.

—Ya basta. Solo lo sé por simple curiosidad.

—Claro, “curiosidad” —terció Thalia, apareciendo a mi otro lado con los brazos cruzados y una sonrisa pícara.

Sonreí, negando con la cabeza. La conversación murió ahí, y nos unimos a la carrera de Aaron hacia la orilla.

El agua estaba perfecta. Pasamos dos horas entre risas, olas y juegos. Todo era idílico. Hasta que dejó de serlo.

El cambio fue brutal. En cuestión de minutos, el cielo pasó del azul más puro a un gris plomizo. Una ráfaga de viento helado barrió la playa, levantando arena y haciendo que la gente se envolviera en sus toallas. La temperatura cayó en picado.

—Como siempre… tenemos la peor suerte del mundo —gruñó Logan, tiritando mientras salía del agua.

—Deja de quejarte y muévete, que se viene una buena —gritó Edward, recogiendo sus cosas a toda prisa.

Un silencio absoluto cayó sobre la playa. No es un silencio metafórico. Un silencio real. Las gaviotas que sobrevolaban la costa callaron. El sonido de las olas... se desvaneció. El mar pareció retroceder unos metros, como si contuviera la respiración.

Y entonces, ocurrió.

El cielo no se iluminó con un rayo. Se rajó. Una grieta de energía azul eléctrica, inmensa, recorrió el firmamento de un extremo a otro, como si alguien hubiera partido la bóveda celeste con un hacha de luz. No hubo trueno. Solo un zumbido grave, profundo, que sentí en los huesos antes de oírlo.

El impacto fue inmediato. Una onda expansiva invisible me golpeó, haciendo que mis rodillas se doblaran. Un hormigueo violento, doloroso, recorrió cada fibra de mi cuerpo. Pero no era solo eso. Era como si algo se deslizara dentro de mí. Algo frío, oscuro, que reptaba por mi columna vertebral y se anidaba en algún lugar de mi pecho. Vi destellos rojos en el borde de mi visión. Por un instante, mi sombra sobre la arena no fue la mía. Fue más grande. Más alargada. Con una forma que no reconocí.



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En el texto hay: jovenes, magia, poderes

Editado: 30.08.2026

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