Los Herederos del Mana

Capítulo 4: El Peso del Maná

A la mañana siguiente, nos dirigimos a la sala de entrenamiento según el horario asignado. El sol apenas comenzaba a colarse por las claraboyas, proyectando largas sombras sobre el suelo de cemento.

—Bien, los elegí a ustedes para este equipo porque al menos demostraron un mínimo de talento en la presentación —dijo el profesor Félix. Caminaba de un lado a otro con expresión severa, pero había algo en su mirada que recorría el grupo de una forma extraña. Como si no nos estuviera evaluando, sino clasificando—. Brayden y Damian —añadió, señalándonos con un movimiento seco—, sacaron a relucir técnicas. Eso ya es un avance. Aunque —hizo una pausa, y sus ojos se posaron en mí— el costo de esas técnicas deberán aprender a controlarlo.

Mi brazo aún recordaba el ardor de la Garra. Bajo su mirada, el recuerdo se avivó.

—¿Y cómo será el entrenamiento? —pregunté, cambiando de tema.

—Primero formarán parejas —respondió Félix con tono firme. Su dedo señaló a cada uno—. Damian con Thalia. Cassandra con Luna. Y por último... —se detuvo justo cuando la puerta se abrió— Brayden con Evelyn.

Todos nos giramos hacia la recién llegada. Su sola presencia llenó la sala. Era una chica de mirada afilada, casi quirúrgica, que nos escaneó en menos de un segundo. Postura segura, hombros atrás, manos relajadas pero listas. Atractiva, sí, pero había algo en sus ojos que decía "no me subestimes".

—Es un placer conocer a mis nuevos compañeros —dijo ella con una ligera sonrisa. Pero su mirada se detuvo en Cassandra un instante más que en los demás. Y Cassandra, por primera vez, desvió la mirada.

—Lo primero será una carrera de resistencia. Formen las parejas y empiecen a correr. Tienen veinte minutos —indicó Félix mientras activaba el cronómetro. Y entonces sonrió. Apenas un movimiento de labios—. Sin detenerse. Sin importar cómo se sientan. En el campo de batalla, nadie les dará una pausa para recuperar el aliento.

Empezamos a correr. Al principio todo fluía bien. Damian y Thalia mantenían un ritmo constante. Cassandra y Luna corrían en silencio, sincronizadas como si llevaran años entrenando juntas. Evelyn, a mi lado, respiraba con una cadencia perfecta, midiendo cada zancada.

Cerca del minuto doce, el desgaste comenzó a notarse. Damian jadeaba abiertamente. Thalia torcía el gesto en cada paso. Yo sentía las piernas de plomo. Cassandra apretaba la mandíbula, luchando contra el agotamiento. Pero Luna y Evelyn... corrían como si acabaran de empezar. Sus rostros no mostraban esfuerzo. Sus respiraciones no se alteraban.

—Tiempo —anunció Félix. Miró el cronómetro, luego a nosotros. Asintió, como si hubiera visto exactamente lo que esperaba—. Interesante. Luna y Evelyn no han llegado ni al cuarenta por ciento de su capacidad máxima.

—Por fin... —murmuré, dejándome caer de rodillas. El cemento estaba frío contra mi piel sudada.

—Ahora viene la segunda parte —dijo el profesor. Observó nuestras caras de agotamiento con una expresión que... ¿era satisfacción? Por un segundo, juraría que estaba disfrutando la idea.

—Con esto ya siento que me evaporo... ¿todavía hay más? —exclamó Thalia, medio colapsada, apoyada en sus rodillas.

—No se preocupen. Ahora harán un ejercicio de meditación.

—Al menos eso lo haremos sentados —comentó Damian, intentando sonreír, aunque el jadeo le rompía el ritmo.

Nos sentamos en círculo alrededor del profesor. El sudor se enfriaba en nuestra piel, pero nadie se quejó.

—Cierren los ojos y relájense —empezó Félix. Su tono había cambiado. Era inusualmente tranquilo, casi hipnótico. Pero sus ojos permanecían abiertos, observándonos—. El objetivo de esta meditación es que aprendan a sentir el flujo del maná y a controlarlo. Visualícenlo, domínenlo. Una vez lo logren, guarden esa sensación en el subconsciente. Les ayudará más adelante.

Nos concentramos. El silencio se volvió denso. Y entonces, lentamente, empecé a notar algo. Un leve cosquilleo en el aire, como electricidad estática. Abrí los ojos un instante y lo vi: mi cuerpo y el de los demás emitían un aura tenue, apenas perceptible. El maná se hacía visible, bailando alrededor de nosotros como pequeñas llamas. La de Cassandra era púrpura, fría. La de Luna, blanca, casi cegadora. La de Evelyn, azul profundo, controlada. La mía... la mía era diferente. Oscura. Tan oscura que parecía absorber la luz a su alrededor.

Cerré los ojos rápidamente. Pero la imagen quedó grabada.

Después de eso, Félix nos asignó tareas individuales. Damian practicaba cortes con su katana, imbuyéndola de electricidad. Thalia trabajaba en su precisión, golpeando puntos específicos en maniquíes de entrenamiento. Cassandra y Luna hacían ejercicios de sincronización, moviéndose como una sola. Evelyn estudiaba mapas y analizaba datos en una tablet. Y yo... yo meditaba. Más meditación. Estudio del maná. Control.

—Tu problema no es la cantidad de poder —dijo Félix, apareciendo a mi lado sin hacer ruido—. Es la calidad. Tu maná es... denso. Pesado. Si no lo controlas, te consumirá desde dentro.

—¿Y cómo lo controlo? —pregunté.

—Eso tendrás que descubrirlo tú mismo. O dejar que te consuma. —Se alejó sin esperar respuesta.

---

Pasaron los días. El entrenamiento se volvió más intenso. Félix se volvió más exigente. Esa rutina diaria nos mantuvo ocupados durante dos semanas. Nunca cruzamos caminos con el otro grupo, ni supimos de ellos. Félix solo decía que también estaban entrenando, pero su sonrisa cuando lo decía me hacía dudar.

Un día, después de una sesión especialmente agotadora, caminábamos hacia los dormitorios cuando...

—¿Y si hacemos algo diferente hoy? —propuso Damian.

—¿Algo como qué? —preguntó Thalia, masajeándose los hombros.

—Leí en el folleto que nos dieron al llegar que hay zonas recreativas en la Academia. Hay una que me llamó la atención —respondí.

—Suéltalo ya —dijo Thalia con una ceja levantada.



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En el texto hay: jovenes, magia, poderes

Editado: 30.08.2026

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