Los Herederos del Mana

Capítulo 3: La Garra del Dragón

Cuando llegamos, nos guiaron hasta una sala sin muebles. Solo una máquina en el centro, como salida de una película futurista. Tubos de luz, paneles metálicos, un asiento en medio de un círculo de cristal.

—Antes que nada, me presentaré. Mi nombre es Zarius Zanathos —dijo el jefe, finalmente. Y por primera vez, su sonrisa me pareció menos carismática y más... calculada—. Esa máquina que ven es un dispositivo de origen ancestral, mejorado por nuestra tecnología. Detecta el maná latente y fuerza su circulación inicial. Es como un empujón mágico que despierta su poder. Aunque... puede que no todos logren despertar hoy.

—¿O sea que podríamos haber venido para nada? —preguntó Aaron, cruzándose de brazos.

—No exactamente. Quienes no despierten, serán entrenados hasta que lo logren. Pero el proceso puede tomar tiempo. Algunos años. Otros, décadas. Y algunos... —Zarius hizo una pausa, su mirada recorriéndonos— nunca lo logran.

El silencio fue incómodo.

Comenzaron a llamar nombres. Uno a uno, los estudiantes pasaban. Se sentaban en la máquina, las luces parpadeaban, y... ocurría. O no. Muchos salían tambaleándose, con el rostro pálido, sin ningún cambio visible. Otros caían de rodillas, jadeando, con los ojos brillando por un instante. De 150 personas, solo 50 lograron despertar. Afortunadamente, mis amigos y yo estábamos entre ellos. Pero cuando salí de la máquina, sentí que algo no estaba bien. El maná no había llegado como una caricia. Había golpeado. Como un puño de oscuridad abriéndose paso a la fuerza.

—Ustedes —dijo Zarius, señalándonos a mí, Damian, Cassandra, Luna, Thalia, Axel, Edward, Sophia, Diana, Logan y Aaron— irán con el profesor Félix. Él se encargará de su grupo.

Un hombre se separó de la pared donde había estado apoyado. No lo habíamos notado hasta ahora. Traje oscuro, igual que los demás, pero algo en él era diferente. Más frío. Más quieto. Sus ojos recorrieron el grupo con una lentitud deliberada, como si nos estuviera clasificando.

—Es un placer —dijo. Su tono era seco. Directo. Pero sus ojos... sus ojos sonreían de una manera que su boca no.

No dije nada más. Nos llevaron a un campo de entrenamiento. Césped artificial, muros de contención, y en el centro, un círculo de tierra batida. Parecía un ring de lucha, pero más grande.

—Este es uno de los campos de entrenamiento de la Academia Abalon —dijo Félix. Su expresión era seria, casi aburrida—. Es pequeño, pero suficiente para su nivel actual.

—¿Y qué se supone que haremos aquí? —preguntó Edward con cara de aburrido, metiendo las manos en los bolsillos.

—Lo primero será probar sus nuevas habilidades —anunció el profesor. Levantó un brazo, sin esfuerzo, como quien pide un café.

El suelo tembló. Once gólems de roca emergieron del terreno, altos, pesados, con una presencia imponente. Sus cuerpos eran de piedra bruta, con núcleos brillantes en el pecho.

—Deben derrotar a estos gólems por su cuenta. Se supone que en sus mentes hay fragmentos de información sobre sus habilidades... a menos que sean genios, lo cual dudo mucho —añadió. Y cuando dijo "lo dudo mucho", sus ojos se posaron en mí. Solo un instante. Pero sentí el peso.

El primero fue Axel. Axel se adelantó con decisión, aunque lo vi tragar saliva.

—Puedes elegir un arma de allá —indicó Félix, señalando un pequeño arsenal al borde del campo: espadas, lanzas, hachas, guadañas, arcos.

Axel se dirigió hacia las armas y tomó una espada de caballero. La sopesó, hizo un par de movimientos de prueba.

—Estoy listo —dijo, sonriendo con confianza.

—Pues comienza de una vez —respondió Félix. Su tono era impaciente. Pero sus ojos... sus ojos observaban con una intensidad que no encajaba con su desgano fingido.

La pelea empezó. Axel atacó al gólem con su espada. El metal chocó contra la roca con un sonido seco. Nada. Golpe tras golpe, sus esfuerzos eran inútiles. Sus movimientos eran limpios, sí, pero no tenía suficiente fuerza. El gólem ni siquiera se movía.

—Rayos... a este paso no le haré nada —dijo Axel, frustrado. Dio un paso atrás, buscando un ángulo.

El gólem reaccionó. Un brazo de piedra se movió con una velocidad que no esperábamos. Golpeó a Axel en el pecho. El impacto lo lanzó por los aires como un muñeco de trapo. Cayó al suelo y no se levantó.

Félix no mostró preocupación. Ni siquiera miró a Axel. Solo una ligera decepción curvó sus labios. Como si hubiera esperado algo más interesante. Como si un insecto no hubiera estado a la altura.

—Suficiente. El siguiente será Cassandra. Escoge tu arma.

Cassandra eligió una guadaña. La sostuvo como si hubiera nacido con ella en la mano. Avanzó hacia el gólem sin prisa. El gólem se movió para atacarla. Ella giró. Un solo movimiento, fluido, imposiblemente rápido. La guadaña cruzó el aire y partió al gólem por la mitad. El núcleo cayó al suelo, apagado.

—¿Así de fácil? —pregunté, sorprendido.

—Parece que sí había un genio después de todo —murmuró Félix. Pero no sonaba contento. Sonaba... interesado. Sus ojos siguieron a Cassandra cuando ella regresó, impasible.

La siguiente fue Luna. Avanzó sin decir una palabra. No eligió arma. Félix levantó una ceja, pero no dijo nada.

Luna se lanzó contra el gólem. Sus puños impactaron la roca una y otra vez, en una ráfaga de golpes desenfrenados. El gólem se resquebrajó, se astilló, explotó en pedazos.

—Esa chica es fuerte... —dijo Edward, perplejo.

—La verdad, no me lo esperaba —admití también.

—Parece una psicópata... —dijo Aaron con una mezcla de asombro y miedo.

—Bien, parece que tenemos a dos con buenas capacidades —comentó Félix. Pero su mirada no estaba en Luna. Estaba en Cassandra. ¿O me lo imaginé?

Aaron fue el siguiente. Lo intentó. Se rindió agotado después de cinco minutos. Edward tampoco logró mover al gólem. Pero Thalia... Thalia saltó, esquivó un brazo de piedra, y con una estocada precisa atravesó el núcleo. El gólem se desmoronó.



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En el texto hay: jovenes, magia, poderes

Editado: 30.08.2026

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