Al final no fui el único del equipo que ganó. Evelyn salió victoriosa también, su estilo letal y preciso la llevó a la cima de su bloque sin apenas despeinarse. Cassandra logró llegar a semifinales, pero perdió contra un oponente que la superó en resistencia. Damian y Luna fueron derrotados en rondas tempranas. Pero el torneo ya era pasado. Ahora nos esperaba algo nuevo.
Luego del torneo nos trasladaron a las nuevas instalaciones. Seguíamos teniendo los mismos compañeros de cuarto, pero ahora las condiciones eran mucho mejores. Las habitaciones eran amplias, con camas que parecían nubes, baños privados y una vista imponente del mar desde la ventana.
—Creo que esta habitación me gusta mucho más —comentó Damian con una sonrisa, dejándose caer en su cama como si quisiera abrazarla.
—Lógico —respondí mientras me sentaba en la mía, probando el colchón—. Incluso las camas son más cómodas. Estoy ansioso por ver las nuevas instalaciones de entrenamiento.
—Yo, la verdad, tengo ganas de una misión —añadió, estirándose—. Hace ya un tiempo que no nos llevan a ninguna.
—En eso tienes razón —admití, mirando por la ventana—. Ya va siendo hora de que nos saquen al campo.
Esa noche estuvimos conversando un rato más. Hablamos de todo y de nada: de las peleas del torneo, de lo que haríamos con el ascenso, de si las nuevas instalaciones tendrían mejores golems. Pero en el fondo, ambos sabíamos que algo había cambiado. El torneo nos había mostrado quiénes éramos realmente. Y yo... yo había visto algo en mí que no me gustaba del todo.
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A la mañana siguiente, las nuevas instalaciones superaron todas nuestras expectativas.
—Ok, esto está a otro nivel —exclamó Thalia, con los ojos abiertos como platos.
El centro de entrenamiento era enorme. Instrumentos de medición de última generación, máquinas que analizaban nuestra fuerza en tiempo real, y golems de metal que parecían sacados de una película de ciencia ficción. Pero lo que más me llamó la atención fue un cristal azul en el centro, idéntico al que había visto desde la piscina. Palpitaba suavemente, como si respirara.
—No crean que por dejar de ser novatos el entrenamiento será más leve —interrumpió Félix, apareciendo detrás de nosotros sin hacer ruido.
Me giré rápidamente. Allí estaba, con su expresión habitual. Pero hoy... hoy noté algo diferente. Una pequeña curva en sus labios. No era una sonrisa. Era otra cosa. Como si estuviera saboreando un secreto.
—¿Usted nos seguirá entrenando? —consultó Thalia con curiosidad.
—Claro —respondió, y su voz tenía un matiz que antes no estaba allí. ¿Satisfacción? ¿Anticipación?—. Fui asignado a ustedes.
Sus ojos recorrieron el grupo lentamente. Cuando llegaron a mí, se detuvieron un segundo más. Solo un segundo. Pero en ese segundo, sentí un escalofrío.
—Bien, sin más preámbulos, comencemos.
Y tenía razón: el entrenamiento no fue más fácil. Todo lo contrario. Comenzábamos a las 8:00 AM, teníamos un descanso para almorzar de 12:00 PM a 1:00 PM, y luego entrenábamos hasta las 4:00 PM. Todos los días terminábamos completamente exhaustos. Pero en cada sesión, notaba algo. Félix nos observaba. Nos estudiaba. Pero a mí... a mí me observaba más.
A veces, cuando usaba mis técnicas oscuras, lo veía asentir levemente. Como si estuviera comprobando algo.
Así pasó un mes.
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—Muy bien, después de tanto tiempo tenemos una misión —anunció Evelyn una mañana, entrando al comedor con una tablet en la mano.
—Por fin —Damian dejó su taza de café—. ¿Y qué tenemos para hoy?
—Hay una mazmorra que no se ha explorado —explicó Evelyn, pasándonos la información—. Apareció hace poco en una zona remota. Nuestra misión es investigar y, si es peligrosa, cerrarla.
—¿Solo investigar? —pregunté.
—Por ahora. Pero prepárense para lo peor. Estas mazmorras nuevas suelen ser impredecibles.
Ocho horas de viaje. Ocho horas en las que no pude dejar de pensar en la mirada de Félix antes de irnos. Nos había deseado suerte. Pero su sonrisa... esa sonrisa no era de preocupación. Era de expectación.
La mazmorra era como una cueva gigantesca, iluminada por cristales bioluminiscentes que crecían en las paredes. El aire era húmedo, pesado, y olía a humedad y a algo más. A bestia.
—Estén listos —advirtió Evelyn mientras cruzábamos la entrada—. No sabemos lo que nos espera ahí dentro.
Avanzamos en silencio. Nuestros pasos resonaban en la piedra. No había señales de monstruos, lo cual era más inquietante que si los hubiera. Hasta que...
—¡Algo viene, prepárense! —gritó Evelyn.
El suelo tembló. Y entonces aparecieron. Eran criaturas colosales, con forma de dinosaurios, pero sus ojos brillaban con inteligencia. T-Rex, pero de pesadilla.
—¿Son unos T-Rex? —preguntó Damian, con una mezcla de incredulidad y miedo.
—No importa lo que sean —replicó Evelyn, empuñando sus dagas—. Solo acábalos.
La batalla fue intensa pero breve. Nuestro entrenamiento había dado frutos. Los derrotamos sin demasiado esfuerzo. Pero algo me inquietaba. Eran demasiado débiles para ser los guardianes de una mazmorra nueva.
Seguimos avanzando. El pasaje se abrió a una cámara enorme. En el centro, un cráter circular se hundía en la oscuridad. El aire alrededor vibraba con una energía densa, antigua.
—Tengan mucho cuidado —nos previno Evelyn—. No sabemos qué tan profundo es este lugar. Una caída podría significar la muerte.
Rodeamos el cráter lentamente, pegados a la pared. Pero entonces, los monstruos regresaron. Decenas de ellos, saliendo de las sombras.
—¡Mierda, son más! —me quejé, esquivando un zarpazo—. Así es más difícil, sobre todo si no quieres caer en el cráter por accidente.
—¡Deja de quejarte y acábalos! —me reprendió Thalia, su lanza girando.
El combate se volvió caótico. Los monstruos nos rodeaban, y el cráter estaba siempre ahí, un abismo que nos limitaba los movimientos.
Editado: 30.08.2026