Los Herederos del Mana

Capítulo 5: La Primera Mazmorra

En la mañana, Félix nos reunió a los seis con un rostro aún más serio de lo habitual. Pero había algo más en esa seriedad. Una chispa de anticipación.

—Bien, los he reunido porque han recibido su primera misión.

—Ya era hora —dijo Cassandra. Sus ojos brillaron.

—Viajarán al Amazonas. Una mazmorra se abrió hace unos días y algunas criaturas lograron escapar. Son débiles, deberían poder con ellas.

—¿Al Amazonas? —exclamó Thalia, sorprendida.

—Así es. Las misiones se dan en cualquier parte del mundo. Acostúmbrense. —Félix nos entregó unas tablets con instrucciones—. Aquí tienen los detalles. Su equipo está listo. Prepárense y vayan a la zona de despegue. Y recuerden —añadió, mirándonos uno por uno—. Esto no es un entrenamiento. Si mueren allí, mueren de verdad.

Su mirada se detuvo en mí un segundo más. Y en ese segundo, supe que lo decía en serio.

Nos equipamos y partimos. El vuelo fue silencioso. Cada uno procesaba la información a su manera. Evelyn estudiaba los datos en su tablet. Cassandra miraba por la ventana, impasible. Luna... Luna sonreía. Una sonrisa pequeña, apenas perceptible, pero inquietante.

El equipo de extracción nos esperaba cerca de la zona afectada. Eran agentes con uniformes negros, armas de alta tecnología, y expresiones cansadas.

—Sigan en esa dirección —nos indicó uno, señalando un sendero que se adentraba en la jungla—. Encontrarán la mazmorra. Eliminen a las criaturas que estén fuera y despejen el interior. Tenemos informes de bajas en aldeas cercanas. No queremos más.

—En marcha —ordenó Evelyn. Félix la había designado líder, y nadie cuestionó su autoridad. Su voz tenía un peso que imponía respeto.

Avanzamos entre la vegetación. La humedad era sofocante. Sonidos de animales desconocidos nos rodeaban. Pero pronto, los sonidos naturales fueron reemplazados por otros: gruñidos, chillidos, movimientos entre la maleza.

—Slimes, murciélagos malditos, lobos... nada complicado —evaluó Evelyn, escaneando el terreno—. Cassandra y Luna, vayan por la izquierda. Thalia y yo por la derecha. Brayden y Damian, conserven el maná. Puede que lo necesitemos más adelante. Y vigilen sus espaldas.

Asentimos. El ataque sorpresa funcionó. Cassandra se movía como una sombra, su guadaña silbando en el aire. Luna era un torbellino, sus golpes destrozaban a los enemigos sin piedad. Pero mientras luchaba, noté algo. Cuando Luna golpeaba, el maná a su alrededor brillaba con una pureza casi dolorosa. Y por un instante, el cristal azul de la academia parpadeó en mi mente.

—Es hora de entrar —dijo Evelyn, señalando la entrada de la mazmorra. Era una grieta en la roca, oscura, que parecía respirar.

Comenzamos a abrirnos paso. El interior era un laberinto de túneles iluminados por cristales bioluminiscentes. Criaturas nos atacaban en cada recodo, pero trabajábamos en equipo, cubriéndonos las espaldas. Damian y yo manteníamos nuestras reservas, como nos pidieron, pero cada vez que un enemigo se acercaba, sentía el impulso de soltar mi técnica. Esa oscuridad dentro de mí quería salir.

Tras recorrer los pasillos, llegamos a una puerta gigantesca. Estaba tallada con símbolos antiguos, y de ella emanaba una presión física, como si el aire mismo se volviera más pesado.

—¿Y ahora qué? —preguntó Damian, ajustando el agarre de su katana.

—Esta es la sala del jefe —respondió Evelyn. Por primera vez, su voz tuvo un dejo de duda—. ¿Están listos?

—Más que nunca —dijo Cassandra. Giró su guadaña, y por primera vez desde que la conocía, sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que anhela la batalla.

Abrimos la puerta.

El aire cambió instantáneamente. Se volvió frío, denso, cargado de algo que no era solo maná. En el centro de la sala, un lobo negro enorme nos esperaba. Sus ojos eran dos brasas carmesí que brillaban en la penumbra. A su alrededor, unos veinte lobos menores gruñían, mostrando colmillos afilados como cuchillos.

—Ese debe ser el jefe... —murmuró Thalia, dando un paso atrás.

—El Lobo de Sangre Negra —nombró Evelyn con firmeza—. Ataquen sin piedad. No dejen a ninguno en pie.

Pero antes de que pudiéramos movernos, una voz resonó en nuestras mentes. Profunda. Antigua. Hambrienta.

"Pequeños despertados... han viajado lejos para morir."

El lobo jefe no había abierto la boca. Pero la voz era suya.

—¿Nos... habla? —preguntó Thalia, pálida.

—Ignórenlo. Es una técnica mental —ordenó Evelyn, pero su frente estaba sudada.

La batalla comenzó. Los lobos menores se lanzaron contra nosotros. Cassandra y Luna los recibieron, creando un pasillo hacia el jefe. Evelyn y Thalia cubrían los flancos. Damian y yo nos abrimos paso entre el caos.

Vi una oportunidad. El lobo jefe estaba concentrado en Cassandra, que lo mantenía a raya con su guadaña. Su núcleo, un punto de luz carmesí en su pecho, palpitaba expuesto.

—¡Garra del Dragón Abisal! —grité.

La oscuridad estalló en mi brazo. La garra se formó, negra como el vacío, y me lancé contra el jefe. Pero en el último instante, el lobo giró. Sus ojos carmesí me miraron directamente. Y sonrió. Un lobo no debería poder sonreír. Pero lo hizo.

Esquivó mi ataque con una velocidad imposible. Su pata delantera, enorme, me golpeó en el pecho. Sentí las costillas crujir. El aire escapó de mis pulmones. Volé por la sala y choqué contra la pared de piedra. El impacto nubló mi visión. Algo caliente resbaló por mi frente. Sangre.

—¡Brayden! —gritó Damian.

Lo vi a través de una niebla roja. Su rostro se torció en una mueca de furia.

—¡Vas a ver, estúpido perro! —bramó.

—¡Destello del Trueno Cortante!

Su katana se envolvió en rayos. El aire chisporroteó. Damian se lanzó con todo, pero el lobo ya había anticipado el movimiento. Un giro, un zarpazo, y Damian voló en la misma dirección que yo. Su cuerpo golpeó el suelo y rodó hasta detenerse a mi lado, inconsciente.



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En el texto hay: jovenes, magia, poderes

Editado: 30.08.2026

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